Enamorarse no era el Plan

Capítulo 2

Decidida a no mirar cómo se perdía en la noche, Lucía clavó la vista en la laguna.

Mucha gente, al verla por primera vez, asumía que era italiana o portuguesa. Su piel tenía un tono crema cálido y su pelo, castaño oscuro, era espeso y brillante. Su estructura ósea era elegante, ligeramente aristocrática. Solo sus ojos verdes intensos y la rectitud de su nariz pequeña, junto con su carácter apasionado, delataban los genes celtas de su padre, un diplomático británico de ascendencia irlandesa. Muy pocos sabían que sus rasgos peculiares venían de la mezcla exótica de esos genes con la sangre amazigh de su madre, nacida en una familia de comerciantes del norte de África afincada en Almería.

Sentía la brisa acariciándole el pelo y la piel de gallina empezando a recorrerle el cuerpo. Pero no fue nada comparado con la sacudida eléctrica que sintió al notar, de pronto, una mano masculina apoyada en su nuca.

—Entonces, digamos cinco mil euros... y el motivo —susurró una voz sedosa que ya le resultaba familiar.

¡Había vuelto! Lucía no sabía si alegrarse o entrar en pánico.

—No regateo —anunció la misma voz, aterciopelada—. Cinco mil y el motivo, o no hay trato.

Lucía tenía la garganta seca. No quería contárselo, pero ¿qué otra opción le quedaba? Y además, ¿qué daño podía hacer?

—Está bien.

¿Por qué le temblaba la voz? ¿Tendría algo que ver con que su mano seguía firme sobre su nuca?

—Estás temblando —dijo, tan certero adivinando sus emociones que la intuición de Lucía se encendió en alerta—. ¿Por qué? ¿Miedo? ¿Excitación?

Mientras alargaba deliberadamente las palabras en un susurro interminable, le acarició con el pulgar el lateral de la garganta, atrapando su pulso nervioso.

Lucía se liberó de su cercanía con un movimiento firme y se mostró resolutiva.

—Nada de eso. Solo tengo frío.

Intuyó la crueldad burlona reflejada en la curva de sus labios.

—Por supuesto —aceptó—. Así que quieres que, públicamente, te acose y te seduzca.

Parecía que, de pronto, se hubiera cansado de torturarla. ¡Pero ese tío no era ningún gato doméstico! Había algo indómito y salvaje, decididamente peligroso, en cada uno de sus gestos, una advertencia camuflada bajo la aparente broma.

—¿De qué se trata? ¡Suéltalo!

Lucía respiró hondo.

—Es una historia larga, muy complicada —advirtió.

—Adelante.

Lucía cerró los ojos un instante, ordenó sus pensamientos y habló.

—Mi padre era diplomático británico. Conoció a mi madre aquí, en Almería, donde lo habían destinado. Se enamoraron, pero mi abuelo no aprobó la relación. Tenía otros planes para su hija. Creía que era su deber ofrecerla como moneda de cambio en el imperio empresarial de la familia.

Mientras hablaba sentía la rabia y la amargura en su propia voz, la misma mezcla de un dolor muy antiguo al recordar a su madre y un dolor nuevo, propio y terrible.

—Mi abuelo repudió por completo a su hija después de que se fugara con mi padre. Prohibió a toda la familia —los hermanos de mi madre y sus mujeres— que mantuvieran contacto con ella. Pero mi madre me lo contó todo. ¡Hasta qué punto había llegado su crueldad! —dijo, la mirada encendida—. Mis padres vivieron felices, pero murieron en un accidente cuando yo tenía diecisiete años. Me fui a vivir a Londres con mi padrino, que también era diplomático. Se conocieron aquí, en Almería, mientras mi padrino estaba destinado en el consulado británico. Todo iba bien. Terminé la carrera, viajé con él, trabajé para una ONG y estaba... estoy planeando hacer un máster. Pero ahora... Hace poco, mi tío vino a Londres y contactó con mi padrino. Le dijo que mi abuelo deseaba verme. Que quería que viniera a Almería. Yo no quería saber nada de él. Sabía cuanto había herido a mi madre. Ella nunca perdió la esperanza de que algún día la perdonara, que contestara sus cartas, que aceptara hacer las paces, pero él nunca cedió. Ni siquiera cuando murieron.

Los ojos de Lucía se anegaron de lágrimas de rabia y dolor, pero prosiguió con determinación.

—Mi padrino me rogó que lo pensara. Me dijo que eso habría sido la voluntad de mis padres, en aras de la reconciliación familiar. Me dijo que mi abuelo era uno de los principales accionistas de este resort y que había sugerido que nos alojáramos aquí para poder conocernos mejor. Estaba decidida a rechazar su oferta, pero... —hizo una pausa y negó con la cabeza—. Sentía que, por la memoria de mi madre, tenía que venir. Pero si entonces hubiera sabido la auténtica razón por la que me han hecho venir...

—¿La auténtica razón? —intervino él con una brusquedad que hirió las emociones de Lucía, a flor de piel.

—Sí, el verdadero motivo —reiteró con amargura—. El día que llegamos vino a vernos mi tío con su mujer y su hijo, mi primo Saúl. Solo tiene quince años, y... Me dijeron que mi abuelo no se encontraba bien, que sufría del corazón y que su médico le había recomendado reposo absoluto y nada de emociones fuertes. Yo me lo creí. Pero entonces, cuando nos quedamos a solas, Saúl descubrió accidentalmente el pastel. No pensaba que yo desconociera la verdadera razón de mi presencia.

Lucía movió la cabeza de lado a lado al sentir que la voz le temblaba de nuevo.




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