El golpe final llegó en forma de un correo electrónico con el membrete oficial de la universidad y la firma del director del programa de prácticas de Casafer Holdings. Alinne leyó las palabras una y otra vez, pero el significado no cambiaba: *“Expulsión inmediata por faltas graves a la ética profesional y conducta inapropiada con los directivos”*.
El mundo de Alinne se detuvo. No solo habían destruido su hogar, ahora borraban su futuro académico. La humillación de la gala se quedaba corta frente a este frío asesinato de sus sueños. Pero esta vez, el llanto no fue su primera reacción. Una furia gélida, nacida del cansancio y la injusticia, empezó a arder en su pecho.
—Ya basta —susurró Alinne, apretando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos—. Ya basta de esconderme.
Sin decir una palabra a su madre, Alinne se puso su chaqueta más formal y salió de la casa de Soraya con un solo destino: el piso 40 de las oficinas centrales de la Holding.
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Mientras tanto, en la pequeña y humilde cocina de Soraya, el ambiente era pesado. Cristina estaba sentada frente a una taza de té que no había probado, con la mirada perdida en la pared descascarada.
—¿Por qué nos persiguen así, Soraya? —preguntó Cristina con voz quebrada—. Solo somos gente de trabajo. ¿Qué le hicimos nosotros a esa gente tan poderosa?
Soraya suspiró profundamente y se sentó frente a su amiga. Sabía que guardar el secreto por más tiempo era dejar a Alinne desarmada ante los lobos.
—No es lo que tú les hiciste, Cristina. Es lo que ellos le hicieron a Aurelio —dijo Soraya, con un tono de gravedad que hizo que Cristina se enderezara.
—¿De qué hablas? Aurelio... mi esposo murió intentando sacar adelante su pequeño taller. La mala suerte lo hundió.
—No fue mala suerte, Cristina —la interrumpió Soraya, tomándole las manos—. Aurelio había diseñado un sistema de logística revolucionario para su taller. Era oro puro. Damien Casafer, el padre de Mauricio, lo supo. Le ofreció una sociedad que resultó ser una trampa legal. Damien le robó la patente, vació las cuentas del taller y dejó a Aurelio con una deuda millonaria que nunca pudo pagar. Por eso le dio el infarto, Cristina. El "gran imperio" de los Casafer se construyó, en parte, sobre los restos del corazón de tu marido.
Cristina sintió que el aire le faltaba. El hombre que su hija amaba era el heredero del hombre que había destruido a su padre.
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En la Holding, el personal de seguridad intentó detener a Alinne, pero ella pasó como un vendaval. Su rostro reflejaba una determinación tal que nadie se atrevió a tocarla físicamente hasta que llegó a la antecámara de la oficina de la presidencia.
Sin llamar, Alinne abrió las puertas dobles del despacho de Catalina. La mujer estaba revisando unos informes, luciendo impecable en un traje sastre color crema. Al ver a Alinne, una sonrisa de suficiencia se dibujó en sus labios.
—Vaya, la expulsada. Te dije que este no era tu lugar, querida. ¿Viniste a pedir clemencia? —preguntó Catalina con desdén, recostándose en su silla.
Alinne caminó hasta el escritorio y se apoyó en él, mirando a Catalina fijamente a los ojos, sin rastro de miedo.
—Vine a decirte que sé exactamente lo que eres —dijo Alinne con voz clara y firme—. Eres una cobarde. Tienes tanto miedo de que Mauricio ame a alguien que no puedes controlar, que necesitas usar todo tu dinero y tu poder para destruir a una estudiante. ¿Tan poco vales como mujer que necesitas que una universidad me expulse para sentirte segura?
Catalina se puso de pie, su expresión endureciéndose.
—Mide tus palabras, mocosa. Estás en mi propiedad.
—Ya no tengo nada que perder, Catalina. Me quitaste mi casa y mi carrera en menos de 24 horas. Pero aquí estoy, de pie frente a ti. Mauricio me ama, y cada ataque tuyo solo lo aleja más de ti y lo acerca más a mí. Puedes quemar el mundo si quieres, pero nunca podrás comprar su corazón.
Catalina rodeó el escritorio, acercándose peligrosamente a Alinne.
—¿Crees que esto es un cuento de hadas? Mauricio es un Casafer. Lleva en la sangre la ambición y el apellido. Se cansará de ti en un mes cuando vea que no tienes nada que ofrecerle más que problemas. Y mientras tanto, yo me encargaré de que no encuentres trabajo ni de limpieza en esta ciudad.
—Inténtalo —desafió Alinne—. Pero recuerda esto: la gente que no tiene nada, no tiene miedo de nada. Y yo voy a luchar por lo que es mío, incluyendo a Mauricio.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe. Era Mauricio, que llegaba alertado por su secretaria. Al ver a las dos mujeres enfrentadas, su rostro mostró una mezcla de angustia y resolución...