La luz de la mañana se filtraba tímidamente entre las cortinas de la habitación.
Libertad abrió los ojos despacio, todavía atrapada en esa extraña y tibia sensación de no saber exactamente dónde terminaba el sueño y comenzaba la realidad. Durante unos segundos permaneció inmóvil. Después sintió el calor reconfortante de un cuerpo junto al suyo. Giró apenas la cabeza: Maximiliano dormía de lado, profundamente dormido, con el rostro relajado y una expresión que hacía mucho tiempo ella no veía en él. Sin tensión. Sin miedo. Sin esa permanente preocupación que parecía haberse convertido en parte de su piel desde que había cruzado la cordillera con Dana.
Libertad sonrió. No pudo evitarlo. Estiró lentamente una mano y apartó un mechón de cabello que le caía sobre la frente.
Maximiliano abrió los ojos de a poco. Tardó unos segundos en enfocar la mirada, pero cuando la reconoció, una sonrisa leve se dibujó en sus labios.
—Buen día —murmuró él.
La voz ronca de la mañana hizo que a Libertad se le acelerara el corazón.
—Buen día.
Él se acercó un poco más y apoyó la frente contra la de ella. Durante un instante ninguno dijo nada; no necesitaban hacerlo. La noche anterior había cambiado algo definitivo entre ellos. Ya no existían las dudas que durante semanas habían intentado ignorar. Habían dejado de fingir que aquel amor pertenecía al pasado.
Sin embargo, la luz del día traía consigo algo que la penumbra de la noche había conseguido mantener a raya: la realidad.
Libertad suspiró y se incorporó un poco, cubriéndose el pecho con la sábana.
—Tenemos que hablar, Max.
Maximiliano dejó escapar una pequeña sonrisa amarga.
—Eso nunca suena bien.
—No es nada malo —dijo ella, soltando una risita nerviosa antes de ponerse seria—. Es solo que no quiero que nadie se entere todavía de lo nuestro.
La sonrisa de Maximiliano desapareció lentamente.
—¿Nadie?
—Nadie.
Él permaneció mirándola, en silencio.
—¿Ni siquiera Dana?
La pregunta llegó con una suavidad que a Libertad le invadieron sentimientos de remordimientos.
—Especialmente Dana.
Maximiliano bajó la mirada, entendiendo el motivo detrás de sus palabras. Libertad se incorporó un poco, cubriéndose el pecho con la sábana y tomó su mano con firmeza.
—Ella acaba de perder a su mamá —explicó Libertad—. Después de la nada re recuperó. Pasó por un hogar, escapó contigo, cruzó la cordillera, estuvo enferma y ahora recién empieza a sentirse segura en este lugar. No quiero que piense que todo está cambiando otra vez.
—¿Creés que no está preparada? —preguntó Max en un susurro.
—No lo sé —admitió Libertad—. Y no quiero averiguarlo de la peor manera. Además, por lo que me contaste; ella todavía no entiende por qué no estuviste con ella y con Fabiola cuando más lo necesitaron, ni por qué estuviste ausente durante años. Para ella eres su papá, pero también el hombre que apareció de repente. Si ahora se entera de que estás conmigo, puede ser demasiado confuso y doloroso.
Maximiliano cerró los ojos un instante y asintió, tragándose la culpa.
—No quiero hacerle más daño.
—Yo tampoco. Por ahora podemos dejar que se acostumbre a nosotros. A estar acá. A sentir que tiene una casa.
—¿Y nosotros? —la miró él a los ojos.
—Nosotros tendremos que aprender a escondernos.
Maximiliano soltó una pequeña risa incrédula.
—¿Escondernos? ¿Como adolescentes?
—Como dos adultos con demasiados problemas —sonrió ella, inclinándose para darle un beso corto en los labios—. Solo hasta que sepamos qué hacer.
La mirada de Max se volvió seria de nuevo.
—Hay otra cosa, Libertad… Lucas.
El nombre bastó para devolverlos de golpe a la incertidumbre.
—Tengo que darle un cierre definitivo a lo que tuve con él —dijo ella—. Pero me da miedo. Si se entera de que estoy contigo, temo que tome represalias. Cruzaste la frontera de forma ilegal, sin documentos. Si Lucas se entera, podría denunciarte y hacer que te deporten antes de que lo solucionemos.
—Tiene sentido —admitió Max—.
—Necesitas un abogado.
Maximiliano asintió.
—Mientras no vea opciones para encontrar un abogado que evalúe mi situación de riesgo, no podemos arriesgarnos.
—Por eso mismo —concluyó Libertad—, lo mejor es mantener nuestros encuentros exclusivamente en las noches. Intercalamos habitaciones: una noche en la tuya, otra en la mía, y solo cuando nadie nos vea. Durante el día seremos discretos.
—¿Discretos? —levantó una ceja Max, divertido—. ¿Y si me cuesta mantener las manos lejos de vos?
—Te aguantás —sonrió ella—. Y yo también.
Durante los días siguientes, la rutina del hostal se convirtió en su mejor aliada. La temporada estival había llenado la casona; los huéspedes llegaban desde temprano y el movimiento constante hacía imposible que alguien reparara en las miradas cómplices o en los roces disimulados entre ambos.
Durante el día, Libertad atendía la recepción y la logística, mientras Max se ocupaba de la cocina y las reparaciones. Dana pasaba el tiempo con ellos, feliz en su nueva rutina. Por las noches, en cambio, cuando el silencio reinaba en la casona, intercalaban las habitaciones para encontrarse a oscuras, haciendo que cada abrazo furtivo tuviera un valor todavía mayor.
Sin embargo, al llegar el fin de semana desde las sombras del desconocimiento, Lucas volvió a moverse.
El sábado por la noche, en un bar de la capital, Lucas se reunió con Fernando, su amigo de la Policía de Investigaciones (PDI). Tras un par de tragos, el carabinero descargó la amargura que llevaba acumulada.
—¿Así que terminaste con Libertad por el argentino? —preguntó Fernando, sirviendo más cerveza.
—No me voy a quedar de brazos cruzados —respondió Lucas con rabia—. Ese tipo no me da buena espina…Hay muchas cosas en su historia que no me cuadran.
Fernando se quedó pensativo.