Mercy
Pasé un fin de semana increíble con mi familia y Patrick, quien se adaptó perfectamente a ellos. Mi madre lo adora, le repitió mil veces que podría ir cuando quisiera y, por supuesto, él está encantado de ir nuevamente, me lo ha dicho.
Pero como no todo puede ser perfecto en esta vida, sino que es dura y cruel con personas como yo, pobres y poco agraciadas, estoy aquí sentada detrás de mi escritorio mordiéndome las uñas, porque el rey Julián desde hoy ocupa el cargo de presidente.
Me estoy mordiendo las uñas desde hace horas, observando mi escritorio, mi computador y el teléfono. Llevo una hora sin hacer nada; si fuera el señor García, ya me habría llamado diez veces en esta bendita hora.
Ahora, estudiemos los pros y los contras de esto. Los pros: no tengo que verlo, no tengo que escuchar su voz, no tendré que ir a parar a la cárcel por tirarlo por la ventana. Los contras: bueno, Dios, de seguro estará incendiando su oficina, o desde que llegó está intentando prender su computador y aún no encontró el botón; seguro busca uno donde diga “préndeme aquí”.
Seguimos con los contras: en una semana se irá a la quiebra esta compañía y yo me quedaré sin trabajo. El señor García no morirá de cáncer, morirá de un colapso nervioso y de una decepción postraumática.
¡Oh, cielos! Me levanté alisando mi falda que, por cierto, creo que ha encogido. Sí, ha encogido, punto. Camino regia, diva, inalcanzable hacia la oficina de mi nuevo jefe.
¡Cielos! La tablet, pensar demasiado en el rey Julián me hace mal. Sacudí mi cabeza y caminé nuevamente hacia la puerta del nuevo infierno tomando la tablet.
Dos golpes e ingresé sin escuchar nada.
—¿Puedo pasar? —levantó de pronto la cabeza y luego volvió a bajar a lo que estaba haciendo, sin decir una sola palabra.
“Qué modales”, dije cubriendo mi boca simulando toser. Solo enarcó una ceja, oh sí que lo vi.
¿Por qué es tan atractivo?
—Buenos días —saludé solo para no ser muy descortés y porque es mi jefe; de lo contrario no lo hacía, no me nace. De hecho, lo único que me nace es tirarle agua fría para que se le quite el mal humor o, de plano, tirarlo por la ventana.
—¿Se le ofrece algo, señor? —pregunté mirando mis uñas.
—Si se me ofrece, te llamaría, ¿no? —y seguía sin levantar la cabeza. Y mis nervios florecieron junto con mis ganas de asesinarlo.
—Bueno, digo, como no me ha llamado para nada, pues pensé que se le podría ofrecer algo, no sé, un café, alguien que le oriente, ¿una tabla de multiplicar?
—¿Qué? —gritó, y ahora sí me miró a la cara.
—Mire, señorita, ¿usted piensa que yo necesito su ayuda? —hice una mueca con mi rostro. Se levantó ajustando su corbata y acercándose a mí. Retrocedí unos pasos; sus ojos grises eran muy bonitos. ¡Basta, Mercy! Es tu jefe y tu contrario, compórtate.
—Se equivoca, no la necesito, soy capaz de manejar esta empresa y muchas más, señorita Misericordia —apreté mis dientes entre sí.
—Mi nombre no es Misericordia —aclaré molesta, y más me molestó ver su sonrisa burlona.
—Me da igual cómo se llame, solo le diré una cosa —levantó el dedo índice—: mi padre ya no está, las cosas van a cambiar, no te tomes atribuciones que no te corresponden —guardé silencio.
—Mi padre te tenía aquí por compasión, y fíjate que yo no tengo compasión de nadie —levanté el mentón desafiándolo.
—Tampoco mi primo será tu defensor; el jefe aquí soy yo —solo parpadeé mirándolo.
—Sé perfectamente eso, no hace falta que me lo recuerde, pero no necesito compasión de nadie, solo estoy aquí para hacer mi trabajo.
—Entonces, si quiere mantener su empleo, hará todo lo que yo le ordene —respiré hondo, por favor, denme paciencia para no romper esta tablet por su cabeza, y solo no lo hago porque le tengo lástima a este pobre aparato que no tiene la culpa de que existan personas como él.
—¿Entonces se le ofrece algo o no?
—También cuide su boca, no soy su amiguito o noviecito para que me hable así. Bueno, noviecito no creo que tenga… —enarqué una ceja cuando me repasó de pies a cabeza.
—¿A qué se refiere con eso? Mire, señor, tampoco me falte el respeto.
—No le falte el respeto en ningún momento, solo dudo mucho que tenga novio, ¿o es que estoy equivocado?
—Tampoco creo que usted tenga novia. Bueno, si está contigo, una mujer no será por inteligente.
—¿Qué ha dicho? —reclamó y solo amagué un cierre en mi boca.
—Sabes qué, mejor retírate —giró dándome la espalda mientras hacía un gesto despectivo con la mano.
Exhalé todo el aire que tenía retenido. Cálmate, Mercy, necesitas el trabajo, es tu primer día con él, mañana será un mejor día. Sí, claro que sí, será un mejor día. Las cosas cambiarán y se llevarán bien. ¿A quién quiero engañar? Tal vez nunca me lo tolere.
Giré para salir de allí cuando escuché de nuevo su voz. Si no fuera un… diría que hasta tiene la voz muy linda… ¿Linda? Por favor, Mercy, estás loca para pensar eso.
—Necesito que lleves estas carpetas a los departamentos —me indicó con su dedo.
—¿A cuáles?
—Revísalos, para eso se te paga, ¿no?
—El señor García…
—El señor García ya no es tu jefe, acostúmbrate, y si no te gusta el trabajo sabes lo que tienes que hacer —apreté muy fuerte mis labios. Tomé las carpetas en mis brazos de mala gana y salí de allí golpeando más fuerte de lo normal mis tacones en el lujoso mármol, pagando mi enojo con la pobre puerta.
—¿Qué sucede, Mercy? —choqué con Patrick de pronto— ¿Por qué estás molesta?
—¿Cómo sabes que estoy molesta? —dije caminando hasta mi mesa.
—Golpeas tus tacones como para que escuche todo el edificio, hinchas tus mejillas más de lo normal, alargas tus labios —respiré hondo.
—Ahorcaré a tu primo, lo prometo, Patricio.
—¿Qué te hizo el tonto ahora?
—Nada, que se cree el rey de la jungla —sonrió de lado.
—Él es así, acostúmbrate, Mercy, él no es mi tío.
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Editado: 17.05.2022