En busca de Libertad

Capítulo 18: Mantenerse Firme

Aprovechando que todo transcurrió con calma durante la mañana en el hospital con Dana y Max, Libertad había regresado por algunas horas al hostal en San José de Maipo. Necesitaba una ducha caliente que le quitara el olor de hospital, cambiarse de ropa y comprobar que durante su ausencia Don Germán y Doña Luisa mantuvieran todo en orden con los huéspedes.

El agua caliente le devolvió el aliento. Se vistió con prendas cómodas, se recogió el cabello en una coleta impecable y descendió al centro del pueblo para abastecerse con algunos ingredientes faltantes y también con algo más que insumos básicos.

En la vitrina de una pequeña tienda de artesanías había descubierto una muñeca de trapo con cabello castaño y vestido floral que le recordó de inmediato a Dana. No pudo evitar comprarla, sumándole un libro para colorear, una caja de lápices de madera y un pequeño juego de té de loza pintada a mano.

Al llegar a la casona, acomodó cuidadosamente los paquetes a los pies del pequeño árbol navideño que había montado días atrás en la estancia principal. Los contempló durante unos segundos, dibujando una sonrisa involuntaria. Por primera vez en muchos años, la casona no se sentía como un cascarón silencioso; había una niña en camino a la que quería ver sonreír.

—¡Mire a quién tenemos de vuelta! —exclamó la voz potente de Doña Luisa desde la cocina.

Libertad soltó una risa suave.

—Hola, Luisa.

—A ver, ¡cuénteme todo, pero con lujo de detalles! —pidió la mujer, secándose las manos en el delantal mientras se acercaba con la curiosidad bailándole en la mirada.

Libertad sabía que era inútil esquivarla. Con tono pausado, le fue resumiendo los últimos acontecimientos. Doña Luisa escuchaba interrumpiendo con aspavientos y murmullos de asombro.

—¡Ay, Dios mío, si esto parece drama de televisión! —soltó la mujer en un momento, llevándose las manos al pecho—. ¡Casi me da un soponcio cuando me dijo que el muchacho llegó así con la niña!

—Yo no lo podía creer, se veían en muy mal estado—admitió Libertad.

Doña Luisa la observó detenidamente, analizando la calma contenida de su rostro.

—Y usted... en vez de irse con Lucas, se queda ahí, cuidándolo al argentino y a la criatura.

Libertad bajó la vista hacia el piso de madera. No dijo nada. Esa era exactamente lo que había hecho. Había actuado según lo que su corazón demandaba, sin importarle los sentimientos de aquel buen hombre que tanto amor y lealtad le había entregado.

Doña Luisa, advirtiendo la sombra de melancolía que amenazaba con empañar sus ojos, tuvo la delicadeza de cambiar el rumbo de la charla.

—Ya, no se me ponga triste. Dígame más bien qué van a almorzar cuando lleguen.

Libertad sonrió agradecida.

—Quiero que prepares esa carne a la olla con papas fritas que te queda increíble.

—¿Para cuántos servimos?

—Para tres… Y Germán y tú también obvio —contestó Libertad.

La palabra brotó de su garganta con una fluidez y naturalidad que a ella misma la dejó sobrecogida. Tres. Doña Luisa registró el peso del número, pero prefirió guardar un cómplice silencio.

—¿Y de postre qué se le antoja a la patrona?

—Tu torta de milhojas helada con harto dulce de leche.

Doña Luisa abrió los ojos de par en par, fingiendo indignación.

—¡Ah, no! ¡Pero si esa torta lleva un trabajo enorme!

—Por eso mismo te la pido —insistió Libertad con picardía, es para animar a una chiquilina de seis años.

La expresión de Doña Luisa se suavizó por completo.

—Entonces me pongo a amasar de inmediato.

Antes de marcharse, Libertad repasó los libros de registro, verificó los ingresos y salidas pendientes y conversó con don Germán para dejarle instrucciones. Tanto él como Luisa habían dejado de ser empleados hacía años; se habían convertido en los cimientos de su vida en estos meses, las manos leales que la ayudaron a levantar el hostal cuando ella misma era solo un espectro buscando refugio.

Era muy probable que Dana y Max recibieran el alta durante la tarde, así que dejó preparadas las dos habitaciones continuas a la suya en el ala este del primer piso: una amplia para Max, con las cortinas abiertas para que se llenara con la luz acogedora del día, y otra para Dana, con sábanas suaves y edredón rosado. Un oso de peluche sobre las almohadas y una lamparita de noche con luz cálida en la mesa de noche para ahuyentar cualquier fantasma nocturno.

Quería que, al cruzar esa puerta, sintieran que habían encontrado un puerto seguro. Aunque fuera una ilusión pasajera. Aunque no supiera cuánto tiempo duraría aquella tregua.

Durante casi cuarenta y ocho horas, el teléfono de Libertad no había registrado llamadas ni mensajes de Lucas. Y ella, consumida por la emergencia, tampoco había buscado dar explicaciones. En el fondo, sabía que esa conversación pendiente era una bomba de tiempo, pero carecía del temple para desactivarla.

Esa tarde, al salir del hostal rumbo a la clínica, encendió el vehículo y comenzó a descender despacio por el camino de tierra que conectaba con la vía principal. Alcanzó a recorrer unos cuantos metros cuando el sonido de un motor y el bramido corto de la sirena hendió la tranquilidad de la tarde. La patrulla de carabineros que conocía bien con el destello verde y rojo de la baliza encendida irrumpió bruscamente en su campo de visión.

Libertad pisó el freno. El vehículo policial maniobró cruzándose en ángulo inclinado justo delante de su trompa, cortándole por completo el paso.

Sintió un vuelco helado en el estómago. Aquella intercepción agresiva y deliberada no presagiaba nada bueno. Apagó el motor y tomó su teléfono móvil presionando el marcado rápido del teléfono de Don Germán, intentando dominar el temblor de sus dedos.

La puerta del piloto de la patrulla se abrió con violencia. Lucas bajó. Vestía el uniforme institucional perfectamente alineado, pero su postura rígida y sus facciones endurecidas transmitían un peligro evidente.




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