Al terminar la cena, Libertad se levantó de la mesa con una sonrisa serena.
—Creo que ya es hora de que descansen. El viaje fue demasiado largo.
Dana bostezó sin siquiera intentar disimularlo. Se frotó los ojos con los puñitos mientras Maximiliano se ponía de pie. Libertad tomó la mano de la niña y los condujo por el amplio comedor de la casona. Atravesaron la sala principal y continuaron hasta el extremo oriental de la construcción. Allí, una elegante puerta de vidrio esmerilado separaba el resto del hostal de un pasillo mucho más silencioso.
Libertad abrió la puerta.
—Esta es el ala este de la casona. Es la parte más privada del hostal. Solo cuando estamos completamente llenos durante la temporada alta la ocupamos con turistas. El resto del año... prácticamente solo duermo yo aquí.
El pasillo era cálido y acogedor. Las paredes color marfil estaban decoradas con cuadros de paisajes cordilleranos y pequeñas lámparas de luz tenue que proyectaban un ambiente tranquilo. Había cuatro puertas de madera noble, dos a cada lado del corredor.
Libertad abrió la primera.
—Esta será tu habitación, Dana.
La pequeña entró con los ojos abiertos de par en par.
Las paredes blancas reflejaban la luz con delicadeza. Sobre la cama descansaba un mullido acolchado rosado, combinado con unas cortinas del mismo tono que se mecían apenas por la brisa que entraba desde una ventana entreabierta. En uno de los rincones había una pequeña biblioteca con algunos cuentos infantiles y una lámpara en forma de nube.
Sobre la cama destacaban varias bolsas de papel cuidadosamente acomodadas.
Dana caminó lentamente hasta ellas.
—¿Qué es esto?
Libertad sonrió.
—Unas mudas de ropa. Alcancé a comprarte un par de cosas mientras estabas en el hospital... para que tengas con qué cambiarte estos días.
La niña pasó la mano sobre la tela y luego recorrió la habitación con la vista.
—¿Aquí dormía otra niña?
Libertad negó despacio.
—No.
Dana la observó con curiosidad.
—¿Entonces?
—La acomodamos especialmente para ti.
La pequeña quedó inmóvil unos segundos.
—¿De verdad?
—Sí.
Dana volvió inmediatamente la mirada hacia las bolsas.
—¿Entonces... esta ropa... es toda para mí?
—Toda.
Los ojos de la niña comenzaron a brillar.
Fue entonces cuando descubrió un enorme oso de peluche marrón sentado junto a la almohada.
Lanzó un pequeño grito de emoción.
—¡Papá... mira!
Corrió hasta la cama, abrazó el peluche con todas sus fuerzas y volvió a mirar a Libertad.
—¿Y este osito... también es mío?
Libertad asintió, divertida.
—También.
Dana enterró la cara en el peluche unos segundos antes de levantar nuevamente la vista.
—¿Papá, nos podemos quedar mucho tiempo aquí?
Maximiliano sintió un nudo en la garganta.
Quiso responder; quiso decirle que haría todo lo posible. Pero antes de que pudiera abrir la boca, Libertad habló con una naturalidad que desarmó por completo cualquier incertidumbre.
—Todo el tiempo que quieran, Dana.
La niña sonrió tan ampliamente que parecía iluminar la habitación.
Luego esbozó una expresión de curiosidad.
—¿Y mi papá va a dormir conmigo?
Libertad negó con suavidad.
—No, corazón. Esta habitación es solo para ti. —Señaló la puerta contigua—: La habitación de tu papá está justo al lado.
Dana volvió a entusiasmarse.
—¡Quiero verla!
Sin esperar respuesta, tomó a ambos de la mano.
—¡Vamos!
Los arrastró prácticamente por el pasillo hasta la puerta siguiente.
Libertad abrió.
La habitación de Maximiliano era sobria, amplia y elegante. Una cama matrimonial ocupaba el centro del dormitorio, cubierta por un grueso edredón azul oscuro que combinaba con las paredes pintadas en distintos tonos de azul y blanco. Frente a la cama había un antiguo escritorio de madera y un amplio clóset. Una ventana permitía contemplar los árboles iluminados por la luna.
Maximiliano permaneció inmóvil.
No podía dejar de comparar aquella habitación con la última donde había vivido: aquel cuartucho húmedo de Buenos Aires, con el colchón vencido apoyado sobre unas tablas de palets, la pintura descascarada y las goteras que aparecían cada vez que llovía.
Sintió un peso extraño en el pecho. Libertad les estaba entregando un hogar sin pedir nada, sin reproches y sin recordar el daño que él mismo le había provocado.
No encontraba forma de agradecer semejante gesto.
«Voy a devolvérselo todo», se prometió en silencio. «Desde mañana empezaré barriendo el piso o cortando el pasto del hostal. Mientras no consiga un trabajo estable, voy a ayudar en todo lo que pueda. No pienso seguir siendo una carga para ella.»
La voz de Dana lo sacó de sus pensamientos.
—¿Y dónde está tu habitación, Libertad?
Ella sonrió señalando la puerta ubicada justo frente a las de ellos.
—Es esa.
Dana volvió a tomarles las manos y prácticamente los obligó a cruzar el pasillo.
La habitación de Libertad era la más amplia de las cuatro. Un enorme ventanal ocupaba casi toda la pared del fondo y ofrecía una vista privilegiada hacia los jardines posteriores del hostal. Bajo la luz de la luna podían distinguirse claramente las hileras de lavandas y los rosales que perfumaban el aire incluso de noche.
Todo estaba cuidadosamente ordenado. Había una biblioteca repleta de novelas, algunas plantas de interior y varias pinturas apoyadas sobre las paredes, la mayoría de cuadros impresionistas y flores silvestres.
Junto al ventanal descansaba una pequeña mesa de madera con una silla. Sobre ella había un termo, un mate ya lavado y un cuaderno de tapas negras.
Dana comenzó a recorrer cada rincón.
—¡Qué lindo ese cuadro! ¿Tú lo pintaste?
—No, lo pintó un artesano del pueblo.
—¿Y esa flor cuál es?
—Es un tulipán.