El lunes, Fernando encendió el sistema con la cautela de quien abre una llave que no debería existir.
Las fotos de Lucas cargaron torpes, pixeladas pero suficientes. El reconocimiento facial tardó menos de lo que tarda un café en enfriarse. Saltó una coincidencia. Luego otra. Y entonces, el nombre verdadero apareció en pantalla:
Maximiliano Quezada. No Rossi.
Fernando se recostó en la silla de la oficina del aeropuerto. Afuera, la voz del altavoz anunciaba la llegada de los vuelos internacionales. Adentro, el monitor le devolvía la ficha de un prófugo y una niña. Sustracción de menor. Pedido de localización. La chiquitita del zoom, la que reía de la mano de Libertad, llevaba otro nombre en los registros: Dana Quezada. Hija, al parecer, pero una hija sustraída.
Marcó el teléfono.
—Lucas. ¿Estás solo?
—Dime.
Fernando no se anduvo con rodeos. Le leyó sin anestesia lo que el sistema acababa de mostrar: un ingreso no registrado, una alerta argentina y una denuncia por sustracción de menor cuya descripción coincidía al milímetro con el rostro de la niña.
Al otro lado de la línea, Lucas no dijo nada durante un largo rato. En comisaría, además del calor insoportable, el patio olía a combustible y a goma quemada por un vehículo chocado que acababa de ingresar. El auricular se le volvía pegajoso contra la oreja a causa del sudor.
—Ese chanta se la robó —masculló al fin.
—Calma, compadre. Lo que hay en el sistema es una alerta. Yo no estuve en el tribunal de allá para saber qué pasó.
—Se la robó —repitió, tajante—. Libertad no sabe un carajo. Ese tipo la está usando de fachada.
Fernando carraspeó. Había algo más.
—Busqué noticias por si acaso. Los abuelos de la niña están ofreciendo dinero. Una recompensa jugosa para cualquiera que sepa dónde está. Son la familia Tezanos, de Buenos Aires y se les nota la clase alta porque aparecen hasta en los diarios de economía.
Lucas cerró los ojos. El dolor del golpe recibido en la terraza le retumbó en la mandíbula como un eco punzante. Plata, una niña raptada, un argentino sin papeles. El rompecabezas se le armó solo en la cabeza, torcido pero perfecto.
—La secuestró para exprimirlos —concluyó con rabia—. Los está chantajeando, o los va a chantajear. Libertad está metida al medio y no tiene la menor idea. Si esto revienta, se la van a llevar puesta a ella también.
—¿Qué quieres que haga?
—Nada. Todavía no. Guárdame esto. Si lo denuncio ahora, ella queda metida. Dame tiempo.
Fernando vaciló un segundo de más.
—Esto es pesado, Lucas.
—Por eso mismo. Nadie se entera hasta que yo hable con ella.
Cortó la llamada y se encerró de inmediato en el baño de hombres de la unidad.
El celular le temblaba en las manos de la furia. Tecleó Tezanos Buenos Aires en el buscador. Lo que emergió en la pantalla fue un imperio: un holding financiero, la fotografía de un hombre mayor con traje impecable junto a una mujer luciendo un collar de perlas en una gala. Los abuelos eran los rostros de personas que jamás han subido al transporte público. Una de las familias más acaudaladas de Argentina.
El titular de un portal de noticias detallaba la desaparición de la nieta y mencionaba una cifra que a Lucas le produjo tanto asco como certeza. Todo encajaba. Había un comunicado oficial, una línea telefónica habilitada para denuncias y un abogado de apellido compuesto pidiendo información exacta. Nadie ofrece semejante fortuna por una niña a menos que haya algo valioso que recuperar. Nadie se lleva a una heredera por puro amor.
Eso pensó. O, más bien, eso fue lo que quiso convencerse de pensar.
Guardó una captura de pantalla. Luego otra. El rostro severo de la mujer de las perlas se le quedó grabado a fuego, presintiendo que terminaría necesitándolo. Si en algún rincón de esa mansión bonaerense había una habitación vacía. Lucas se imaginó a sí mismo devolviéndoles a la niña, logrando por fin que Libertad abriera los ojos y viera al argentino tal cual era.
Tenía que hablar con Libertad antes de elevar cualquier parte o contactar a los Tezanos. Se repitió a sí mismo que lo hacía para protegerla, convencido de que nadie velaba por ella como él. Pero la verdad; una verdad más pequeña, mezquina y sucia, era que necesitaba escuchar su voz. Necesitaba que lo mirase de nuevo, aunque fuera a gritos y peleando.
Salió al patio. La patrulla lo esperaba bajo el sol inclemente de la tarde reflectando sobre el capó. Estaba a punto de subir cuando la radio del recinto escupió su nombre: debía presentarse de inmediato en el despacho del Mayor.
El Mayor Contreras ni siquiera se levantó de la silla.
Llevaba el uniforme tenso sobre el pecho y una carpeta desplegada encima del escritorio como una herida abierta. Lucas se cuadró por pura inercia, y el saludo reglamentario le salió con torpeza.
—Entregue el arma, sargento.
Lucas parpadeó, descolocado.
—Mi Mayor…
—El arma. Y la placa. Queda suspendido de sus funciones mientras se instruye el sumario administrativo. Su ex le armó un caso completo: allanamiento de morada, agresión a un huésped extranjero, amenazas con abuso de su condición de carabinero y una medida cautelar de alejamiento por doscientos metros de ella, del hostal, del tipo y de la niña.
El aire se le escapó de los pulmones.
—Eso es mentira. Yo solo fui a buscar una prueba. Ella…
—No me explique sargento. Aquí eso no viene al caso, ella no estampó la denuncia acá ni en Fiscalía. Se la chantó en la PDI. Y ya sabe cómo son esos perros: nos la mandaron con copia y sonrisa burlona. Desde Prefectura están pidiendo una cabeza. Si pretende seguir vistiendo este uniforme alguna vez, se me mantiene al margen. A los metros exactos que ordenó el juez. Ni un centímetro menos. ¿Quedó claro?
-—Si mi Mayor.
Lucas desabrochó el holster. El frío metal del arma le pesó mucho más que de costumbre. La depositó sobre la madera, y a continuación, la placa. El Mayor ni siquiera lo miró a los ojos al garabatear la firma en el acta.