En busca de Libertad

Capítulo 27: Cuerpo y alma al desnudo

La caminata por el bosque les había dejado en la piel el olor a tierra húmeda y hojas secas. Dana todavía llevaba entre los dedos un par de pétalos marchitos del ramo que le había entregado a Libertad, y Maximiliano, aunque no lo dijera, sentía en el pecho una calma extraña, casi sospechosa, como si el mundo hubiera decidido concederle unas horas de tregua.

Al regresar al hostal, la jornada no terminó. Quedaban huéspedes por atender, mesas por servir y la cocina todavía caliente. Maximiliano se puso el delantal sin que nadie se lo pidiera. Libertad organizó el comedor. Dana, con el delantal de Doña Luisa mal atado a la cintura, se proclamó otra vez “probadora oficial”.

Cuando el último comensal se despidió y el portón quedó cerrado, el silencio de la casona les pareció un lujo. Las luces del salón principal titilaban suaves. En la mesita baja, junto al sofá grande, Dana había dejado el control de la consola y un par de calcetines desparejos.

—¿Película? —preguntó la niña, ya con voz pastosa, apoyando la cabeza contra el muslo de su padre.

Libertad miró a Maximiliano. Él asintió.

—Lo que quieras, campeona.

Eligieron una de dibujos, de esas que Dana ya se sabía de memoria. Se acomodaron los tres en el sofá: la niña en el medio, cubiertos por una manta que olía a lavanda y a madera vieja. Afuera, el Cajón del Maipo respiraba con el viento de la noche. Adentro, la pantalla iluminaba a intervalos sus rostros.

Maximiliano no prestaba verdadera atención a la película. Sentía el peso liviano de Dana sobre su pierna y, a la izquierda, la presencia de Libertad: el perfil iluminado, el cabello suelto, la mano que de tanto en tanto acomodaba la manta sobre las rodillas de la niña. Cada tanto sus miradas se cruzaban por encima de la cabecita dormida. No decían nada. No hacía falta.

A la mitad de la película, la respiración de Dana se volvió profunda y regular. El control se le resbaló de los dedos.

Maximiliano esperó un minuto más, solo para estar seguro. Después se inclinó y le habló al oído, muy bajo:

—Vamos, mi amor. A la cama.

Dana protestó sin abrir los ojos, un quejido suave, infantil. Él la ayudó a ponerse de pie. Caminó a duras penas, medio dormida, apoyándose en su padre, arrastrando los pies por el pasillo de madera. Libertad los siguió con la mirada hasta que desaparecieron detrás de la puerta de vidrio esmerilado.

En la habitación de Dana, Maximiliano encendió solo la lamparita de nube. La luz cálida dibujó sombras redondas sobre las paredes.

—Los dientes, princesa —dijo, con esa paciencia nueva que todavía le sorprendía a él mismo.

—No quiero…

—Dos minutos. Y después pijama. Trato.

La convenció. La sostuvo frente al lavamanos mientras ella, con los ojos entrecerrados, pasaba el cepillo de un lado a otro sin mucha coordinación. Le ayudó a cambiarse. El pijama le quedaba un poco grande en las mangas. Dana se vistió torpe y lentamente, y cuando por fin se metió bajo el edredón rosado abrazó a Mateo, el oso, con las dos manos.

Maximiliano se sentó en el borde de la cama. Le acarició el cabello hasta que los párpados de la niña quedaron completamente cerrados.

—Papá…

—Estoy acá.

Esperó. Contó su respiración. Cuando estuvo seguro de que el sueño la había vencido del todo, le besó la frente, dejó encendida la lámpara y cerró la puerta con un cuidado extremo, como si el menor chasquido pudiera romper algo frágil.

Libertad, mientras tanto, había recogido la manta, apagado el televisor, ordenado las tazas y apagado las luces del salón una por una. La casona quedó en penumbra, apenas iluminada por el resplandor lejano del árbol de Navidad que todavía no habían desarmado y por la luna que se colaba entre los álamos.

Atravesó el comedor en silencio. Empujó la puerta de vidrio que daba al ala este.

Maximiliano salía de la habitación de Dana en ese mismo instante.

Se quedaron frente a frente en el pasillo estrecho.

Él no tenía la expresión cansada de las últimas semanas. Tampoco la culpa agachada. Tenía los ojos oscuros, fijos, encendidos con una decisión que no pedía permiso. Libertad sintió que el aire se le atascaba en la garganta. El pomo de su propia puerta ya estaba bajo su palma cuando él avanzó.

La mano de Maximiliano se posó sobre la de ella.

No apretó. Solo cubrió.

El metal frío del pomo y el calor de sus dedos se mezclaron. Libertad no se movió. La respiración se agitó en el pecho, corta, irregular. Él se acercó despacio, lo bastante lento para que ella se negara y lo bastante cerca para que ella sintiera el calor de su cuerpo a través de la ropa.

Le recogió un mechón rebelde y se lo pasó detrás de la oreja. Los dedos le rozaron la sien, el lóbulo, la línea de la mandíbula.

Después la besó.

No fue el beso interrumpido de la cocina. No fue tierno ni vacilante. Fue hambre contenida durante años, orgullo roto, miedo y alivio, todo junto. La boca de Maximiliano se abrió sobre la de ella con una necesidad que no disimuló. Libertad, en lugar de retroceder, contestó. Le recibió la lengua, le devolvió la presión, le clavó los dedos en la tela de la remera. La manilla de la puerta crujió bajo sus manos unidas.

Él la empujó suavemente hacia adentro. Cruzaron el umbral. Maximiliano cerró la puerta a sus espaldas con el talón.

Libertad dio un paso hacia el centro de la habitación, como si el espacio súbitamente le resultara demasiado grande, demasiado real. Él no se lo permitió. La tomó de las caderas y la trajo de vuelta contra su pecho, sin dejar de besarla. Las manos le recorrieron la cintura, el borde de la camisa.

La camisa verde esmeralda que se había puesto esa tarde, sin pensar que él iba a desabotonarla en esas circunstancias. Maximiliano lo hizo botón por botón, sin prisa fingida y sin torpeza. La tela se abrió. Resbaló por los hombros y cayó al suelo con un susurro leve.

Quedó en el corpiño. La piel se le erizó de inmediato, no por el fresco de la noche, sino por la mirada de él. Maximiliano la recorrió como quien reconoce un territorio que creyó perdido para siempre. Bajó la boca a su cuello. Besó la línea del mentón, el hueco detrás de la oreja, la clavícula. Los dientes le rozaron la piel con una contención que duró poco. Cuando llegó al borde del encaje, lo corrió con una mano, acarició el comienzo del pecho con la nariz y con la boca. Finalmente lamió y mordió con delicadeza el pezón rosado de uno de sus senos. Libertad arqueó la espalda y un sonido bajo, casi avergonzado, se le escapó de la garganta.




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