El tiempo en las salas de espera del hospital parecía medirse en una densidad distinta, más pesada y fría. Habían transcurrido casi cinco horas desde que los paramédicos se llevaron a Maximiliano en la camilla de urgencias, dejándola a ella atrás con las manos frías y la mente convertida en un hervidero de incertidumbres.
Durante las primeras horas, Libertad no pudo quedarse quieta. Caminó de un extremo a otro del pasillo, deteniéndose a ratos sobre el linóleo gastado mientras observaba a través del amplio ventanal cómo la noche avanzaba implacable sobre Santiago. En medio de esa agitación, tuvo la lucidez de marcarle a Don Germán para pedirle que se hiciera cargo del hostal durante la noche; una llamada breve en la que le explicó que estaba con un amigo en el hospital y que, si no llegaba por la mañana, él y Doña Luisa se encargaran de los huéspedes que estaban alojando.
Sin embargo, en los momentos más lánguidos y silenciosos de la madrugada, cuando el cansancio empezó a hacer mella, la figura de Lucas irrumpió inevitablemente en sus pensamientos, cuando revisó los mensajes con evidente preocupación que le había enviado esa noche al ver que no llegaba a la velada con su madre. Pensó en la tormenta que se avecinaba, en las explicaciones que tendría que darle y en el frágil equilibrio de su vida que acababa de romperse en pedazos.
Finalmente, rendida ante el agotamiento físico y emocional, se dejó caer de lado sobre el espaldar plástico de las incómodas sillas de la sala de espera. Encogió las piernas contra el pecho y se entregó a un sueño liviano e intranquilo, mecido únicamente por el pitido distante de los monitores y el murmullo intermitente del personal nocturno.
La voz de una enfermera la despertó y el destello pálido del amanecer filtrándose por los ventanales la encandiló por unos segundos hasta que pudo enfocar bien la vista y recordar en dónde se encontraba.
—¿Familiar de Maximiliano Rossi? —preguntó la mujer con voz pausada.
Libertad se incorporó de golpe, estirando su cuello y espalda que se habían resentido al dormir en una postura tan incómoda.
—Sí, yo estoy con él.
La enfermera le indicó que la siguiera a través de una serie de pasillos hasta llegar a la sala de recuperación de urgencia. Allí la esperaba el médico de turno, un hombre maduro de mirada sobria que sostenía una ficha clínica bajo el brazo.
—Buenos días. ¿Usted es familiar del paciente? —indagó el doctor, observando el rostro desvelado de Libertad asentir, antes de agregar—: Nos llama la atención la naturaleza de los traumatismos. ¿Tiene idea de cómo se produjo esas lesiones?
Libertad sostuvo la mirada del médico con la mejor entereza que pudo reunir.
—Al parecer sufrió un asalto muy violento en Argentina, justo antes de viajar a Chile —respondió con voz firme, aunque por dentro temía que ahondaran en la declaración.
El médico asintió despacio, sin intenciones de indagar más allá del aspecto estrictamente clínico ya que al parecer había sucedido fuera de su jurisdicción.
—Comprendo. De acuerdo con las radiografías y las ecografías que le practicamos durante la madrugada, presenta dos costillas fisuradas en el costado derecho y una contusión renal leve por golpes. Hemos decidido dejarlo en observación para monitorear la evolución de la función renal y descartar complicaciones. Veremos cómo evoluciona de 24 a 48 horas al tratamiento. Por ahora está dormido; le administramos sedantes y analgésicos fuertes para inducir el reposo y aliviar el dolor.
—¿Puedo verlo? —interrumpió ella, casi como una súplica; necesitaba verlo y saber que se encontraba bien.
—Puede quedarse con él por un rato. No lo despierte, necesita descansar.
Al cruzar la puerta de la sala de recuperación, Libertad se acercó a la cama a pasos lentos, como si temiera que el menor ruido rompiera lo apacible del momento.
Ahí estaba él. A la luz blanca del recinto, Maximiliano lucía dolorosamente vulnerable. Libertad se detuvo a un costado de la camilla y comenzó a observarlo en silencio. Recorrió con la mirada cada una de las facciones de su rostro, esas mismas líneas que durante meses había aprendido a admirar y detallar a través de la pantalla de su notebook cuando jugaban o desde su teléfono en las videollamadas nocturnas. Con infinita delicadeza, extendió la mano y le acarició el cabello oscuro, dejándose llevar por la curiosidad de saber cómo era la textura que tantas veces imaginó tocar. Era suave… Deslizó luego las yemas de los dedos por su barba descuidada y áspera, sintiendo un punzante dolor en el pecho al notar la herida suturada en su ceja y los hematomas oscuros que le cubrían algunas partes del rostro, pecho y los antebrazos.
Le tomó suavemente la mano derecha —tibia y pesada por el sedante— y la llevó hasta sus labios para darle un beso contenido. En ese instante, al inclinarse sobre él, percibió por primera vez su aroma: una mezcla de perfume desvanecido, sudor y un matiz de su propio almizcle que aceleró el pulso de Libertad. Durante años había anhelado tenerlo así de cerca para mirarlo, olerlo y tocarlo.
De pronto, un destello amargo cruzó su memoria: el recuerdo helado de aquella vez en el aeropuerto, cuando lo tuvo frente a frente por apenas un par de minutos. Recordó la distancia que él había impuesto, el rechazo implícito cuando ni siquiera le permitió abrazarlo, dejándola plantada y aturdida entre la multitud mientras se marchaba sin mirar atrás.
Contrastar a aquel hombre esquivo con este Maximiliano derrotado, tendido en una cama de hospital, le encogió el corazón. Se imaginó la travesía, el sufrimiento físico soportado en silencio durante miles de kilómetros con su pequeña hija a cuestas solo para llegar a su puerta. Sabía perfectamente que él la había buscado por pura conveniencia, apremiado por el pánico y la desesperación de no tener a dónde ir... pero una parte profunda e indomable de ella no podía evitar sentirse secretamente feliz de que la hubiera elegido a ella. De que fuera a su refugio a donde hubiese acudido.