En busca de Libertad

Capítulo 22: Lo que antes fue mío

El aroma a pan recién horneado y café comenzó a recorrer lentamente la casona cuando los primeros rayos del sol atravesaron las cortinas del comedor.

Maximiliano atravesó hacia la cocina con lentitud; se había tomado hace unos instantes los analgésicos y aún no le hacían efecto. Cada paso rápido recordaba el estado de sus costillas y apretó discretamente los dientes cuando un pinchazo le cruzó el costado al tratar de frenar a Dana, que emprendía la carrera delante de él dando pequeños saltitos, abrazada todavía al oso de peluche que había decidido bautizar como Mateo, porque —según ella— era un nombre «de oso bueno».

Apenas entró en la cocina, sus ojos se iluminaron.

—¡Libertad!

La joven levantó la vista desde el otro extremo, donde terminaba de sacar unas marraquetas del horno.

—¡Buenos días!

Dana corrió a abrazarla sin la menor timidez. Libertad respondió el abrazo con la misma naturalidad, besándole el cabello.

—¿Dormiste bien?

La niña asintió enérgicamente.

—Muchísimo.

—Me alegro. —Le revolvió el flequillo con cariño antes de servirle un vaso de leche en un colorido vaso infantil que había comprado especialmente para ella—: Toma, antes de que se enfríe.

Dana lo recibió con ambas manos.

—Gracias... —Luego levantó la cabeza con expresión ilusionada—: ¿Puedo ayudarte a cocinar?

Libertad sonrió.

—Por mí no hay problema, pero en la cocina manda doña Luisa.

La pequeña dio varios aplausos de felicidad.

Maximiliano contempló la escena desde la entrada de la cocina. No podía apartar los ojos de ellas. Dana se movía alrededor de Libertad con una confianza que parecía llevar meses construyéndose y no apenas unos días. Por primera vez desde que había conocido a su hija, la veía comportarse como cualquier niña de su edad: sin miedo y sin esa tristeza permanente que le oscurecía la mirada. Estaba simplemente... feliz.

—Buenos días —saludó finalmente.

Libertad giró inmediatamente hacia él. Su sonrisa desapareció apenas un instante al notar el gesto de dolor que él intentaba disimular.

—¿Cómo amaneciste?

—Mucho mejor —mintió.

Ella arqueó una ceja.

—No me convence esa respuesta. —Se acercó hasta quedar frente a él—: ¿Te tomaste los medicamentos?

Maximiliano tardó un segundo en responder. Aquella preocupación sincera le produjo una inesperada calidez en el pecho. Había imaginado tantas veces cómo sería volver a verla... Nunca imaginó que lo miraría de esa forma. Como si realmente le importara.

—Sí... me los tomé.

—¿Los de anoche también?

Él bajó la mirada con una sonrisa culpable.

—No.

Libertad soltó un pequeño suspiro.

—Lo sabía. No seas porfiado. Si no controlas el dolor, esas costillas van a demorar mucho más en soldar.

Maximiliano se quedó viéndola en silencio. No pudo evitar pensar que nadie se había preocupado por él de esa manera desde hacía demasiados años. Ni siquiera recordaba la última vez. Una sensación extraña comenzó a instalarse lentamente dentro de él: era paz.

Libertad volvió junto a Dana.

—¿Qué desayuna una huésped tan importante?

La niña apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¡Algo con dulce de leche!

Libertad soltó una carcajada.

—Lo sospechaba. —Sacó del refrigerador un trozo de la torta de anoche.

Dana dio saltos de alegría.

—¡Sí! Comeré torta de milhojas en el desayuno.

—No creo que sea algo muy saludable... —replicó Max.

Dana lo miró haciendo pucheros.

—Solo esta vez, papá. ¿Sí puedo?

—Bueno, solo esta vez.

Libertad observaba embelesada aquella faceta paternal y protectora de Maximiliano con Dana mientras bebía café. Sin darse cuenta... sonreía.

Al cabo de unos minutos el comedor comenzó a llenarse lentamente con algunos huéspedes madrugadores. Mientras Luisa terminaba de preparar el desayuno, Libertad llevaba los platos y tazas a la mesa.

Varios saludaban a Libertad por su nombre ya agradecían. Otros también la detenían unos segundos a hacerle alguna pregunta sobre excursiones o senderos. Ella respondía a todos sin perder de vista a Dana, que orgullosa le ayudaba a llevar pequeños canastos con pan hasta las mesas.

—Con permiso... Aquí está su pancito.

—Muchas gracias, señorita.

Dana regresaba radiante después de cada viaje. Max comprendió entonces algo que hasta ese momento no había visto: aquello no era solo un hostal; era un hogar. Uno construido con trabajo, con cariño y con personas que parecían una familia sin compartir la misma sangre. Y por primera vez desde que todo había comenzado, se permitió imaginar que tal vez, solo tal vez... él y Dana también podrían encontrar un lugar allí.

El momento de tranquilidad terminó cuando el sonido de un motor se escuchó frente a la casona. Libertad levantó automáticamente la cabeza. Conocía perfectamente ese vehículo: una patrulla.

Instantes después sonó un breve toque de sirena. No era una emergencia; era un aviso.

—Es Lucas... —murmuró casi para sí.

Doña Luisa la observó de reojo y tratando de mantenerse serena intentó hacer su respiración más lenta.

Maximiliano siguió involuntariamente la dirección de su mirada. No dijo nada. Solo observó cómo el rostro de Libertad perdía parte de la serenidad que había mostrado durante toda la mañana.

A los pocos segundos, unos pasos firmes resonaron por el corredor. Lucas apareció en el umbral de la cocina con el uniforme de carabinero. Traía el rostro cansado. Había ensayado aquel momento durante todo el trayecto. Había repetido una y otra vez las palabras que pensaba decir: «Perdóname, reaccioné mal. No debí reaccionar así».

Estaba decidido a arreglar las cosas. Pero las palabras murieron antes de abandonar su garganta.

Frente a él estaba Dana, sentada sobre una silla alta untándose la nariz con dulce de leche mientras Libertad le limpiaba el rostro a la niña restregándole una servilleta.




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