El hostal bullía de vida. Las mesas, ocupadas por lugareños y turistas, reflejaban el éxito del nuevo menú y del servicio de almuerzos que Maximiliano había impulsado desde la ausencia de Doña Luisa. Lo que semanas atrás parecía un proyecto incierto comenzaba a consolidarse; el aroma de las empanadas recién horneadas, las milanesas dorándose y el pan casero envolvía cada rincón con una calidez que iba mucho más allá de la cocina.
Sin que ninguno de los dos lo advirtiera, aquella estabilidad que el hostal empezaba a alcanzar también comenzaba a instalarse en sus vidas.
La cocinera aún se encontraba cuidando de su madre convaleciente sin imaginarse que al regresar se encontraría un lugar completamente distinto. Los clientes preguntaban por «el chef argentino» y varios volvían únicamente para repetir alguno de sus platos. Libertad terminó admirando la facilidad con la que Maximiliano organizaba la cocina. Cómo había logrado optimizar tiempos e incorporar nuevas recetas de forma exitosa.
Aquella tarde, cuando el último almuerzo salió hacia el comedor y la cocina recuperó la calma, Libertad se acercó hasta donde Maximiliano limpiaba la mesada de acero.
—Max... tenemos que hablar.
Él levantó la vista.
—¿Pasó algo?
—Sí. —Se apoyó en la encimera con los brazos cruzados—. Ya no puedes seguir trabajando gratis.
Maximiliano sonrió apenas.
—No estoy trabajando gratis.
—¿Ah, no?
Negó despacio con la cabeza.
—Estoy pagando una deuda.
Libertad frunció el ceño.
—¿Qué deuda?
—La que tengo con vos.
Ella soltó una pequeña risa incrédula.
—No me debes absolutamente nada.
—Claro que sí. Nos abriste la puerta cuando no teníamos adónde ir. Nos diste un techo, comida... y me devolviste algo que había perdido hace mucho tiempo: la posibilidad de sentirme útil otra vez.
Aquellas palabras conmovieron a Libertad más de lo que esperaba. Durante un instante recordó al hombre abatido que había llegado al hostal con Dana en brazos, desconfiado, agotado y convencido de que el mundo entero estaba en su contra. Compararlo con el hombre que ahora dirigía una cocina llena de vida resultaba casi imposible.
Sin embargo, no estaba dispuesta a ceder.
—Precisamente por eso quiero pagarte.
Él negó otra vez.
—No hace falta.
—Sí hace falta —su tono se volvió más serio—. Porque ese dinero no es para darte las gracias. Es para ayudarte a empezar de nuevo.
Maximiliano dejó el paño sobre la mesa.
—¿A qué te referís?
—A Dana. —El nombre de su hija bastó para borrar cualquier asomo de intranquilidad de su rostro—. Necesitas regularizar su situación... y la tuya.
Él guardó silencio.
—No estoy diciendo que mañana vayas al consulado ni que te entregues —aclaró Libertad antes de que pudiera interrumpirla—. Sé que ahora sería peligroso. Pero tarde o temprano tendremos que buscar una solución.
Max desvió la mirada hacia la ventana.
—Si saben dónde estoy, podrían deportarme.
—Eres su padre.
—Para la justicia argentina soy el hombre que secuestró a una nena. —La frase quedó suspendida entre ambos—. No quiero correr ese riesgo.
Libertad dio un paso hacia él.
—Lo sé. —Su voz se suavizó—. Pero tampoco quiero que Dana crezca pensando que siempre tendrán que esconderse.
Maximiliano cerró los ojos un instante.
—Si vuelvo... ellos volverán a buscarla.
No hacía falta preguntar a quiénes se refería. Los abuelos de Dana seguían siendo una sombra permanente sobre su vida.
—No lo sé, Max —respondió ella con sinceridad—. No tengo todas las respuestas. —Se permitió tomarle una mano—. Solo sé que ella merece una infancia sin miedo.
Él bajó la vista hacia sus dedos entrelazados.
—Y vos también la merecés.
La frase escapó antes de que pudiera detenerla. Libertad sintió un leve estremecimiento.
Durante unos segundos ninguno habló. Ella sabía que insistir demasiado solo levantaría nuevamente los muros que tanto esfuerzo le había costado derribar. Pero también sabía que guardar silencio significaba aceptar que Dana creciera huyendo para siempre.
Finalmente, fue Maximiliano quien rompió el silencio.
—Déjame pensarlo.
No era un sí, pero tampoco era la negativa rotunda que ella esperaba. Y eso, por ahora, era suficiente.
La conversación quedó suspendida entre ellos durante los días siguientes; ninguno volvió a sacar el tema. Había heridas que necesitaban más tiempo para cicatrizar.
Mientras tanto, la rutina fue ocupando cada espacio libre. Cuando el trabajo terminaba y el hostal recuperaba el silencio de la noche, los tres solían acomodarse en el viejo sofá del salón para ver alguna película o continuar la serie que habían empezado semanas atrás. Otras veces desempolvaban la PlayStation. Las competencias terminaban inevitablemente entre carcajadas cuando Dana celebraba cada victoria como si hubiera ganado un campeonato mundial.
Aquellos momentos le recordaban a Maximiliano las interminables noches que años atrás compartía con Libertad a través de una pantalla. Solo que ahora podía verla reír frente a él. Escuchar su risa. Sentir el perfume de su cabello cuando se inclinaba para alcanzar un control o acomodar una manta sobre Dana. Desde aquella noche en la cocina, ese aroma parecía haberse quedado impregnado en su memoria.
Libertad, en cambio, procuraba mantener cierta prudencia. No porque dudara de lo que sentía, sino porque temía avanzar demasiado rápido y romper el delicado equilibrio que habían conseguido construir.
Maximiliano parecía no compartir ese temor. Aprovechaba cualquier excusa para acercarse: le robaba un beso fugaz mientras ella lavaba unas tazas, la abrazaba por la espalda cuando coincidían en el pasillo o rozaba deliberadamente su mano al servir la mesa.
Ella fingía molestarse.
—¿Siempre tienes que sorprenderme?
Él sonreía con esa expresión despreocupada que tan bien conocía.