En busca de Libertad

Capítulo 31: La verdad ante el abogado

El teléfono le tembló en la mano.

Libertad lo había desbloqueado tres veces. Lo había vuelto a bloquear otras tantas. En la terraza, el sol de la mañana todavía no calentaba las baldosas. El Cajón olía a tierra húmeda y a lavanda machacada. Adentro, Dana desayunaba en silencio, con Mateo sentado junto al vaso de leche como si el oso también necesitara comer.

Marcó y el tono tardó. Uno. Dos. Cuando la voz masculina contestó, Libertad casi corta.

—¿Aló?

—Hola Rafael… soy Libertad Vicuña, de la universidad. No sé si te acuerdas.

Hubo un silencio breve, de quien busca un rostro en una estantería vieja de sus recuerdos.

—La amiga de Carolina Parada, la de administración. Claro que me acuerdo. ¡Pasaron años! Vi tu Instagram ¿Ahora tienes un hostal en la precordillera?

—Si hace un poco más de un año ya.

Se mordió el labio. Había ensayado una versión liviana. Un huésped. Un problema menor de papeles. Nada que asustara a un hombre que ahora firmaba escritos en Santiago.

—Te llamo porque… tengo una consulta superficial. De esas que se resuelven en diez minutos.

—Dime, en qué te puedo ayudar.

—Hay un extranjero. Un padre y su niña. Están en mi casa. Hay un lío con un carabinero. No es para tanto.

Rafael soltó una risa corta, sin burla.

—Libertad. Si estás llamando a un tipo que no ves desde que nos recibimos, no es para tanto. Es para mucho.

Ella miró el valle. Un camión subía la ruta y el motor se oyó a lo lejos.

—No quiero involucrarte.

—Si estás en un problema, confía en mí. Me hablas como clienta y eso queda entre nosotros. Secreto profesional. No lo rompo ni que amenacen con matarme.

—Es más enredado de lo que puedo decir por teléfono.

—Entonces no lo digas por teléfono. Esto hay que hablarlo mirándonos la cara. ¿Dónde estás? ¿Sigues en el Cajón del Maipo?

—Sí. En el hostal.

—Tengo audiencia hasta el jueves. El viernes en la tarde puedo subir. Me quedo el fin de semana si hace falta.

Libertad cerró los ojos. El alivio le llegó con un sabor agridulce.

—Ven. Por favor.

—Voy. Y Libertad… no le cuentes el cuento corto a nadie más. El cuento corto es el que termina mal.

El viernes Rafael llegó con viento de cordillera y una maleta chica. Aparcó un sedán oscuro junto a los rosales. Traía camisa arremangada, ojeras de oficina y esa calma de quien está acostumbrado a los conflictos. Libertad salió a recibirlo antes de que Don Germán alcanzara la puerta.

Maximiliano estaba en el umbral, con el pómulo todavía morado. Dana se escondió a medias detrás de su pierna.

—Rafael, ellos son Max y Dana. Unos amigos que están pasando una temporada acá.

La palabra amigos le raspó la lengua. Rafael la escuchó. No la discutió. Estrechó la mano de Maximiliano con firmeza y se agachó un segundo para mirar a la niña.

—Hola, Dana. Yo soy Rafael. Vine a comer y a dormir. ¿Cómo estás?

Dana no sonrió. Apretó a Mateo. Desde el golpe de Lucas, los hombres nuevos le llegaban primero como amenaza y después, si acaso, como gente.

Cenaron en el comedor de la cocina, el que usaba la familia. Luisa había dejado una fuente de carne a la olla con puré y una ensalada que nadie terminó. Abrieron vino. Un carmenère de las reservas de Libertad, esos que sacaba para cosas formales o para agasajar a alguien que era importante.

Rafael habló de Santiago. De la rutina del trabajo y recordaron los días en la universidad. Maximiliano respondía con frases cortas, el acento argentino contenido como quien guarda un fósforo húmedo. Libertad servía pan. Reía cuando tocaba reír. Dana empujó la comida de un lado al otro del plato.

—¿No te gusta? —preguntó Libertad.

—Tengo sueño.

Mentira. Tenía miedo. De que aquel hombre que había llegado también lastimara y amenazara a su padre. Lucas la había traumado. Irremediablemente la mente de una niña guarda esas cosas sin pedir permiso.

Libertad se llevó acompañó a Rafael y Max llevó a Dana a dormir a las cerca de las diez. Max le leyó dos páginas de un cuento que ya sabían de memoria mientras le acarició el cabello. Le dejó la lámpara baja y cuando se quedó profundamente dormida, salió al pasillo cuidando no hacer el menor ruido al cerrar la puerta.

Al llegar al estudio, el aire cambió.

Cuando al fin estuvieron los tres en la habitación, Libertad apoyó las manos en el respaldo de la silla del escritorio que estaba atiborrado de facturas del hostal, un vaso con lapiceras y su computador encendido.

—Ahora sí. Max no es un amigo. Es mi… es mi pareja. Dana es su hija. Para mí, es como si fuera mi hijastra. Se vinieron a Chile por tierra y se están quedando conmigo desde la navidad.

Rafael no anotó nada todavía. Se soltó la corbata y apoyó la copa sobre la mesa, como quien se dispone a ver una ópera.

—Cuéntame todo. Desde el principio. Si me mientes en alguna parte, la solución que te arme podría caerse.

Maximiliano habló.

No adornó nada. Recorrió las deudas, los prestamistas, la llamada del hogar, la carta de Fabiola, la prueba de sangre que le informó la asistente social antes de caer inconsciente por la paliza de los matones en Buenos Aires. También reconoció que al despertar le habían encontrado unas bolsas de polvo blanco que no era suya, el comisario, el calabozo y el abogado de los Tezanos empujándole un papel para que renunciara a la niña. Le describió toda la huida por la cordillera. El apellido Rossi, y el nombre María Jesús que era el de la madre, usado como capa en la ficha del hospital. Hasta que Libertad cerró contándole sobre Lucas, lo que significaba su grado y su uniforme y lo sucedido en el hostal terminando en la fatídica amenaza que los tenía con el alma en un hilo desde aquel día.

Al finalizar el relato la habitación olía a vino y a miedo.

Rafael se pasó la mano por la cara. Abrió una pequeña agenda. Esta vez sí escribió.

—Bajo legislación chilena hay caminos y hay trampas.




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