En busca de Libertad

Capítulo 20: El refugio de la cordillera

Cuando finalmente el vehículo atravesó el portón y se detuvo frente al hostal, Dana se quedó mirando hacia el exterior con una mezcla de sorpresa y admiración pintada en el rostro. El lugar se erigía ante ellos como un auténtico oasis. La casona principal, de un profundo tono rojizo estilo colonial, destacaba por sus sobrias columnas de corte clásico en la fachada y sus tejados de teja castellana. Sin embargo, lo más impresionante era su imponente terraza elevada sobre un pedestal de piedra tallada, a la cual se accedía mediante una majestuosa escalinata doble de balaustradas de piedra.

Abajo, los jardines estallaban en color con un cuidado rosal en primer plano, custodiado por esculturas neoclásicas y detalles tallados en mármol, mientras que una gruta cubierta de densa vegetación y hiedra parecía esconder secretos al pie de la casona. A los costados, frondosos álamos y palmeras centenarias enmarcaban la arquitectura, mientras que, al fondo, la silueta majestuosa de la cordillera se elevaba cubierta por la bruma de la tarde. El aire limpio y puro de la montaña reemplazaba de golpe el ruido y la contaminación de la ciudad.

Max bajó del vehículo con lentitud y extremo cuidado, sintiendo aún la molestia en sus costillas lesionadas. Apenas apoyó los pies en la grava, aspiró profundamente. El aroma de las flores llegó mezclado con el aire fresco de la tarde: la nota silvestre de la lavanda, el dulzor del jazmín y el perfume fresco de la tierra húmeda recubriendo el ambiente. Se quedó quieto durante unos segundos, permitiendo que la serenidad del paisaje le quitara un poco del peso acumulado en los hombros.

—Es hermoso —murmuró con la voz ronca.

Libertad lo observó en silencio. Había algo extrañamente conmovedor en escuchar aquella frase salir de sus labios. Durante tanto tiempo había imaginado el instante en que él conocería aquel lugar. Pero jamás pensó que sería así. No tras todo lo ocurrido.

—Ven —le dijo, obligándose a suavizar el tono—. Todavía falta la mejor parte.

Dana tomó la mano de Libertad y prácticamente tiró de ella hacia la gran entrada.

—¡Quiero ver! —exclamó la pequeña con los ojos muy abiertos.

Libertad soltó una carcajada espontánea.

—Despacio, pequeña.

La puerta principal de roble se abrió y el aroma cálido de la madera y la comida recién preparada llenó de inmediato sus sentidos. Pero Dana apenas dio dos pasos dentro del hall cuando se quedó completamente inmóvil. Sus ojos se agrandaron. Frente a ella, resplandecía el pequeño árbol de Navidad que Libertad había preparado días atrás. Las luces cálidas parpadeaban entre las ramas verdes, entre adornos dorados, estrellas y varios paquetes envueltos debajo.

Dana soltó lentamente la mano de Libertad.

—¿Es...? —empezó a decir, pero no terminó la pregunta. Corrió hacia el árbol.

—¡Papá! —gritó maravillada.

Max avanzó con cuidado hasta quedar detrás de ella.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

Dana señaló los regalos colocados sobre la alfombra.

—¡Mira!

Libertad sonrió desde la entrada.

—Creo que hay algunos para ti.

La niña se agachó de inmediato. Revisó un paquete. Luego otro. Y entonces encontró el primero con su nombre: Dana. Sus pequeñas manos comenzaron a temblar de pura emoción.

—¡Tiene mi nombre!

—Claro que tiene tu nombre —respondió Libertad, agachándose a su lado.

Dana levantó la mirada hacia Libertad.

— ¡Papá Noel pudo encontrarme!

Libertad sintió un pequeño nudo en la garganta. Recordó aquella conversación que habían tenido en el hospital. La ilusión con la que Dana había hablado de encontrar un árbol de Navidad.

—A ese viejito barbón no se le escapa nada, mi amor.

Dana sonrió con una luminosidad que borró el cansancio y abrazó de pronto a Libertad por la cintura, escondiendo el rostro en su abrigo.

—Gracias —murmuró.

Libertad cerró los ojos durante un instante, apretándola con ternura.

—Feliz Navidad.

Dana volvió rápidamente hacia los regalos. Pero entonces se quedó quieta otra vez. Había uno un poco más grande cerca del tronco. Miró la tarjeta adosada.

—Este también tiene nombre —dijo concentrada.

—¿Cuál? —preguntó Max.

Dana leyó lentamente, deletreando con esfuerzo:

—Maxi-mi-lia-no.

El hombre se quedó inmóvil en medio de la sala.

—¿Para mí?

Libertad asintió con una sonrisa suave.

—Sí.

Max se acercó. Tomó el paquete entre sus manos y lo miró sin comprender.

—No tenías que...

—Ábrelo —lo interrumpió ella.

Dana comenzó a saltar de emoción.

—¡Ábrelo, papá!

Max obedeció y retiró el papel cuidadosamente. Dentro había un juego de pijamas a juego. Uno para él y otro para Dana. Ambos compartían el mismo diseño. La pequeña tomó el suyo y lo desplegó. En el pecho del pijama de Max podía leerse: PADRE. Dana levantó el suyo, donde se leía: HIJA.

La niña abrió la boca completamente sorprendida.

—¡Son iguales!

Max tragó con dificultad. Durante unos segundos no consiguió decir nada. Libertad observó su rostro y pudo ver el momento exacto en que la emoción atravesó aquella coraza que él llevaba años construyendo.

—Pensé que sería bonito —explicó ella con suavidad—. Para esta noche.

Max bajó la mirada hacia la prenda.

—Libertad...

Ella negó con la cabeza.

—No digas nada.

Pero él levantó los ojos, clavándolos en los suyos.

—Gracias.

Dos palabras. Nada más. Y, sin embargo, Libertad sintió que significaban mucho más.

Dana, ajena a la tensión silenciosa entre los adultos, se acercó a su padre.

—Nos vamos a poner los pijamas juntos.

Max sonrió verdaderamente.

—Sí, campeona.

—Y vamos a dormir aquí.

—Sí.

La pequeña miró a Libertad y volvió a abrazar su pijama contra el pecho.

—Esta es la mejor Navidad.

Libertad estaba feliz, al fin su refugio se sentía completamente lleno de vida.




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