En tu Mirada

Capítulo 11

El crepitar de la leña era el único sonido que rompía el silencio absoluto de la cabaña. Lejos del ruido de la ciudad y de la crueldad de Catalina, el aire se sentía denso, cargado de una tensión que ya no era solo dolor, sino un deseo contenido durante meses.

Mauricio tomó el rostro de Alinne entre sus manos. Sus pulgares acariciaron sus pómulos, todavía húmedos por las lágrimas de la gala.

—Aquí no hay cámaras, Alinne. No hay contratos. Solo somos dos personas huyendo de sus propios fantasmas —susurró él, con la voz ronca.

Alinne no respondió con palabras. Se deshizo de la armadura de orgullo que había llevado toda la noche y lo besó con una urgencia salvaje. Fue una entrega total, un estallido de emociones donde se mezclaban la rabia por la humillación sufrida y el amor que se negaba a morir. En la penumbra de la habitación, iluminados solo por el resplandor anaranjado del fuego, sus cuerpos se encontraron con una pasión feroz. Fue una intimidad fuerte, casi desesperada, como si cada caricia fuera un intento de borrar las cicatrices que el mundo exterior les había infligido. En ese espacio sagrado, Mauricio no era el magnate y Alinne no era la chica de la barriada; eran dos almas buscando redención en la piel del otro.

🍒

Mientras tanto, en la otra cara de la ciudad, la realidad no daba tregua.

Bajo la luz fría de las farolas de la calle, Cristina observaba con el corazón destrozado cómo dos hombres sacaban su vieja televisión y sus pocas bolsas de ropa a la acera. El aviso de desalojo se había cumplido con una eficiencia cruel.

—¡No pueden hacer esto, por favor! —suplicaba Cristina, pero los hombres solo seguían órdenes firmadas por un juez—. ¡Mi hija trabaja para los dueños de esto!

—Señora, muévase o tendremos que llamar a la policía —respondió uno de los oficiales de forma mecánica.

Sentada sobre una de sus maletas, Cristina sintió que el mundo se le venía abajo. Fue entonces cuando una mano cálida se posó en su hombro. Era Soraya, su vecina y amiga de toda la vida, que llegaba con una manta y un termo de café.

—Vámonos de aquí, Cristina. Deja que esos perros se queden con las paredes, pero no con tu dignidad —dijo Soraya con firmeza—. Te quedarás en mi casa. Es pequeña, pero ahí no entra ningún abogado a molestarte.

Entre las dos cargaron lo poco que quedaba de una vida, alejándose del edificio bajo la mirada curiosa de los vecinos. Cristina intentó llamar a Alinne, pero el teléfono de su hija seguía apagado.

🍒

De vuelta en la cabaña, el ambiente de paz se rompió cuando el teléfono de Mauricio comenzó a vibrar con insistencia sobre la mesa de noche. Alinne, envuelta en las sábanas, lo miró con desconfianza mientras él se apartaba para contestar. Era Octavio.

—¿Qué quieres, Octavio? Te dije que no me molestaras —dijo Mauricio, tratando de mantener la voz baja.

—Mauricio, la Holding es un caos. Los inversionistas están pidiendo tu cabeza después del numerito que montó Catalina en la gala —la voz de Octavio sonaba tensa, pero había un rastro de curiosidad maliciosa—. ¿Dónde estás? Necesito que firmes unos documentos de emergencia. Puedo ir hacia allá ahora mismo si me das la ubicación.

Mauricio miró a Alinne, que lo observaba desde la cama con ojos cansados pero atentos. Sabía que darle su ubicación a Octavio era abrirle la puerta a todo lo que quería dejar atrás.

—No voy a darte ninguna ubicación, Octavio. Voy a estar ausente unos días. Gestiona lo que puedas, tú eres el vicepresidente, ¿no? Haz tu trabajo.

—Mauricio, no seas idiota. Catalina te está buscando como loca. Si no apareces, pensará que estás con la becaria y entonces sí que arderá Troya. Dime dónde estás, por tu propia seguridad.

Mauricio apretó la mandíbula.

—Mi seguridad es asunto mío. No me llames más.

Sin esperar respuesta, Mauricio cortó la señal y, en un gesto radical, apagó el dispositivo por completo. El silencio volvió a la cabaña, pero ahora era un silencio inquietante.

—Era él, ¿verdad? —preguntó Alinne, incorporándose—. El mundo nos está buscando, Mauricio. No podemos quedarnos aquí para siempre.

Mauricio regresó a la cama y la tomó de la mano, pero su mirada estaba perdida en la oscuridad de la ventana.

—Solo por esta noche, Alinne. Mañana enfrentaremos al resto del mundo. Pero esta noche, el mundo ha dejado de existir.

Lo que Mauricio no sabía era que Octavio, antes de que se cortara la señal, ya había logrado rastrear la última torre de telefonía activa cerca de la zona montañosa. El tiempo de paz se estaba agotando más rápido de lo que imaginaban...



#7346 en Novela romántica
#1841 en Novela contemporánea

En el texto hay: obsesion, pasion, poder

Editado: 18.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.