En busca de Libertad

Capítulo 35: Dos lados de la cordillera

La casona se fue apagando por capas.

Primero el silencio se tragó el comedor; luego, el pasillo. Dana había quedado profundamente dormida, abrazando a Mateo contra el mentón y con la otra mano abierta sobre la sábana. Libertad entornó la puerta del cuarto con el cuidado de quien manipula algo frágil, pero el broche de la cerradura sonó demasiado alto en la penumbra. Apoyó la frente contra la madera un segundo, respirando el alivio de una jornada en calma. Que nadie gritara ni golpeara la puerta a esas horas era, en esos días, el mayor de los lujos.

Al entrar a la habitación que ahora compartían, encontró a Maximiliano esperándola en el borde de la cama sin la camisa del día. Al verla, abrió un espacio en el colchón con una palmada suave.

—Se durmió de una —susurró ella, despojándose de la polera para deslizarse bajo las sábanas, del lado de la ventana.

El calor de enero seguía impregnado en el cemento de la construcción, moderado apenas por el ritmo cansino del ventilador de techo. Un crujido lejano en el ala oeste del hostal delató a algún huésped, pero el murmullo se extinguió de inmediato. Libertad acomodó la cabeza en el hombro de Max. Él se inclinó para buscar el aroma de su pelo: una mezcla cálida de lavanda, el sudor leve de la tarde y el olor a hogar.

—Hoy te vio —murmuró Max.

—Te vio a ti riéndote —corrigió ella en voz baja—. Eso es lo que le pesa. Siente que, al querer estar bien aquí, traiciona a su mamá.

—Le dije lo que podía entender. Lo demás... todavía no.

Libertad no necesitó preguntar a qué se refería. Conocía el trasfondo: los abuelos maternos en Argentina, la trampa que le tendieron, la sombra de un apellido con demasiado peso y una niña que apenas comenzaba a entender que su padre nunca la había abandonado. Permanecieron así un largo rato, sintiendo el leve chasquido metálico cuando los dos anillos rozaban en la penumbra.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

—Ahora... que Rafael pida el cuidado provisorio. Que entre a la escuela con su verdadero apellido, que le pongan sus vacunas y que Luisa, Germán y tú le sigan llenando su rutina. Que yo pueda ver pasar un auto desconocido sin ponerme rígido.

—Eso es el presente —insistió ella, mirándolo de costado—. ¿Y después?

Max soltó un suspiro largo, con una sonrisa pequeña que le arrugó las comisuras de los ojos.

—Después quiero un verano entero sin miedo. Un domingo largo en el río donde nadie tenga que dar explicaciones. Poder volver a mi país contigo, con ella y que no nos persiga el pasado.

La mirada de Libertad se ensombreció ligeramente. Rozó con la yema de los dedos la marca reciente cerca del labio de Max.

—Tengo miedo, Max.

Él no intentó suavizarlo.

—¿De Lucas?

—De lo que Lucas representa —confesó ella en un susurro—. Es un hombre dolido y despechado, pero con la placa y los contactos de su lado. Y la familia de Fabiola tiene el poder económico que a nosotros nos falta. Cruzaste la frontera de manera irregular; nos casamos rápido buscando un resguardo legal, pero el pasado no desaparece solo por firmar un acta en el Registro Civil.

Maximiliano tragó saliva. Le dolió el costado, esa punzada física que le recordaba la golpiza, la huida y la angustia.

—Yo también —admitió con la voz tomada—. Miedo de que un día se presenten con una orden y se la lleven. De que la ley decida que no soy apto para cuidarla, o de perderte a ti en el camino. La última vez que tuve algo valioso... lo eché a perder en un pasillo de aeropuerto.

Libertad le apoyó dos dedos sobre los labios, deteniendo el autorreproche.

—No estamos en Ezeiza. Y esta vez no nos vamos a esconder el uno del otro. Si las cosas se complican, no me vas a dejar atrás. Y yo no voy a dejarte solo para mantener las apariencias frente al pueblo.

Max giró la cabeza, dejando que la luz tenue rasgara sus facciones.

—Te lo prometo —dijo, firme—. No me voy. Aunque nos acorralen, me quedo.

—Yo tampoco —respondió ella, sellando el trato con la misma convicción con la que había aceptado unir su vida a la suya horas atrás.

Se buscaron en un beso profundo, lento y definitivo, despojado de la urgencia de la tarde y cargado de una entrega serena. Luego, Max la rodeó con los brazos desde atrás, pegándola a su pecho mientras el silencio del Cajón del Maipo los envolvía.

El martes para Lucas había comenzado siendo un infierno. La resaca le martillaba la sien con una punzada constante, pero el verdadero veneno era la frase con la que Vanessa lo había desarmado la noche anterior: «Se casó ayer. Con el argentino». Aquella noticia le quemaba más que la suspensión que pesaba en la comisaría y la medida de alejamiento que lo mantenía sin poder acercársele.

Estaba en el aeropuerto de Pudahuel y avanzaba a paso lento en la fila de la aerolínea con el celular apretado contra la palma de la mano. Volvió a marcar a Libertad. Buzón directo. Intentó por WhatsApp, pero la foto de perfil había desaparecido y los mensajes quedaban con un solo visto. Instagram, bloqueado. Ella lo había borrado de su vida como si fuera un estorbo, ignorando el tiempo en que él había sido el hombre que dormía en su cama y patrullaba las calles para protegerla.

Mientras miraba la pantalla de partidas, el teléfono vibró en su mano: la llamada era de su madre. La mujer acababa de ir a la comisaría a buscarlo y allí los oficiales le habían soltado toda la verdad: la sanción, la denuncia por hostigamiento y el escándalo del sábado en el hostal.

—Hijo, ¿dónde estás? Fui a buscarte y no me supieron dar razón —dijo la voz agitada al otro lado de la línea.

—Estoy bien mamá —le respondió sin poder evitar que el ruido de los altoparlantes del aeropuerto delatase su ubicación.

—¿Qué haces ahí, Lucas? ¿Adónde vas? —preguntó ella, elevando el tono con desesperación—. ¿Qué vas a hacer?

—No te preocupes mamá, voy a hacer lo que debí hacer desde un principio. Si lo hubiera hecho antes Libertad…




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