La atmósfera en la oficina de Mauricio era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Alinne entró sin llamar, ignorando las protestas de la secretaria. El veneno que Octavio había sembrado en su mente durante la mañana había germinado, convirtiéndose en una angustia que no la dejaba respirar.
Mauricio levantó la vista de sus documentos, sorprendido por la intensidad en la mirada de Alinne. Ella no parecía la analista brillante de siempre; parecía una mujer al borde de un abismo.
—¿Quién es la mujer que vive en las sombras de tu casa, Mauricio? —soltó ella, sin preámbulos. Su voz temblaba, pero sus ojos estaban fijos en los de él—. ¿Y quién era esa asistente que "desapareció"? Octavio dice que tienes secretos, que las rosas son solo una cortina de humo. Necesito la verdad. No puedo seguir con este juego si no sé contra qué estoy luchando.
Mauricio se tensó. El nombre de Octavio provocó un destello de furia en sus ojos, pero se desvaneció rápidamente, reemplazado por una tristeza profunda. Se puso de pie y caminó hacia el gran ventanal que dominaba la ciudad.
—Octavio es un experto en retorcer la realidad para servir a sus intereses, Alinne —dijo él, de espaldas a ella—. Pero tienes razón. Mereces explicaciones que no puedo darte aquí, entre paredes que tienen oídos y cámaras que registran cada uno de nuestros movimientos.
Se giró y la miró con una súplica silenciosa.
—Cena conmigo esta noche. Pero no en un restaurante. En mi residencia privada de la ciudad. Es el único lugar donde puedo hablarte con total honestidad. Por favor, Alinne. No dejes que las dudas destruyan lo que apenas está comenzando.
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A las ocho de la noche, un coche negro recogió a Alinne. Durante todo el trayecto, las palabras de su madre resonaban en su cabeza: *"El día que se canse de jugar a la cenicienta, te desechará"*. Al llegar al ático, se quedó sin aliento. Era un monumento al minimalismo y al lujo: mármol blanco, obras de arte abstracto y una vista de 360 grados de las luces de la metrópoli.
Mauricio la esperaba con una cena íntima servida en una mesa de cristal. Se veía cansado, como si hubiera estado ensayando sus palabras toda la tarde.
—Alinne, antes de que digas nada... —comenzó él, sirviendo un poco de vino blanco—. Mi vida no es el cuento de hadas que la prensa económica describe. He cometido errores, y he permitido que el silencio se convierta en mi mayor refugio. La mujer de la que Octavio habla...
—Dime su nombre, Mauricio —exigió ella, incapaz de probar bocado. La pasión que sentía por él estaba ahí, latente, quemándole la piel, pero el miedo era más fuerte.
—Se llama Catalina —dijo él, y el nombre pareció pesarle en la lengua—. Y ella es...
En ese preciso instante, el sonido de unos tacones resonando contra el mármol interrumpió la confesión. Alinne se giró hacia la entrada del gran salón. Una mujer de una elegancia gélida y una belleza aristocrática avanzaba hacia ellos. Vestía un traje de seda color marfil y llevaba el cabello recogido en un moño perfecto. Su sola presencia parecía bajar la temperatura de la habitación diez grados.
Mauricio se puso de pie, su rostro perdiendo todo rastro de color.
—Catalina... ¿qué haces aquí? Se suponía que estabas en la clínica en Suiza hasta el próximo mes.
La mujer ignoró a Mauricio y clavó sus ojos —unos ojos grises, inteligentes y carentes de cualquier rastro de calidez— en Alinne. Una sonrisa educada, casi cruel, apareció en sus labios.
—Vaya, Mauricio. Veo que tus "entrevistas de trabajo" se han vuelto mucho más personales —dijo Catalina con una voz suave, pero cargada de veneno.
Caminó hacia Alinne, que se encontraba paralizada, con el corazón detenido en el pecho. Catalina extendió una mano enguantada o con una manicura impecable hacia ella.
—Mucho gusto. Tú debes de ser la famosa Alinne Vaca, la nueva estrella de la holding. He oído mucho sobre tu... intuición salvaje —dijo la mujer, remarcando las palabras que Mauricio le había dicho a Alinne en su primera cena—. Me presento formalmente, ya que mi esposo parece haber olvidado sus modales. Soy Catalina Casafer, la esposa de Mauricio.
El mundo de Alinne se desmoronó en ese segundo. El aire se volvió irrespirable. Miró a Mauricio, esperando una negación, un grito, cualquier cosa que desmintiera lo que acababa de escuchar. Pero él solo bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.
—¿Esposa? —susurró Alinne, sintiendo que las lágrimas empezaban a nublar su vista—. Me dijiste que querías ser honesto... me invitaste aquí para decirme la verdad...
—Y la verdad es muy sencilla, querida —intervino Catalina, rodeando la mesa y colocándose junto a Mauricio, poniendo una mano posesiva sobre su hombro—. Los Casafer no nos divorciamos. Somos una institución. Mauricio puede tener sus... distracciones, sus pequeños proyectos de caridad con chicas brillantes de barrios olvidados, pero al final del día, él siempre regresa a casa. Conmigo.
Alinne sintió un golpe de náusea. No era solo la mentira, era la humillación de ser llamada "distracción" y "proyecto de caridad" frente al hombre que ella empezaba a amar.
—Me voy —dijo Alinne, su voz ahora era un hilo de acero roto.
—¡Alinne, espera! —exclamó Mauricio, intentando acercarse, pero Catalina le apretó el hombro con fuerza, deteniéndolo.
—Déjala ir, Mauricio. Ya le has dado suficiente material para su próximo informe de análisis —dijo Catalina con frialdad.
Alinne no miró atrás. Salió del ático corriendo, sus pasos resonando en el mármol como disparos. Mientras bajaba en el ascensor, las palabras de Octavio cobraron un sentido macabro. La mujer en las sombras no era una amante, era la dueña legítima de la vida de Mauricio. Y ella, Alinne Vaca, solo había sido una pieza más en un tablero que nunca entendió...