—¿Viste al monitor de kitesurf que te dije? —preguntó Clara, refrescándose el cuello con una toallita húmeda.
—¡Total! Era tal como me lo pintaste, pero es que tiene un potencial brutal. Ha quedado en subir a mi suite más tarde. Ojo, hay que ir con cuidado: don Ramón, el copropietario del resort, ya le ha echado una bronca por "fraternizar" con los clientes.
—¿Y tú hiciste algo más que fraternizar?
—Claro que sí.
Desde su hamaca, bajo una sombrilla de diseño en el beach club del resort Mirage Tabernas, Lucía escuchaba sin querer la conversación de las dos mujeres que acababan de almorzar a su lado. Seguían despotricando sobre los atributos del monitor mientras recogían sus cosas para irse. Lucía reparó en que una había dejado olvidado su pareo sobre la mesa. Se levantó, lo recogió y se lo devolvió. La dueña le esbozó un "gracias" rápido, sin mayor interés, y ambas se alejaron todavía compartiendo risas.
Lucía esbozó una sonrisa para sí misma.
—Gracias, chicas —murmuró, casi en un suspiro.
Aunque ellas no lo sabían, acababan de darle la pieza que le faltaba al puzzle. Llevaba dos días dándole vueltas a cómo abordar aquello.
En cuanto desaparecieron de su campo visual, Lucía recogió su pareo. A diferencia de las otras, había optado por un pantalón palazzo de lino sobre el bikini en vez de ir solo en bañador. Entrecerró los ojos, protegiéndose del sol de la tarde almeriense, y llamó al camarero que le había servido la tónica.
—Perdona —dijo—, ¿sabes dónde están los monitores de kitesurf ahora?
Media hora después, Lucía estaba acomodada en una tumbona que el empleado le había conseguido en una zona estratégica: con vistas a la laguna artificial del resort y, de rebote, a la figura del monitor que tanto revuelo había causado en el beach club. Ahora entendía el alboroto.
Lucía estaba acostumbrada a cruzarse con tipos atractivos y atléticos. Había estudiado Comunicación en Madrid y, tras quedarse huérfana a los diecisiete cuando sus padres fallecieron en un accidente, había recorrido medio mundo con su padrino, un exdiplomático inglés jubilado que había sido el mejor amigo de su padre. Conocía de sobra a esa especie de tío bueno y vago que se cree un regalo del cielo para cualquier mujer que respire.
Y este cumplía sobradamente el estándar. Lucía pensó que podría facturar perfectamente como modelo para alguna marca de ropa interior premium, y la idea le provocó un calor inesperado en las mejillas. Se sintió incómoda; no era de las que se ruborizan.
Pero mientras lo observaba se vio obligada a reconocer —a contrapié— que tenía algo más. Algo que no se veía a simple vista.
Estaba reconociendo el material en la orilla. Incluso con el uniforme básico del resort —bañador y camiseta técnica— irradiaba una sexualidad que no podía disimular. A pesar de la distancia, Lucía casi podía palpar su masculinidad, como si emanara una especie de feromona tangible. La manera en que se movía mientras trabajaba le recordaba a una pantera: cada gesto era preciso, eficiente, sin un gramo de energía desperdiciado.
Le gustaba cómo el sol marcaba los músculos de sus brazos al levantar las tablas, cómo el viento desordenaba su pelo moreno. Apostaba a que todas las tías de la playa, a salvo tras sus gafas de sol, lo estaban mirando y conteniendo la respiración. Había en él algo irremediablemente fascinante, una carga sexual directa, una atracción animal que Lucía sabía irresistible y peligrosamente excitante. Sí. Era exactamente lo que necesitaba. Y cuanto más lo miraba, más lo tenía claro.
Siguió observándolo compulsivamente desde la distancia.
Una hora después, camino de su suite del resort, Lucía trazaba su estrategia con cuidado. Al cruzar el zoco temático del complejo se detuvo un instante a mirar a un artesano que martilleaba una pieza de metal incandescente.
No era de extrañar que el Mirage Tabernas acumulara premios de diseño. La arquitectura evocaba los antiguos poblados del desierto de Almería, los jardines cerrados olían a romero y jazmín, y las boutiques tenían ese aire palaciego que mezcla lo tradicional con lo ostentoso. Todo en el resort exhalaba lujo, romanticismo artificial, e inmensas cantidades de dinero.
Lucía aún no se hacía a la idea de que había más de veinte restaurantes donde podías comer cocina de cualquier rincón del planeta. Pero eso era lo de menos ahora mismo.
Desde su habitación tenía una vista parcial de la laguna. El monitor había desaparecido a media tarde, subiéndose a una zodiac junto al embarcadero. La última imagen que guardaba de él era con el sol incrustado en su pelo oscuro y reflejado sobre su piel tostada.
Ahora había vuelto. La playa estaba ya desierta y el sol se hundía tras las montañas. Recogía metódicamente las tablas y las embarcaciones que los clientes habían dejado abandonadas.
Era el momento. El que había estado esperando desde que escuchó a las dos turistas en el beach club.
Se puso una sobrecamisa de lino y, antes de que el miedo le jugara una mala pasada y salió de la suite.
En la orilla ya casi había anochecido. Por un segundo creyó que había llegado tarde y que el monitor de cuerpo escultural ya se había ido. La decepción la golpeó en el pecho mientras recorría con la mirada la playa oscurecida. Estaba tan absorta escudriñando el embarcadero, que la aparición de una sombra a escasos metros la sobresaltó.
Giró sobre sí misma y contuvo la respiración al darse cuenta de que el objeto de su obsesión estaba justo delante, tan cerca que un solo paso habría bastado para que sus cuerpos rozaran.
Su primer instinto fue retroceder, pero el orgullo —ese que, según decía su padre, había heredado de su abuelo andaluz— se lo impidió.
Levantó la barbilla, respiró hondo y soltó el aire con un temblor apenas perceptible. Se dio cuenta de que no había subido la mirada hasta sus ojos: sus propios ojos habían quedado atrapados, indefensos, en la comisura de su boca.
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Editado: 25.07.2026