Lucas se perdió entre los álamos con el paso de quien todavía no acepta que acaba de perder. El polvo de la terraza tardó unos segundos en posarse. En ese intervalo, el mundo de Dana se redujo a tres cosas: el llanto que no lograba contener, la sangre que le manchaba el labio a su padre y la figura de aquel hombre que se alejaba.
Maximiliano la apretó contra el pecho con el cuidado torpe de un hombre que teme lastimarla otra vez. El dolor de los golpes aun le robaba el aire, pero no soltó a la niña. Libertad se arrodilló a su lado. Tenía tierra en las rodillas, el pulso desbocado y una claridad feroz en los ojos.
—Papá… —sollozó Dana, aferrada a su camisa—. ¿Por qué ese hombre te pegó? ¿Por qué te quiere hacer daño?
Maximiliano buscó una respuesta que no ensuciara más el momento. No la encontró. Fue Libertad quien se adelantó, tomándole el rostro con ambas manos para que la mirara.
—Porque está enojado, mi amor.
Dana parpadeó. En su mente de seis años las cosas todavía se ordenaban con una lógica simple, casi piadosa. El policía había venido otras veces. Había hablado con Libertad. Y ahora gritaba. Solo una explicación cabía ahí adentro:
—¿Está enojado porque nos dejaste vivir en tu casa?
Libertad sintió que esa pregunta rompía la compostura. Asintió despacio, sin corregirla del todo. Mentirle habría sido fácil. Explicarle los celos, el orgullo herido y la autoridad del uniforme usado como arma habría sido una crueldad innecesaria.
—Algo así —susurró—. Él quería que las cosas fueran de otra manera. Y cuando no lo son, hay personas que no saben qué hacer con tanta rabia.
Dana se pasó el dorso de la mano por la mejilla, manchándose de tierra y lágrimas.
—Entonces háblale. Dile que no lastime a mi papá. Nosotros nos portamos bien. No hacemos lío.
Maximiliano cerró los ojos. Aquella súplica infantil pesó más que el derechazo que todavía le latía en los nudillos.
Libertad le besó la frente.
—Escúchame bien, Dana. No hay que decirle nada, porque él no puede decidir aquí. No voy a permitir que nada malo les pase. Ni a ti ni a tu papá. Ese hombre no va a volver a molestarlos. Te lo prometo.
La niña la miró como se mira a alguien que todavía puede detener tempestades. Se aferró a su cuello. Libertad la sostuvo hasta que el temblor empezó a ceder.
Don Germán dispersó a los huéspedes con una firmeza educada. Inventó una explicación breve sobre un malentendido y pidió que volvieran al comedor. Nadie insistió demasiado. Habían visto lo suficiente.
En el baño del ala este, Libertad encendió la luz y abrió el botiquín. El agua tibia llenó el lavamanos. Maximiliano se sentó en el borde de la tina, con la camisa abierta y el labio partido. Dana, subida a un banquito, observaba en silencio cómo Libertad le limpiaba la ceja a su padre con una gasa.
—Duele —admitió él, apenas.
—Tiene que doler —respondió ella, sin alzar la voz—. El alcohol esta desinfectando todo.
No era un reproche limpio. Era miedo disfrazado de rigor. Libertad le sostuvo la mandíbula para aplicar el antiséptico y, al tocarlo, sintió el calor de la piel, el temblor contenido, la respiración irregular. Por un instante recordó la terraza: la boca de Max sobre la suya, el segundo anterior al golpe, la certeza idiota de que el mundo podía esperar.
Después se agachó frente a Dana. La rodilla derecha estaba raspada. Las palmas también, abiertas sobre las piedras cuando el manotazo de Lucas la lanzó al suelo. Libertad lavó cada herida con suavidad y cariño.
—Valiente —le dijo—. Muy valiente. Pero la próxima vez que veas a dos grandes pelear, corres hacia adentro. ¿Me oíste?
—Él le pegaba a papá —respondió la niña, como si eso bastara para justificarlo todo.
—Lo sé. Y aun así, tú no te metes en el medio. Para eso estamos los adultos.
Dana asintió. Apretó a Mateo contra el pecho. El oso había sobrevivido al desastre con una mancha de tierra en una oreja.
Cuando terminó, Libertad los dejó asearse y fue a la cocina. Preparó té de menta, untó pan con mermelada y se obligó a respirar hasta que las manos dejaron de temblarle. Afuera, el Cajón del Maipo empezaba a teñirse de ese oro tardío que precede a la noche de montaña. Adentro, la casona todavía olía a miedo y a comida que habían terminado de servir.
Recién cuando Dana se durmió, exhausta, con el peluche bajo el mentón y una tirita en la rodilla, pudieron hablar.
Libertad cerró la puerta de la habitación de la niña y se quedó unos segundos con la frente apoyada en la madera. Maximiliano la esperaba en el pasillo, con una camiseta limpia y el pómulo empezando a hincharse.
Caminaron hasta la terraza de ella, la misma que horas antes había sido campo de batalla. Ahora solo quedaban una silla desplazada, una mancha oscura del vaso que se había vertido en las baldosas y el perfume de las lavandas.
—Mañana voy a llamar a un abogado —dijo ella, sin preámbulos—. Un excompañero de la universidad. Hace años que no hablamos, pero es bueno. Trabaja temas de extranjería y familia. Necesitamos que alguien nos oriente antes de que Lucas dé el siguiente paso.
Maximiliano apoyó las manos en el pretil. El valle se abría debajo, indiferente.
—¿Creés que siga?
Libertad negó.
—No lo sé… Nunca lo había visto así. Ni cuando discutíamos. Lucas siempre fue intenso, pero controlado. Hoy… hoy no era él. O quizá sí lo era, y yo nunca quise mirar esa parte.
Maximiliano escupió un sabor metálico que todavía le quedaba en la boca.
—No hay nada peor que un policía despechado buscando venganza. Tiene el uniforme, tiene contactos y ahora tiene una herida que no se le va a cerrar con un pedido de disculpas. Si yo estuviera en su lugar, también querría destrozar quien me arrebatará a la mujer que amo.
Ella lo miró de costado.
—No estás en su lugar.
—No. Estoy en uno peor. Cruzamos la cordillera escondidos. Y ahora el tipo que más razones tiene para odiarme sabe que algo no cierra.