La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas de la pequeña casa de Soraya. Dentro, el ambiente era de urgencia. Alinne y Cristina guardaban sus pocas pertenencias en maletas viejas. Ya no importaba la casa perdida ni la carrera truncada; el peso del pasado era demasiado grande. Tenían que irse, lejos de los Casafer, lejos de los recuerdos que ahora ardían como ácido.
—¿Lo tienes todo, hija? —preguntó Cristina, con los ojos secos pero la mirada agotada.
—Sí, mamá. Solo vámonos —respondió Alinne, cerrando el cierre de su maleta.
Pero el destino, o la mano negra de Catalina, fue más rápido. Unas luces azules y rojas comenzaron a destellar contra las paredes de la sala. El sonido de las sirenas cortó el aire. Segundos después, tres oficiales de policía golpearon la puerta con fuerza.
—¡Abran la puerta! ¡Orden de detención para Alinne Vaca!
Alinne se quedó helada. Soraya abrió la puerta, intentando detenerlos, pero los oficiales entraron con determinación.
—Queda usted detenida por el robo de información confidencial y espionaje industrial en perjuicio de Casafer Holdings —dijo el oficial, mientras le colocaba las esposas ante los gritos de horror de su madre—. Se han encontrado archivos de licitaciones gubernamentales en su servidor personal.
—¡Eso es mentira! —gritó Alinne, mientras era arrastrada hacia la patrulla—. ¡Yo no hice nada! ¡Es una trampa de Catalina!
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Mientras tanto, Mauricio se encontraba en el sótano del edificio de archivos históricos de la familia, un lugar frío y lleno de polvo donde se guardaban los registros de la era de su padre, Damien Casafer. Su desesperación era tal que había forzado la entrada a la oficina de auditoría legal.
Pasó horas revisando cajas con el sello de "Proyectos Fallidos". Finalmente, en el fondo de un cajón de metal oxidado, encontró un sobre manila con un nombre escrito a mano: *Aurelio Vaca - Sistema Logístico Alfa.*
Sus manos temblaron al abrirlo. Allí estaban los contratos originales. Había dos versiones: la que Aurelio había firmado, donde se le otorgaba el 50% de las acciones, y otra, la "oficial", donde Aurelio cedía todos sus derechos por una suma ridícula que nunca fue pagada. Pero lo más devastador fue una nota manuscrita de su padre: *"El inventor es débil. Procede con el embargo de sus bienes personales. No quiero que quede rastro de su nombre en la patente"*.
—Dios mío... —susurró Mauricio, cayendo en una silla—. Ella tenía razón. Mi padre era un monstruo.
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En la planta alta de la Holding, Catalina estaba de pie junto al ventanal, observando las luces de la ciudad. El teléfono en su mano estaba activo.
—Escúchame bien —dijo con una voz carente de cualquier rastro de humanidad—. Está en la celda de tránsito de la sección femenina. Quiero que le den un "recibimiento" que no olvide. No quiero que la maten, todavía no, pero quiero que aprenda que los Casafer no se tocan. Asegúrate de que no haya cámaras funcionando en ese pasillo durante quince minutos.
Al otro lado de la puerta, Octavio, se quedó paralizado. Había ido a entregarle unos documentos de última hora a Catalina, pero al escuchar el tono de su voz, se detuvo. Cada palabra de Catalina sobre la golpiza planeada para Alinne se grabó en su mente como fuego.
Octavio siempre había sido leal a la empresa, pero esto cruzaba una línea que no podía ignorar. Vio a Catalina colgar el teléfono y sonreír. Con el corazón latiendo a mil por hora. Tenía que avisar a Mauricio, pero sabía que si lo hacía, su propia vida también correría peligro.
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Alinne estaba sentada en un banco de cemento frío en una celda compartida con otras tres mujeres de aspecto rudo. El olor a humedad y desinfectante barato la mareaba. De repente, la puerta de hierro se abrió.
—Vaca, fuera. Tienes una "visita" en la sala de interrogatorios —dijo una guardia con una expresión extraña, casi de complicidad.
Alinne se puso de pie, confundida. Nadie podía visitarla a esa hora. Mientras caminaba por el pasillo oscuro, notó que las luces parpadeaban y que la guardia que la escoltaba se detenía antes de llegar a una esquina oscura.
—Entra ahí —ordenó la mujer, señalando una habitación pequeña y sin ventanas.
Al entrar, Alinne no vio a ningún abogado ni oficial. Solo vio a dos reclusas corpulentas que la esperaban con los puños cerrados y una sonrisa siniestra.
—Así que tú eres la que se cree muy especial para los Casafer... —dijo una de ellas, cerrando la puerta detrás de Alinne...