En busca de Libertad

Capítulo 23: Sabores de una promesa

Los días que siguieron a la visita de Lucas transcurrieron con una tranquilidad que ni Libertad ni Maximiliano se atrevía a nombrar por miedo a romperla. Lucas no volvió a aparecer por el hostal. Aquella ausencia, lejos de traer un alivio absoluto, dejó una sensación extraña, como si todos esperaran que en cualquier momento la calma terminara.

Sin embargo, los días fueron pasando uno tras otro y, casi sin darse cuenta, los tres comenzaron a construir una rutina que poco a poco transformó la convivencia en algo natural.

Dana fue la primera en sentirse completamente en casa. Cada mañana recorría la casona saludando a los huéspedes con una sonrisa cada vez más luminosa. Siempre con el oso de peluche bajo el brazo y una energía que parecía multiplicarse día tras día, se pegaba indistintamente a Libertad o a doña Luisa, decidida a convertirse en la ayudante oficial del hostal.

—¿Qué hacemos ahora? —era la pregunta que repetía varias veces al día.

Si Libertad cambiaba las flores de los jarrones, Dana insistía en llevar el agua. Si doña Luisa amasaba pan, la pequeña aparecía pocos minutos después con el delantal mal amarrado, dispuesta a alcanzar la harina o revolver alguna mezcla, aunque terminara con más masa en la nariz que dentro del bol.

La cocinera solía reírse:

—Con esta ayudante voy a terminar jubilándome antes de tiempo.

Dana inflaba el pecho con orgullo.

—¡Porque yo voy a aprender todo!

Pero su entusiasmo no terminaba allí. También había asumido, con una seriedad enternecedora, otra misión mucho más importante: ser la enfermera de su papá.

Todas las mañanas aparecía con el pequeño pastillero entre las manos.

—Papá... ¿Te tomaste la medicina?

Si Maximiliano dudaba apenas un segundo, Dana giraba inmediatamente hacia Libertad buscando una aliada.

—¡Se olvidó otra vez!

Libertad levantaba la vista desde donde estuviera trabajando.

—Max...

Él respondía siempre igual, con una sonrisa resignada:

—Ya entendí... Contra ustedes dos no tengo ninguna posibilidad.

Las dos se cruzaban una mirada cómplice antes de estallar en una carcajada. Maximiliano fingía protestar mientras obedecía. En el fondo, aquella preocupación cotidiana despertaba algo que llevaba demasiado tiempo dormido: hacía años que nadie insistía para que se cuidara, y descubrir que ahora eran dos las personas pendientes de él le provocaban una calidez difícil de explicar.

Libertad también comenzaba a notar cambios en sí misma. Esperaba, sin querer reconocerlo, el momento en que escuchaba los pasos de Maximiliano acercarse por el comedor cada mañana. Sabía distinguirlos del resto de los huéspedes. Cuando aparecía en la cocina con el cabello todavía despeinado y una expresión somnolienta, el ambiente parecía volverse un poco más cálido.

Él jamás dejaba de saludar primero a Dana. Después buscaba inevitablemente la mirada de Libertad.

—Buen día.

Era un saludo sencillo, pero bastaba para que ella sintiera un leve cosquilleo en el estómago.

Más de una vez coincidieron al salir de sus habitaciones. El estrecho pasillo del ala este los obligaba a caminar muy cerca uno del otro. Maximiliano siempre esperaba a que ella pasara primero. Le abría la puerta de vidrio que separaba el ala privada del resto de la casona o se hacía a un lado para cederle el paso en las escaleras de la entrada. Gestos simples, casi imperceptibles, pero suficientes para que las mejillas de Libertad adquirieran un tenue color rosado que él fingía no notar.

Las noches también comenzaron a cambiar. Cuando Dana se dormía profundamente después de un día entero correteando por el hostal, ellos aprovechaban el silencio para compartir unos minutos juntos. A veces permanecían en la cocina terminando de ordenar; otras, iban a la terraza que comunicaba con la habitación de Libertad, desde donde podía contemplarse el jardín cubierto de lavandas y rosales bajo la luz de la luna.

Casi siempre había un mate entre los dos. Maximiliano seguía preparándolo con la misma forma meticulosa su “mate de verdad”. Libertad, en cambio, continuaba defendiendo con orgullo aquella versión que él consideraba una auténtica herejía gastronómica. Le agregaba leche, azúcar, hierbas aromáticas, cáscara de naranja y cuanto ingrediente encontrara capaz de suavizar el amargor de la yerba.

Cada vez que la veía preparar aquella mezcla, Max llevaba una mano al pecho con fingido dramatismo.

—Algún día los argentinos vamos a declarar eso crimen de lesa patria.

Ella soltaba una carcajada.

—No seas exagerado.

—Eso no es mate. Eso es... una infusión con problemas de identidad.

—Pues a mí me gusta.

Él terminaba negando con la cabeza entre risas. Al principio intentó convencerla de cambiar la receta, pero después comprendió que era una batalla perdida. Y, en el fondo, empezó a encontrarle cierto encanto, porque si había alguien incapaz de preparar algo amargo, esa era Libertad. Hasta el mate parecía contagiarse de la dulzura con la que ella miraba el mundo.

Aquellas conversaciones, acompañadas por el vapor que escapaba de los vasos Stanley de colores y el perfume de las lavandas que llegaba desde el jardín, fueron llenando silenciosamente los espacios vacíos que ambos llevaban dentro. No hablaban del pasado ni del futuro; simplemente disfrutaban de la compañía del otro. Y aunque ninguno se atrevía todavía a ponerle nombre a lo que estaba naciendo entre ellos, ambos comenzaban a esperar con ilusión esos pequeños momentos cotidianos.

Fue precisamente cuando aquella nueva rutina empezaba a sentirse tan natural como necesaria, que el teléfono del hostal rompió la calma de una mañana.

Doña Luisa atendió la llamada. A medida que escuchaba, el color fue desapareciendo lentamente de su rostro. Cuando colgó, sostenía el auricular con manos temblorosas. Se volvió hacia Libertad intentando contener las lágrimas.

—Mi niña... me acaban de dar una muy mala noticia...




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