En tu Mirada

Capítulo 10

El Palacio de Mármol resplandecía bajo la luz de mil lámparas de cristal. El aire estaba saturado de perfumes caros y del murmullo de conversaciones sobre acciones, yates y fusiones. Alinne cruzó el umbral luciendo un vestido azul marino, sencillo pero de un corte impecable que había comprado con sus últimos ahorros. No llevaba joyas, solo su porte y una mirada que se negaba a agacharse.

Mauricio, vestido con un esmoquin que lo hacía ver como el dueño del mundo, la vio entrar. El corazón le dio un vuelco, pero antes de que pudiera acercarse, Catalina, envuelta en un vestido de seda dorada y diamantes que encandilaban, lo tomó del brazo con fuerza posesiva.

—Observa, querido —susurró Catalina al oído de su esposo—. El espectáculo está por comenzar.

A mitad de la cena, Catalina solicitó la atención de todos. Se puso de pie, copa en mano, proyectando la imagen de la anfitriona perfecta.

—Damas y caballeros —anunció Catalina con una voz melosa—, esta noche no solo celebramos nuestras ganancias, sino también nuestra labor social. En Casafer Holdings creemos en el "talento de rescate". Por eso, quiero pedir un aplauso para nuestra becaria estrella, Alinne Vaca.

Los reflectores giraron hacia Alinne, quien se sintió desnuda bajo la luz.

—Alinne viene de un entorno donde el éxito es un milagro —continuó Catalina, fingiendo admiración—. De hecho, es tan humilde que hoy mismo la empresa está gestionando el desalojo de su antigua vivienda para convertirla en algo más... productivo. Es un honor para nosotros darle un lugar donde trabajar, ya que parece que pronto no tendrá un lugar donde dormir.

Un silencio incómodo recorrió el salón, seguido de risitas burlonas y murmullos de "pobrecilla" y "trepadora". Alinne sintió que el suelo desaparecía. La humillación fue un golpe físico; podía ver la lástima en los ojos de algunos y el desprecio en otros. Por un segundo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Pero entonces, vio a su madre en su mente. Recordó las manos de Cristina, llenas de callos por trabajar para darle una educación. Recordó que ella no estaba allí por caridad, sino por su cerebro.

Alinne se puso de pie. El ruido de su silla arrastrándose cortó el aire. No miró a Catalina; miró a los inversionistas.

—Es cierto —dijo Alinne, su voz clara y firme, resonando en el silencio—. Vengo de un lugar donde aprendemos el valor de cada centavo antes de aprender a gastarlo. La señora Casafer llama a mi origen "falta de clase", pero en el mundo financiero, eso se llama "resiliencia". Ustedes buscan activos que crezcan bajo presión, ¿no es así? Pues yo soy ese activo.

Miró directamente a Catalina, quien había perdido su sonrisa.

—Mi casa puede ser desalojada, pero mi conocimiento y mi integridad no tienen dueño. Prefiero ser una mujer sin techo con una mente brillante, que una mujer con diamantes cuya única inteligencia es la de humillar a los demás para sentirse alta. Disfruten su cena.

Alinne dejó la copa intacta sobre la mesa y caminó hacia la salida con la cabeza en alto, aunque por dentro sentía que se estaba incendiando.

No llegó muy lejos. En la escalinata del palacio, una mano firme la detuvo por la muñeca. Era Mauricio.

—¡Suéltame, Mauricio! —sollozó ella, perdiendo finalmente la compostura—. Ya tuvo su show. Ya todos saben de dónde vengo. Vete con tu esposa.

—Me importa un bledo lo que piensen ellos y me importa un bledo Catalina —dijo Mauricio con una intensidad que la dejó sin aliento—. Alinne, lo que hiciste allá adentro... nadie en este salón tiene la mitad de tu valor. Vámonos de aquí.

—¿A dónde? ¿A otro ático lleno de mentiras?

—A un lugar donde no haya apellidos, ni holdings, ni cámaras. Solo tú y yo. Por favor, confía en mí una última vez.

Alinne miró sus ojos. Estaba confundida, herida y sabía que lo más lógico era huir de él. Pero sus sentimientos, esa traicionera debilidad que sentía cada vez que él estaba cerca, la traicionaron de nuevo. Necesitaba un refugio, y por más que intentara negarlo, el pecho de Mauricio era el único lugar que sentía como un hogar en ese momento.

—Está bien —susurró ella.

Mauricio la guió hacia su coche deportivo, dejando atrás la gala, a una Catalina furiosa y el escándalo del siglo. Condujo en silencio hasta las afueras de la ciudad, subiendo por una colina hasta llegar a una pequeña cabaña de piedra y madera que Alinne nunca había visto.

—Este es mi refugio —dijo él mientras bajaban—. Aquí venía cuando mi padre me presionaba para ser alguien que no quería ser. Aquí no soy el Director General. Solo soy Mauricio.

Entraron, y el calor de una chimenea encendida los recibió. Alinne se abrazó a sí misma, todavía temblando por la adrenalina de la gala. Mauricio se acercó y, con una delicadeza infinita, le quitó el saco que le había puesto sobre los hombros.

—Perdóname, Alinne. Por todo. Por la deuda de tu madre, por Catalina... te juro que voy a arreglar lo del departamento. No dejaré que les pase nada.

—No quiero que compres mi perdón con dinero, Mauricio —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Lo que pasó hoy me recordó que nuestros mundos son irreconciliables.

—Entonces quememos ambos mundos y construyamos uno nuevo —respondió él, acortando la distancia entre ellos—. No me pidas que me aleje, porque hoy me di cuenta de que no puedo respirar si tú no estás cerca.

Mauricio la tomó por la cintura y la besó. Fue un beso desesperado, lleno de perdón, de hambre y de una promesa que ambos sabían que sería difícil de cumplir. Alinne se aferró a él, dejándose llevar por la confusión y el amor, mientras afuera, la ciudad que intentaba separarlos parecía solo un montón de luces lejanas...



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En el texto hay: obsesion, pasion, poder

Editado: 23.08.2026

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