El edificio de "CASAFER House" se alzaba sobre el distrito financiero como un titán de cristal y acero. Para Alinne, cada paso que daba hacia la entrada principal, con sus tacones resonando contra el mármol pulido, se sentía como una declaración de guerra contra sus propios nervios. Apretó con fuerza el maletín donde guardaba su título de Administración de Empresas, aún con el aroma a papel recién impreso.
—Puedes hacerlo, Alinne. No estudiaste cuatro años para que un lobby elegante te intimide —susurró para sí misma antes de cruzar las puertas giratorias.
El interior era minimalista y gélido, diseñado para recordar a cualquiera que entrara que allí se movían millones, no sentimientos. Tras un breve paso por recepción, fue guiada al piso 42.
Mientras esperaba en la antesala de la oficina principal, Alinne repasaba mentalmente los estados financieros de la holding. Quería demostrar que era más que una cara joven con un currículum brillante; quería demostrar que entendía el lenguaje del éxito.
—El señor Casafer la recibirá ahora —dijo una secretaria de voz monocorde.
Alinne se puso en pie, ajustó su saco azul marino y entró.
La oficina era amplia, con una vista impresionante de la ciudad, pero su atención se detuvo inmediatamente en el hombre sentado tras el escritorio de caoba. Mauricio Casafer no era el CEO maduro y canoso que ella había imaginado por las revistas de negocios. Era joven, quizá no llegaba a los treinta y cinco, con una presencia que parecía absorber el aire de la habitación.
Él no levantó la vista de inmediato. Estaba firmando unos documentos con una caligrafía rápida y precisa.
—Tome asiento, señorita... —hizo una pausa, dejando la pluma sobre la mesa y alzando la mirada— ...Alinne Vaca.
En ese instante, el tiempo pareció dilatarse. Alinne se encontró con unos ojos oscuros, penetrantes, que la recorrieron con una intensidad que no tenía nada que ver con los negocios. Fue como una descarga eléctrica sutil, un magnetismo inesperado que la dejó sin aliento por una fracción de segundo.
Mauricio, por su parte, endureció ligeramente la mandíbula. Había entrevistado a decenas de candidatos esa semana, pero algo en la seguridad de la mirada de Alinne y en la elegancia sencilla de su postura lo tomó desprevenido. Sintió una punzada de curiosidad que iba más allá de lo profesional, algo que lo irritó y lo fascinó al mismo tiempo.
—Gracias, señor Casafer —respondió ella, recuperando la compostura y sentándose con la espalda recta—. He seguido la expansión de la holding en el último trimestre y tengo algunas ideas sobre la optimización de procesos en las subsidiarias.
Mauricio se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. La distancia entre ellos se acortó y el perfume de ella —algo cítrico y suave— invadió su espacio personal.
—Ideas, ¿eh? —Mauricio esbozó una media sonrisa que no llegó a sus ojos, intentando recuperar su máscara de frialdad—. Muchos vienen aquí con ideas, señorita Alinne. Yo necesito resultados.
—Los resultados son solo ideas bien ejecutadas, y mi especialidad es la ejecución —replicó ella, sosteniéndole la mirada.
Hubo un silencio cargado de una tensión que ninguno de los dos quería admitir. Mauricio bajó la vista hacia el currículum de Alinne, no porque necesitara leerlo de nuevo, sino porque necesitaba romper ese contacto visual que lo estaba distrayendo más de lo permitido.
—Su promedio es impecable —comentó él, con voz algo más ronca—. Pero CASAFER House es un entorno voraz. ¿Está lista para eso?
—Si no lo estuviera, no habría cruzado esa puerta —contestó ella con una chispa de desafío.
Mauricio la observó por un momento más de lo necesario. Quería decir algo mordaz para poner a prueba su temple, pero lo que realmente quería era seguir escuchando su voz. Se aclaró la garganta, retomando su tono autoritario.
—Bien. Mi asistente le enviará un caso práctico esta tarde. Si su análisis es tan agudo como su actitud, volveremos a hablar.
—Estaré esperando —dijo Alinne, poniéndose de pie.
Él también se levantó, un gesto de cortesía que rara vez tenía con los candidatos. Al extender la mano para despedirse, el contacto físico fue breve, pero suficiente para confirmar que esa "chispa" no había sido producto de su imaginación. Fue un calor repentino, una conexión que ambos intentaron disimular retirando la mano rápidamente.
Alinne salió de la oficina con el corazón latiendo a mil por hora. Mauricio se quedó de pie junto a la ventana, viendo cómo su reflejo en el cristal parecía cuestionarle por qué, por primera vez en años, se sentía intrigado por alguien que apenas acababa de conocer...