En busca de Libertad

Capítulo 32: Dos anillos de plata

La mañana del lunes, Libertad abrió los ojos con la pesadez de haber dormido poco y mal. A su lado, Maximiliano la observaba despierto, contemplándola como quien se admira en un paisaje cautivador e inalcanzable. Eran las seis de la mañana y, a juzgar por la fatiga en sus ojos, él tampoco había conciliado el sueño.

El fin de semana se les había ido en un peregrinaje amargo ejecutando las instrucciones de Rafael: constatar lesiones en el hospital y denunciar a Lucas en la Jefatura de la Policía de Investigaciones de Puente Alto. Aquello no tardaría en correr como chispa sobre camino de pólvora; era cuestión de horas para que el pueblo entero supiera que la expareja del sargento Lucas había acudido junto a su amante argentino a denunciar allanamiento de morada, lesiones menos graves y amenazas condicionales.

Ella hubiera preferido no llegar a esa instancia, pero Rafael insistió en que era imprescindible golpear primero para desarmar cualquier maniobra de Lucas. Libertad conocía bien las consecuencias: desde un sumario administrativo hasta la baja deshonrosa del cuerpo policial. Y sabía, con un escalofrío en la espalda, que eso solo avivaría las brasas de la venganza en el hombre que, hasta hacía poco más de un mes, compartía su vida.

Maximiliano, como si leyera los pensamientos que la ensombrecían, la estrechó entre sus brazos. Le acarició el cabello y le susurró al oído una disculpa quebrada, nacida del remordimiento. Sentía que había irrumpido en su vida solo para desordenarla y que, por si fuera poco, su propia tormenta la estaba arrastrando a un matrimonio forzado para blindar a Dana. Estaba convencido de que ella no merecía semejante carga.

Libertad ahogó las palabras de Max con un beso. No se arrepentía de nada. Si el tiempo retrocediera, volvería a recorrer el mismo camino a ciegas. Aunque no lo confesara en voz alta, en lo más recóndito de su ser florecía un júbilo secreto por casarse con él, aunque la ceremonia no fuera más que una trampa legal diseñada por la conveniencia.

La alarma sonó y tras un último beso, se desataron del abrazo para alistarse. Libertad pasó por la ducha y eligió la prenda más especial de su armario: un vestido verde esmeralda que se adhirió a su piel como si la tela hubiese esperado años en la penumbra del clóset solo para ese instante. No era un vestido de novia; carecía de cola, de encajes y de esa solemnidad impoluta que exigen las revistas, pero abrazaba sus curvas con una elegancia serena y natural.

Doña Luisa, que había entrado sin golpear sosteniendo una taza de café humeante, se detuvo en seco bajo el umbral y se llevó una mano al pecho.

—Ay, mi niña... Si parece una Miss Universo.

Libertad soltó una carcajada nerviosa para espantar la tensión.

—¿Está arrugado atrás, Luisa?

—No, mi niña. Está perfecto, se ve hermosa. La chiquilla no va a despertar todavía; yo me quedo al pendiente. Usted vaya y no se le ocurra volver con esa cara de funeral. Hoy es su boda; tal vez no sea la que imaginó de niña, pero se está casando con su príncipe trasandino, ese por el que tanto suspiró.

Libertad la abrazó con fuerza, conteniendo las lágrimas que amagaban con desbordársele.

Frente al espejo de su habitación, Maximiliano se ajustaba la chaqueta. El traje negro le asentaba con precisión en los hombros y las mangas. Luisa se lo había entregado la noche anterior; pertenecía a su hijo, quien lo había usado para el matrimonio de un primo años atrás, pero con los kilos de más que la vida le había sumado, ya no tenía sentido conservarlo. Max acomodó el cuello de la camisa y rectificó que todo estuviese en su lugar.

En el bolsillo guardaba las alianzas de plata. Las había comprado el sábado, después de comer helados, en una pequeña joyería del pueblo donde el vendedor guardó silencio, aunque su mirada indiscreta delataba que conocía bien la historia detrás de la compra. Para obtener la medida, Luisa le había sustraído a Libertad un anillo del joyero del baño bajo el pretexto torpe de una cadena enredada. La medida encajó a la perfección. Max rozó la cajita de terciopelo negro dentro de su saco; sentir su peso le producía un leve ardor en el pecho.

Al salir, la encontró esperando en el pasillo. ÉL la contempló radiante, hermosa; ella sonrió con una devoción casi infantil, incapaz de asimilar que, tras el vendaval de calamidades que los había golpeado, él la estuviera aguardando con el nerviosismo propio de un novio a punto de cruzar el altar.

Le echaron un último vistazo a Dana, que dormía plácidamente, antes de cruzar el umbral de la casona tomados de la mano. En la entrada aparecieron don Germán, con los zapatos lustrados y el pelo peinado con agua, y Rafael, con la misma camisa de oficina arrugada y las ojeras de quien apenas descansó. Los testigos y Luisa eran los únicos guardianes del secreto sobre el destino de los dos vehículos esa mañana.

El sol se levantaba en el horizonte mientras Libertad mantenía la vista fija en el camino. A su lado, Maximiliano contemplaba embelesado su perfil, la línea tenue de su escote y el atisbo de sus muslos que se asomaban por la abertura lateral del vestido. De pronto, sin previo aviso, el peso de los meses pasados cayó sobre él como una marejada.

Recordó las llamadas a deshora. La pantalla del teléfono iluminando la soledad de su pieza vacía en Buenos Aires. La risa de Libertad cuando el mate se enfriaba y ella le recetaba cáscara de naranja. El aeropuerto. El rechazo. Aquella crueldad impostada que él mismo se obligó a escupir para protegerla de un hombre que ya estaba roto por dentro. Y después, el pozo. La amargura carcomiéndole los días. Los prestamistas. La muerte de Fabiola. La voz de Dana llamándolo «papá» con una fe ciega de la que él se sentía indigno. El cruce clandestino por la cordillera. El hospital. Y Libertad, otra vez de carne y hueso, sirviéndole un plato caliente en el hostal como si el tiempo entre ambos no hubiese sido un cuchillo desgarrador.




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