Mercy
No lo puedo creer, no lo puedo creer, Diego García me las pagarás, lo juro. ¿De verdad, Mercy?
Bueno, no, pero lo detesto. Espero que en su estúpido intento de jefe le vaya mal, sí, y no me digan que eso no se le desea a nadie porque, lastimosamente, yo no soy una blanca paloma, y sí le deseo lo peor. Espero que se pinche las ruedas de su auto o que se le corte la leche cuando quiera tomar un café. O que se le corte el suministro de agua cuando esté enjabonado en la ducha.
Con una rabia inmensa me dirigí a Recursos Humanos para presentar mi renuncia. No lo soportaré más, no, mi paciencia se resume a nada. Sí, así es, lo que menos tengo en esta vida es paciencia. Yo no soy de esas que aguantan todo el tiempo solo porque necesitan un trabajo.
Marcelo, el jefe de Recursos Humanos, casi cayó desmayado cuando le dije que presentaba mi renuncia. Dijo que llamaría incluso al señor García padre, pero no, no molestaré a ese pobre hombre al borde de la muerte. ¡Dios, Mercy! No seas exagerada, apuesto que vivirá más años que tú. Así que se lo prohibí terminantemente: agarrar su teléfono y decirle algo. Le dije que si le sucede algo, él sería el responsable.
Y obviamente nadie quiere ser responsable de la muerte de nadie.
No quise despedirme ni siquiera de Patricio porque sabía que se armaría la grande, porque jamás permitiría que renunciara, pero no le aguantaré a ese individuo poco agraciado. Pero extrañaré tanto a mi pato.
Así que tomé mis cosas y caminé con rabia hasta mi departamento, que no quedaba tan lejos, no sin antes comprar unos bocadillos para comer, porque entre nervios y nervios me entraron las ganas.
Entré a mi casa gritando de rabia. Estaba loca, sí, pero es mi forma de sacar mi frustración gritando y desahogándome.
—Hola, mi terroncito, ¿cómo estás, mi luna? —mi gato se subió a mis piernas cuando me desplomé en mi sillón y solo la acaricié. Ella ronroneaba como si supiera que algo malo pasaba.
—Mami se quedó sin trabajo, sí, ¿puedes creer? Me quedé sin trabajo y ahora no sé qué hacer. Con el dinero de mi liquidación pagaré por lo menos dos meses de renta hasta poder conseguir otro trabajo decente. Porque ser bailarina en un club nocturno será imposible, no creo que quieran bailarinas de talla plus. ¿Se imaginan? Mi sueldo iría en descuentos por romper una mesa cada noche.
—A ver, Luna, bájate, que mamá tiene que comenzar a buscar trabajo. Bueno, primero me pondré a lavar la ropa que hace días no lavo, no es que sea muy hacendosa.
Me cambié de ropa, me até el pelo en un moño desastroso y me calcé unas pantuflas de pato. Me dirigí al pequeño balcón donde lavo la ropa cuando, de un susto, tiré el cesto de ropa al suelo. Los golpes desesperados en mi puerta me hicieron tener casi un infarto.
—Piedad, abre la puerta ahora —abrí los ojos desmesuradamente cuando oí la voz de Patricio.
—Piedad, o abres o lo echo a patadas —me mordí el dedo y luego cogí con rapidez las ropas que se habían caído y corrí a la puerta para abrir antes de que el amigo de Bob Esponja echara mi puerta y luego el casero quisiera cobrarme la reparación.
—¿Por qué tanto escándalo?
—¿Por qué tanto escándalo, por qué tanto escándalo? ¿Te das cuenta de lo que has hecho?
Gritó molesto, con el pelo revuelto, gruñendo como un toro.
—¿Qué, qué fue lo que hice? —pregunté asustada.
—¿Por qué renunciaste? ¿Por qué te fuiste sin decirme nada? ¿Qué te hizo mi primo?
—¡Dios, Patricio! Una pregunta a la vez. A ver, repíteme que ya me olvidé de todo lo que preguntaste.
—Mercy —me sujetó de mis hombros. ¿Cuándo fue que creció tanto? Ah, lo olvidaba, estoy en pantuflas, no con tacos.
—Mercy, no puedes renunciar, yo te necesito en la empresa.
—¿Por qué o qué? —rodé los ojos.
—¿Qué se supone que hará Diego sin ti? —me alejé de él caminando hacia mi cesto de ropa.
—No me hables de ese hombre, no me menciones su nombre en esta casa porque me da tortícolis.
—¿Qué te hizo, Mercy? ¿Qué fue lo que te dijo?
—No me quiere de secretaria y yo no lo quiero de jefe, es así de sencillo, no podemos trabajar juntos, no podemos respirar el mismo aire. Él dice negro y yo blanco, a él le gusta Caperucita Roja y a mí Blanca Nieves.
—No, volverás, hablaré con mi tío.
—Ni se te ocurra, Patricio —giré señalándolo.
—Ya tiene suficiente con su enfermedad para estar preocupándose por tonterías. Tu primo encontrará otra secretaria mucho más capaz y bonita.
—Tonterías, Mercy, si tú no vuelves, yo renuncio también —solté una carcajada y elevó una ceja mirándome.
—No harás eso, Patrick, por favor, ¿por mí?
—Sí, por ti, Mercy, no te das cuenta que esa empresa y Diego serán un caos sin ti.
—Pues él no piensa eso, así que con permisito dijo monchito, lavaré mis trapitos.
—¡Mercy!
Lo escuché venir detrás de mí.
—No, la, la, la, no quiero escuchar, soy de palo, tengo oreja de pescado.
—¡Mercy!
—No, Patricio, no me vas a convencer, a esa empresa no vuelvo por nada del mundo.
—¿Ni si yo te lo pido por favorcito?
—Eres muy tierno con tu carita, y por poco me convences con ese pucherito, pero no, para ir a ver al hijo de Chucky, no.
Suspiró hondo detrás de mí mientras ponía a funcionar la lavadora.
—Lindas pantuflas —señaló mis pies.
—Son cómodas —me encogí de hombros.
De pronto tensé todo mi redondo cuerpecito cuando lo sentí rodearme la cintura y abrazarme.
—Mercy, tu nombre es Piedad, debes tener algo de tu nombre en tu corazón, ten piedad de mí.
Solo reí al sentir su respiración en mi cuello.
—No, y porque tengo mucha piedad en mi corazón es que no regreso a esa empresa, porque de lo contrario lanzaría al rey de la jungla desde la ventana y tu tía y tu tío sufrirían horrores.
—Eres mala —dijo alejándose de mí.
—Sí, soy muy mala —dije haciendo gruesa mi voz, volviendo al interior del departamento.
#77 en Otros
#44 en Humor
#348 en Novela romántica
humor romantico, matrimonio arreglado y dinero, romance celos decepcion
Editado: 17.05.2022