En busca de Libertad

Capítulo 17: Despertar

Cuando abrió los ojos, lo primero que sintió fue una profunda confusión. El techo blanco e impersonal sobre su cabeza no le resultaba familiar en absoluto. Parpadeó varias veces en un intento desesperado por enfocar la mirada, mientras un pitido constante e insistente retumbaba desde algún lugar cercano. Con el olor penetrante a hospital impregnándole las fosas nasales, su respiración comenzó a acelerarse; al girar la cabeza hacia un costado reconoció una baranda metálica, un monitor de signos vitales y una bolsa de suero colgada en el aire. Estaba en un hospital.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza desmedida contra el pecho. De pronto, un torbellino de recuerdos inconexos irrumpió con violencia en su mente: una habitación desconocida, las sábanas heladas, el dolor insoportable en el costado y aquel fantasma del pasado en Argentina... la golpiza, la bolsa de evidencias y la amenaza inminente de la policía.

En un acto reflejo impulsado por el pánico, Maximiliano levantó bruscamente el brazo derecho. Sin embargo, no encontró resistencia alguna, su muñeca estaba libre. Ninguna esposa lo sujetaba.

Respiró entrecortadamente y, con un hilo de voz ahogado, susurró:

—Dana...

Su mente empezó a ensamblar con lentitud las piezas desperdigadas de los últimos días: la huida angustiosa, el camión de Lautaro, el encierro sofocante en el doble fondo de la litera, el gélido paso fronterizo, la llegada exhausta hasta aquel edificio y, finalmente, Libertad. Recordó haberla visto frente a él, recordó el rencor firme en su voz, la acalorada discusión sobre el pasado. Después de eso, solo recordaba una punzada desgarradora en su interior, el vértigo del mareo y un abismo de completa oscuridad.

—¿Cuánto tiempo...? —exclamó para sí mismo, asaltado por la desorientación.

No tenía noción alguna de cuántas horas habían transcurrido. ¿Había dormido una hora? ¿Una noche entera? ¿Días? Y lo más aterrador de todo... ¿dónde estaba Dana?

Movido por la desesperación, intentó incorporarse con excesiva rapidez. Una descarga punzante y feroz le atravesó el costado derecho, arrancándole un jadeo ahogado. Se llevó la mano a las costillas y apretó los dientes, intentando contener la agonía física, pero el miedo a lo desconocido era infinitamente más fuerte. Miró a su alrededor en el cubículo.

—Dana... —llamó, pero solo le respondió el silencio del pasillo.

Fue entonces cuando el veneno de la duda lo alcanzó: pensó en Libertad. Quizás el choque con la realidad había sido demasiado para ella. Quizás, tras presenciar su colapso y ver que era un fugitivo herido y perseguido, había decidido marcharse para no arruinar su propia vida. Aquel pensamiento le produjo un vacío helado en el estómago.

—No... no puede ser...

Con las manos temblorosas y la mente obnubilada, localizó la vía intravenosa en el dorso de su brazo. Sin detenerse a razonar, tiró de ella con brusquedad. El dolor agudo le hizo cerrar los ojos de golpe, pero no se detuvo hasta arrancársela por completo. Una pequeña gota de sangre comenzó a correr despacio por su piel, aunque Maximiliano ni siquiera pareció notarla.

Fue en ese instante cuando reparó en su vestimenta. No llevaba su ropa; solo vestía una bata hospitalaria abierta por la espalda y llevaba una sonda urinaria que le provocó un rapto de vergüenza e impotencia. Al examinar el lugar, descubrió sus prendas cuidadosamente dobladas dentro de una bolsa plástica transparente sobre un mueble auxiliar. Necesitaba vestirse, necesitaba salir de allí, necesitaba encontrar a su hija a como diera lugar.

Apartó las sábanas y apoyó los pies descalzos sobre el suelo frío. El primer contacto no se sintió tan devastador; los analgésicos intravenosos aún amortiguaban en parte el daño interno, y esa falsa sensación de alivio lo llevó a cometer un grave error. Intentó ponerse de pie de un solo impulso, pero al erguirse, la zona lumbar y sus costillas lesionadas se comprimieron brutalmente.

—¡Mierda! —maldijo entre dientes.

Se dobló sobre sí mismo instintivamente buscando un punto de apoyo. Sus dedos alcanzaron con desesperación el soporte metálico donde colgaba el suero, pero al descargar su peso sobre él, la estructura perdió el equilibrio y cayó de costado, provocando un estruendo metálico que retumbó con violencia en todo el recinto.

Instantes después, la puerta corredera del box se abrió de par en par.

—¡Señor! ¿Qué está haciendo? —exclamó una enfermera al entrar a toda prisa, seguida de cerca por el médico de turno. —Tiene que volver a la cama inmediatamente —ordenó el facultativo. —¿Dónde está mi hija? —exigió Max, sofocado por la angustia.

El médico levantó ambas manos en un gesto conciliador.

—Tranquilícese, por favor. Su hija está aquí, en el hospital.

—¡Quiero verla ahora mismo!

Maximiliano intentó dar un paso al frente, pero la enfermera se interpuso firmemente en su camino.

—No puede levantarse en este estado, señor.

—¡Tengo que ver a mi hija!

La desesperación cruda en su voz logró frenar la firmeza del médico, quien lo observó con detenimiento durante unos segundos hasta comprender que el paciente sufría un cuadro grave de desorientación y pánico.

—Señor Rossi, escúcheme y míreme fijamente —dijo el médico con tono sereno pero firme. Maximiliano levantó la mirada, agitado—. Está en Urgencias. Su hija se encuentra en la unidad de observación pediátrica. Está fuera de peligro y muy bien cuidada.

—¿Está bien de verdad...? —alcanzó a preguntar, sintiendo que la fuerza en las piernas se le diluía.

—Sí, absolutamente.

Maximiliano soltó una bocanada de aire y musitó: —¿Y Libertad?

El médico asintió levemente.

—Su acompañante no se ha separado de ella. Maximiliano se quedó inmóvil, procesando la palabra. —¿Libertad... sigue acá?

—Sí. De hecho, hace unos minutos estuvieron ambas en la puerta de este sector intentando verlo, pero le pedimos que regresaran a pediatría. No es un ambiente adecuado para una niña pequeña.




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