A medida que los segundos corrían, la fricción tibia de sus bocas comenzó a transformar la cautela en una necesidad apremiante que se llenó de una pasión desbordada.
El efecto del vino pronto encendió una chispa impaciente en Libertad. Sensible a la condición de Max y atenta a la fragilidad de sus costillas, estiró la mano con agilidad, apartó las copas y la botella hacia el extremo más lejano de la mesa y se impulsó para subir a la mesada, quedando sentada justo a la altura perfecta para evitar que él tuviera que inclinarse o realizar algún esfuerzo doloroso.
La cercanía inmediata fue devastadora para la compostura de ambos. Al acortar la distancia de esa manera, Maximiliano quedó encajado entre sus muslos. Libertad envolvió instintivamente las caderas de Max con sus piernas, cruzando los tobillos sobre sus glúteos para estrecharlo contra sí. Un gemido sordo se ahogó en la garganta de él al sentir el roce directo y contundente de sus cuerpos, aún amortiguado por la ropa, pero ardiendo con una fuerza que amenazaba con consumirlos.
Libertad enredó las manos entre el cabello negro y suave de Max, atrayéndolo hacia ella con una mezcla de desesperación y entrega. Los besos se volvieron ávidos, profundos y urgentes. Ella succionó su labio inferior y descendió por la línea tensa de su mandíbula hasta hundirse en su cuello, saboreando el calor de su piel, su pulso desbocado y ese aroma inconfundible que desde que se rencontraron había anhelado tener cerca.
Maximiliano perdió el aliento. Sus manos, temblorosas por la intensidad del deseo, comenzaron a recorrer entero el cuerpo de Libertad: subieron por sus muslos, delinearon el talle de su cintura y ascendieron firme por su espalda, aferrándose a ella como si temiera que fuera un espejismo. La respiración agitada de ambos llenaba el espacio tenuemente iluminado de la cocina, marcada por pequeños suspiros y roces febriles de ella que lo llevaban a rozar el inicio de sus cumbres y sentir el aroma excitado de su piel.
Con la voz enronquecida por la pasión y la respiración cortada, Max aproximó los labios a la oreja de ella y le susurró en un arranque de deseo irreprimible:
—Me encantás, Libertad... No te das una idea de cuánto me gustás. Desde que te vi por primera vez en esa pantalla, en las videollamadas, deseaba este momento... Te deseaba a vos desde ese entonces.
Ella se apartó de su cuello para descifrar la verdad de sus palabras en su mirada y envolvió su boca con sus labios en respuesta. Aquellas provocaron un estremecimiento eléctrico en la espalda de Libertad. Un gemido suave se le escapó de los labios al sentir el peso y el calor de él acomodándose contra ella, encendiéndole la piel y haciendo que todo lo demás —las dudas, el pasado y el miedo— desapareciera de golpe en el fuego de ese encuentro.
La intensidad de la entrega amenazaba con arrastrarlos por completo cuando, desde el pasillo un pequeño murmullo infantil rompió el hechizo.
El sonido trajo de vuelta la realidad como un baño de agua fría. Maximiliano detuvo el movimiento de sus labios sobre la piel de ella, aunque no se alejó. Apoyó la frente contra el hombro de Libertad, tratando de recuperar el aliento que la pasión le había arrebatado. Ella hundió los dedos en su cabello despeinado, acariciando su nuca mientras intentaba estabilizar los latidos frenéticos de su propio corazón.
Permanecieron así, abrazados en medio de la cocina que horas antes habían llenado de vida, sintiendo cómo el deseo contenía el aliento, pero no se apagaba, dejando en el aire la promesa tácita de que el fuego apenas comenzaba a encenderse.
La voz de Dana llamando a su padre se escuchaba cada vez más cerca. Se acomodaron la ropa apresuradamente y Max la ayudó a bajarse de la mesada. Para cuando la niña llegó al umbral, Libertad caminaba a su encuentro mientras Max disimulaba el síntoma de su excitación de espalda abriendo el grifo del lavaplatos para mojarse las manos con agua fría.
Dana apareció frotándose los ojos con el puño cerrado y abrazando su oso de peluche.
—¿Papá...? —murmuró, con la voz espesa por el sueño.
Libertad reaccionó primero.
—Hola, preciosa... ¿Qué pasó? —preguntó con dulzura, acercándose a ella.
La niña levantó la vista, desorientada.
—Tuve una pesadilla... Me desperté y no encontré a mi papá.
Max cerró la llave del agua y se volvió de inmediato. El deseo acumulado desapareció al ver la angustia de su hija. Se agachó hasta quedar a su altura.
—Perdón, mi amor. Pensé que seguías dormida. ¿Qué soñaste?
—Que cuando despertaba... otra vez no estabas.
Las palabras le atravesaron el pecho. Max la abrazó con fuerza y cerró los ojos un instante.
—No voy a irme a ninguna parte.
Libertad observó la escena con un nudo en la garganta.
—¿Qué les parece si preparamos una leche calentita? —propuso sonriendo—. Así espantamos esa pesadilla.
Dana asintió.
Mientras Maximiliano ordenaba la cocina, Libertad sirvió la leche con una cucharadita de miel.
—Ven —le dijo a la niña—. La llevamos a tu habitación para que la tomes tranquila. Mientras tanto, tu papá termina aquí y va con nosotras.
La acompañó hasta el dormitorio, se sentó a su lado mientras la bebía y le acarició el cabello con paciencia maternal.
—¿Ya pasó el miedo?
—Sí...
—Entonces cierra los ojos. Yo estoy aquí contigo y no me iré hasta que llegue Max.
Pocos minutos después, Maximiliano apareció en silencio. Encontró a Dana profundamente dormida. Abrazaba el peluche con un brazo y con el otro se aferraba a Libertad, quien también había caído rendida, manteniendo una mano sobre el hombro de la niña para protegerla de forma instintiva.
La tenue luz de la velador dibujaba sobre ambas una imagen tan serena que Maximiliano sintió un nuevo anhelo acomodarse en su pecho. Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplándolas. Era la clase de escena que jamás se había permitido imaginar. Sintió el impulso de despertarla, de besarla otra vez y culminar lo que la irrupción de Dana había interrumpido en la cocina. Pero le bastó ver la calma con la que descansaban para comprender que el deseo podía esperar.