En busca de Libertad

Capítulo 30: El veneno del despecho

Lucas no fue a la comisaría, tampoco a su casa. El orgullo no le cabía en ninguna de las dos. Caminó hasta un bar de madera oscura a pocas cuadras del hostal, de esos que sobreviven al verano con cerveza barata, cumbia baja y un televisor mudo transmitiendo un partido que nadie mira. Se sentó en la barra, pidió un pisco y después otro. El alcohol le quemó la herida interior de la mejilla. El derechazo de Maximiliano le había dejado la mandíbula resentida, caliente, como si un clavo invisible le atravesara el hueso cada vez que apretaba los dientes.

No estaba borracho. Estaba peor: lúcido y envenenado. La rabia lo volvía inmune a la embriaguez, o al menos eso creía. Veía cada detalle con una nitidez cruel. El vaso. El reflejo de su propia quijada hinchada en el espejo detrás de la barra. La imagen que no se le iba: Libertad sonriéndole a ese argentino con una complicidad que a él jamás le había entregado.

Había ido esa tarde a buscar fotos. Una prueba, un rostro, un nombre verdadero. En cambio, había encontrado la confirmación de su derrota. No un malentendido. No una deuda de hospitalidad. Un beso. Manos en la cintura. Esa mirada de mujer que desea y se deja desear.

El barman le sirvió otro vaso sin preguntar.

Fue entonces cuando una sombra se sentó a su lado.

—Una cerveza —dijo una voz femenina, segura, acostumbrada a pedirlo todo sin pedir permiso.

Lucas giró.

Vanessa. La vecina de Libertad. Unos años mayor, el cabello oscuro suelto sobre un vestido negro de escote pronunciado, la boca pintada con esa precisión que no busca disimular nada. Siempre lo había mirado demasiado tiempo en la calle, en el almacén, en las fiestas del pueblo. Lucas lo sabía. Nunca le había correspondido. Tenía a Libertad, o creía tenerla.

Ella se acomodó el pelo con una coquetería estudiada y fingió sorpresa al encontrarse con su mirada.

—Lucas… —sonrió—. Qué coincidencia.

No era coincidencia. En un pueblo chico las peleas se esparcen antes que el viento. Vanessa había oído el alboroto. Había visto al hombre salir en dirección al bar y había decidido que esa noche el uniformado herido le pertenecería.

—Vanessa, ¿no? —preguntó él, con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

Ella se inclinó y lo saludó con un beso en la mejilla, lo bastante cerca para que él sintiera el perfume dulce, empalagoso, distinto al de Libertad. Libertad olía a lavanda, a madera, a mate con naranja. Vanessa olía a decisión.

Juntó su vaso con el de él en un brindis improvisado.

—Te ves como alguien que necesita que le cambien la noche.

Lucas rio por lo bajo. El movimiento le encendió la mandíbula. Ignoró el pinchazo.

—¿Y tú te ves como alguien dispuesta a hacerlo?

—Hace rato.

Los tragos se sumaron uno tras otro. La música subió un punto. Las luces del bar se volvieron más bajas, más cómplices. Vanessa hablaba con la facilidad de quien ha ensayado esa conversación en silencio durante meses. Le rozaba el antebrazo. Se reía bajo. Apoyaba una rodilla contra la de él como si el contacto fuera casual.

Lucas la dejaba hacer. No porque ella lo conmoviera. Porque cada gesto suyo era una afrenta útil contra la mujer que lo había descartado. Si Libertad podía entregarse en pocos días a un reaparecido, él también podía ocupar una boca, un escote, una cama. La equivalencia era miserable y lo sabía. Aun así, la sostuvo.

Cuando Vanessa deslizó la mano por su muslo y comprobó, con una sonrisa satisfecha, que había despertado su virilidad, Lucas cerró los ojos y la besó. No fue un beso limpio. Fue hambre, despecho y la necesidad brutal de demostrarse que todavía podía encender a alguien.

Ella respondió con una destreza que Libertad nunca había exhibido con él. Esa diferencia, en lugar de aliviarlo, lo irritó más.

—Vamos a mi casa —le susurró Vanessa contra la boca.

Él aceptó.

El camino fue una sucesión de agarrones, risas ahogadas y besos que sabían a alcohol. Vanessa vivía al frente del hostal, en una casa más baja, con rejas nuevas y un jardín demasiado ordenado. Al doblar la esquina, Lucas divisó la casona de Libertad. Las luces del ala este estaban encendidas. Una silueta cruzó detrás de una cortina.

El pecho se le cerró.

Ahí estaba. El lugar donde durante meses había imaginado una vida. Recordó la cena de Nochebuena, el anillo en el bolsillo, el futuro decente, previsible, correcto. Y ahora, detrás de esas mismas paredes, Libertad se entregaba a otro con una lujuria que a él le había escatimado.

Algo rugió adentro suyo. Quiso romper el portón. Quiso entrar otra vez. Quiso gritarle que él también era un hombre hecho y derecho, que su cuerpo no era menos, que había sido caballeroso, atento, constante, y que ella le pagaba mirando a ese argentino como se mira una sed.

Vanessa notó la detención de su paso y tiró de su camisa.

—Olvídala —dijo, sin nombrarla—. Esta noche no está.

Lucas la miró. Por un segundo casi le agradece la crueldad de esa frase. Después la besó con más fuerza, como si pudiera borrar la casona a dentelladas.

Entraron a tientas. Vanessa ni siquiera encendió todas las luces. Lo tomó de la hebilla y lo guió hasta la recámara. Lucas la alzó contra la pared antes de llegar a la cama. El vestido subió. Sus manos recorrieron un cuerpo voluptuoso, experimentado, dispuesto. La piel de Vanessa era cálida y abundante. Los senos pesados. La cintura marcada por una seguridad que no pedía permiso.

Y no era ella.

Esa certeza lo golpeó con más violencia que el puño de Maximiliano. Vanessa lo deseaba. Lo había deseado durante meses. Lo miraba como Libertad jamás lo había mirado: sin reservas, sin esa parte de ella que siempre parecía estar en otra parte, al otro lado de la cordillera, en una pantalla, en un recuerdo. Vanessa estaba entera en esa habitación. Y Lucas, en lugar de sentirse elegido, la odió un poco por eso.

Cerró los ojos.

Entonces sí pudo tocarla. Entonces sí pudo morderle el cuello, bajarle el vestido, tomarle los senos con una avidez que no le pertenecía a ella. Imaginó que aquella piel era la de Libertad. Que aquellos gemidos nacían de la boca que esa misma tarde había besado a otro. Que el cuerpo que se abría bajo el suyo era el que le habían arrebatado.




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