En busca de Libertad

Capítulo 19: Tregua, sanación y venganza

Por primera vez desde que había cruzado la cordillera en la completa clandestinidad, Maximiliano pudo comprobar con sus propios ojos que Dana estaba bien. Y que Libertad, contra todo pronóstico, se había quedado a su lado. Aquella certeza tan sencilla le había provocado una paz extraordinaria, un alivio imposible de verbalizar.

Libertad también había decidido concederse una pausa en sus propios rencores. No porque la herida del pasado hubiese cicatrizado de la noche a la mañana o porque hubiese hallado respuestas suficientes para perdonarlo. Simplemente había comprendido que, en ese preciso instante, la urgencia de la vida se imponía sobre el dolor añejo. Dana necesitaba un entorno seguro y estabilidad emocional; Max requería cuidados para no colapsar físicamente, y ella no poseía la frialdad ni la indiferencia necesarias para darles la espalda mientras estuviesen en semejante vulnerabilidad, tal como se lo exigió Lucas.

El transcurrir de las horas en el hospital había disipado la rigidez invisible que viciaba el aire entre ambos. De manera casi milagrosa, los tres comenzaron a articular una rutina improvisada en la asepsia de aquel lugar. No se aventuraron a hablar del pasado ni de las promesas rotas, pero podían compartir el espacio sin que cada silencio sonara a reproche o resultara incómodo. Libertad volcaba su contención en cuidar y entretener a Dana, mientras Max descansaba y asimilaba su lenta recuperación.

Casi cuarenta y ocho horas después del ingreso de la niña, los médicos finalmente confirmaron que estaba lista para marcharse. Sabiendo que Dana recibiría el alta médica apenas Libertad regresara durante la tarde, Max no quiso perder ni un minuto y le solicitó formalmente a su médico tratante que le otorgara la salida en paralelo a la de su hija.

El profesional evaluó con minuciosidad la evolución de su paciente: la sonda urinaria ya había sido retirada con éxito, los análisis confirmaban que el riñón derecho progresaba de forma positiva respondiendo adecuadamente al tratamiento y la curva de recuperación se mantenía estable. Tras sopesar el cuadro, el doctor accedió a firmar el alta, no sin antes imponer estrictas advertencias para el cuidado de la contusión renal y la consolidación de las fisuras en sus costillas.

—Esto no significa que esté curado, Maximiliano —le advirtió el médico mientras anotaba en la ficha clínica—. Le retiramos la sonda y su sistema renal está respondiendo por sí solo, pero su cuerpo exige un cuidado riguroso. Va a seguir la pauta de medicamentos al pie de la letra. En una semana debe realizarse exámenes de orina de control y una ecografía. Respecto a las costillas: reposo relativo. Nada de levantar peso, no haga esfuerzos bruscos ni se agache de golpe. Use varias almohadas para mantenerse semisentado los primeros días al dormir y evite cualquier faja apretada. Si nota falta de aire o dolor agudo, regrese de inmediato a Urgencias.

—Entendido, doctor —asintió Max, asimilando cada indicación mientras guardaba los documentos con un semblante renovado.

Se dirigió hasta el área de Pediatría, en donde ya se encontraba la doctora a cargo entregándole a Libertad los últimos detalles del alta de la niña.

—La evolución ha sido impecable —explicó la pediatra tras auscultarle el tórax y revisar el último informe de laboratorio—. Ya no presenta fiebre y está tolerando los alimentos con absoluta normalidad. De todas formas, quiero verla en control en dos semanas; antes si llega a presentar fiebre, decaimiento o cualquier signo que les llame la atención.

Libertad miró a Max al verlo entrar a la estancia a paso lento hasta situarse junto a Dana, quien, sentada al borde de la cama, balanceaba sus pequeñas piernas completamente ajena a la jerga médica e hipnotizada por los colores de los dibujos animados que parpadeaban en el televisor de la pared.

—¿Entonces ya nos vamos? —preguntó la pequeña, devolviéndolos a la realidad mientras miraba alternadamente a Libertad y a su padre con una sonrisa radiante.

—Sí, mi campeona. Nos vamos.

Una vez firmados todos los folios y completados los trámites administrativos de salida, los tres abandonaron el recinto hospitalario y caminaron hacia el estacionamiento. El calor de enero se hacía sentir con fuerza sobre el pavimento. Libertad los guio hasta su vehículo, acomodó a Dana con delicadeza en el asiento trasero y, antes de subir, ayudó a Max a sentarse con cuidado en el lugar del acompañante.

—Despacio —le indicó al verlo hacer una mueca al inclinarse.

—Estoy bien.

—Eso mismo dijiste cuando te desmayaste.

Max la miró de reojo.

—No me recuerdes eso.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de ella; aunque trató de disimularla, fue capturada por Maximiliano, quien le respondió con otra enseguida.

Dana, desde el asiento trasero, observaba a ambos con curiosidad. Había notado que su padre se mostraba más alegre y tranquilo; se veía más bonito cuando estaba feliz y eso le gustaba.

Libertad encendió el motor, activó el aire acondicionado para mitigar la temperatura estival y emprendió la marcha de regreso hacia la precordillera. Atrás quedaban los edificios, el tránsito y el ruidoso ajetreo de la ciudad. Poco a poco, el entorno urbano comenzaba a transformarse ante sus ojos. Las calles se abrían, las edificaciones quedaban más distantes y la cordillera aparecía nuevamente en el horizonte, majestuosa, recortada contra el cielo. Max contemplaba de reojo el perfil de la mujer a su lado, sintiendo una calidez en el pecho al notar que, pese a todo el daño del pasado, ella estaba ahí conduciendo para ponerlos a salvo. Por primera vez, pudo mirar Chile sin sentir la urgencia de escapar.

—¿Eso es la cordillera? —preguntó Dana.

Libertad sonrió.

—Sí.

—¿La que cruzamos con papá?

Max la observó a través del espejo retrovisor.

—La misma.

Dana volvió a mirar por la ventana.

—Es enorme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.