En busca de Libertad

Capítulo 26: El alcance de los celos

Desde que habían terminado su relación de manera implícita, Lucas había mantenido una leve esperanza de que Libertad lo buscara. Se decía a sí mismo que, más pronto que tarde, ella regresaría reconociendo su error y pidiéndole una oportunidad. Esperaba que se diera cuenta de que él siempre había estado allí para ofrecerle estabilidad y un plan de futuro, no como el infeliz que la había dejado sola en el aeropuerto, destrozada y humillada.

Pero la realidad había sido mucho más cruel. Ahora, ella había llenado su vida con la presencia de ese hombre y de su hija, como si los meses que compartieron no significaran nada, como si él hubiera sido un simple paréntesis en su vida, un interludio sin importancia.

Cada vez que su madre lo visitaba, le repetía con tono amargo que siempre había sabido que Libertad no era para él.

—Dios respondió a mis plegarias —le decía, como si la separación hubiera sido una bendición—. Imagínate si te hubiera dicho que sí a tu propuesta de matrimonio y después te dejaba por otro con todo armado. Fue lo mejor que no llegara a esa cena.

Lucas callaba y apretaba los dientes, sabiendo que esa misma noche pensaba pedirle matrimonio con un anillo que traía guardado en el bolsillo de su chaqueta; una joya que ahora reposaba en el fondo de un cajón, junto a su orgullo hecho pedazos.

Para empeorar las cosas, sus compañeros y conocidos no se molestaban en ocultar la malicia: murmuraban y reían por lo bajo cuando él pasaba, comentando lo radiante que la habían visto por las calles y haciendo eco de los rumores sobre su nueva vida con un argentino y su hija pequeña.

Había intentado ignorar los comentarios y llenar el vacío con cualquier distracción: noches de fiesta, tragos hasta el amanecer y mujeres que apenas recordaba al día siguiente. Sin embargo, ni el alcohol, ni el afecto pasajero podían borrar la imagen de Libertad la noche en que todo se derrumbó. Cada día sin ella era una herida abierta que intentaba sepultar bajo capas de olvido, pero que dolía más con cada intento fallido.

La rabia le ardía por dentro como un veneno lento. Le hervía la sangre cada vez que pasaba frente al hostal durante sus rondas, observando desde la distancia cómo el lugar florecía con la presencia de ese hombre y de la niña, notando los pequeños cambios que habían transformado aquel rincón antes sombrío. Se imaginaba a Maximiliano moviéndose por la cocina, impregnando cada rincón con su arrogancia y ganándose a los lugareños con su “auténtica gastronomía argentina” que relucía en un nuevo letrero que había visto a Don Germán instalar unas semanas atrás. Mientras sentía que todo lo que él había construido junto a Libertad se desmoronaba entre sus manos.

Esa tarde, al pasar con la patrulla, sus ojos encontraron la escena que no sabía si odiaba o temía más: los vio caminando juntos, tomados de la mano, como si fueran una familia. Dana iba entre ellos balanceando las piernas, con una risa que se elevaba por encima del murmullo de la calle, y Libertad reía con una ligereza que él jamás le había visto. Se veía feliz y despreocupada, como si el mundo entero se hubiera vuelto más brillante desde la llegada de ese hombre.

Sintió un nudo en el estómago, dominado por la impotencia y los celos. La envidia lo recorrió como una fiebre, convirtiendo la calidez de la tarde en una bruma sofocante.

—¿Así que decidiste reemplazarme? —murmuró para sí mismo, golpeando el volante de la patrulla con violencia hasta dejar sus puños enrojecidos.

Detuvo el vehículo en una esquina, lo suficientemente cerca para observarlos, pero fuera del alcance de sus miradas. Vio cómo Dana corría a abrazar a Libertad y cómo Maximiliano las seguía con una sonrisa tranquila, como si aquel lugar y esos gestos le pertenecieran desde siempre. La risa de la pequeña se filtraba por los cristales del automóvil, mezclándose con el eco de las conversaciones de los nuevos huéspedes que llenaban el hostal. Viéndolos entrar como si ese escenario hubiera sido diseñado para ellos, a Lucas el aire se le volvió irrespirable.

No iba a permitirlo. No se quedaría al margen viendo cómo otro hombre se llevaba la vida que él deseaba construir con Libertad, una vida que aquel extranjero no merecía. La determinación se afianzó en su interior y sus ojos brillaron con intensidad oscura. Si quería recuperar a Libertad, tendría que eliminar la presencia de Maximiliano. Su mente comenzó a tramar un plan: lo primero sería averiguar todo sobre ese hombre, descubrir quién era realmente y si ocultaba algo que pudiera usar en su contra.

Recordó que en el hospital Maximiliano había entregado sus datos al personal médico. Aquel detalle que había pasado por alto en su momento ahora se le presentaba como una oportunidad.

Su posición en la policía le daba acceso a información restringida. Sabía que consultar los registros de Maximiliano significaba cruzar una línea y adentrarse en un terreno donde el uniforme no lo protegería si algo salía mal, pero a Lucas ya no le importaba. Para él, recuperar a Libertad y apartar a Maximiliano valía cualquier riesgo.

Avanzó en el vehículo fraguando aquello en la mente y al estacionar la patrulla frente al hospital, sintió una brisa fría atravesarle la chaqueta, como una advertencia que decidió ignorar. Entró al edificio con el rostro impasible, repitiéndose que solo buscaba hacer justicia. Sin embargo, en el fondo sabía que lo movían la rabia, la frustración de verse sustituido y la desesperación de ver sus planes derrumbarse sin poder detenerlos.

Tras varios intentos por conseguir la información, logró hablar con una recepcionista de admisión que cedió ante la atención de su uniforme. Era la misma chica que había estado el día en que ingresaron a la niña. No recordaba al padre ni a la pequeña paciente, solo el rostro de una mujer con las características de Libertad que había firmado la documentación.

En los papeles no aparecían los datos del padre, pero sí el nombre de la pequeña: María Jesús Rossi. Ya tenía por dónde comenzar. Recordó además que, aquel día en el hospital, la enfermera lo había llamado por su nombre: Maximiliano Rossi.




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