Enamorarse no era el Plan

Capítulo 3

Lucía escuchó su propia voz, ronca y cargada de pánico, pero no se reconoció.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Le juraría que su nerviosismo le divertía. Había un brillo burlón en su mirada cuando habló.

—Te estoy esperando, claro.

—¿Aquí dentro? ¿Con esa pinta? —tartamudeó, indignada—. ¿Y si hubiera venido con alguien como... mi tía?

Se encogió de hombros, sin darle importancia.

—En ese caso habrías salido del paso, ¿no? Además, tengo que hablar contigo y necesitaba una ducha. Matar dos pájaros de un tiro.

Parecía tan cómodo en su suite que Lucía se sintió la intrusa. Decidió que no valía la pena preguntarle cómo había entrado.

—Podrías haberte duchado en tu habitación —señaló con firmeza—. Y en cuanto a nuestra charla, pensaba pasarme por la playa más tarde.

—Más tarde habría sido demasiado tarde —replicó—. Hoy tengo la tarde libre. Y sobre mi habitación, ¿crees de verdad que los empleados tenemos suites como esta?

Lucía se quedó con la garganta seca. De pronto imaginó su cuerpo bajo el chorro de agua. La piel bronceada entre jabón y gotas, el abdomen marcado visible bajo la toalla apenas sujeta a su cintura. Estaba indignada, pero él se paseaba por la suite ajeno a su desnudez.

—¿Cómo me has encontrado? —preguntó—. No te dije mi nombre.

—No ha sido difícil. Tu abuelo es un tipo muy conocido.

—¿Lo conoces? —inquirió con los ojos muy abiertos.

—¿Crees que un currante de temporada puede conocer a un millonario? —arqueó las cejas.

—¿Y cómo te llamas? —se interesó Lucía.

¿Había dudado más de la cuenta antes de contestar?

—Adrián —respondió.

—¿Adrián? —repitió ella.

—¿Algún problema? —preguntó, desafiante.

—Ninguno. Pero había supuesto que serías italiano, griego... español, al menos. Con esa pinta...

—Mi madre era inglesa, de Cornualles —dijo con brusquedad—. Según ella, sus antepasados eran contrabandistas que asaltaban barcos por el canal.

—¿En serio? —musitó confundida.

—Sí —confirmó, con un deje de hastío en la voz—. Salteadores. Eso explica en parte el tono de mi piel y esta cara de malote.

Lucía recordó que los contrabandistas de Cornualles habían asaltado galeones españoles y se habían llevado, además del oro, a mujeres de alcurnia.

Adrián. La verdad era que le sentaba bien. Adrián.

—Y ahora que hemos terminado con las presentaciones, quizá podamos hablar de negocios. Ese plan tuyo...

—No quiero discutir eso ahora —lo interrumpió Lucía—. Por favor, vístete y sal de aquí.

Empezaba a sentirse incómoda, cada vez más agitada y más consciente del efecto que su casi desnudez le provocaba.

—¿Qué pasa? —preguntó con agudeza—. ¿Has cambiado de idea? ¿Tu familia te ha convencido para que le des una oportunidad al candidato? Al fin y al cabo, hay cosas peores que casarte con un tipo inmensamente rico...

—No por lo que a mí respecta —se adelantó Lucía—. No hay nada más terrible que un matrimonio sin amor.

—¿Alguna vez has estado enamorada? —preguntó, y enseguida respondió a su propia pregunta con voz baja—: No, desde luego. De lo contrario...

Había un brillo en su mirada que no dejaba de acelerarle el corazón a Lucía. Seguía en shock por encontrárselo en su dormitorio. Y todos sus sentidos reaccionaban ante su presencia masculina, arrogante y relajada, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, los músculos en tensión, impidiéndole apartar la mirada.

—Que yo haya estado enamorada o no no tiene nada que ver con nuestro trato —lo recriminó con severidad.

—¿Cuándo se supone que van a presentarte a don Ramón?

—¡No lo sé! —Lucía frunció el ceño—. Se supone que ni siquiera debería conocer los planes de mi abuelo. Mi tía ya me ha soltado indirectas sobre don Ramón, asegurándome que es un buen amigo de la familia que se ha ofrecido para... enseñarme el complejo, pero...

Adrián alzó las cejas y Lucía se vio obligada a continuar.

—Bueno, parece que no solo ha invertido aquí, sino que también colaboró en el diseño. Según mi tía es un arquitecto de prestigio.

Lucía se preguntó si Adrián notaba lo mucho que le costaba respirar. De ser así, confiaba en que lo atribuyera a los méritos de su futuro pretendiente y no a la visión de su cuerpo semidesnudo.

—¿Cuándo tiene previsto enseñarte el complejo?

—No lo sé —se encogió de hombros—. Según mi tía, don Ramón ha tenido que marcharse a atender unos asuntos urgentes.

—Y confías en que, cuando regrese, tu reputación ya haya sufrido lo suficiente para que se plantee si quiere tenerte como esposa, ¿verdad? Bueno, si tenemos que llegar a ese punto no deberíamos perder el tiempo —dijo, sin aguardar respuesta—. Esta noche toda la élite del resort saldrá a hacer acto de presencia y el lugar elegido es el restaurante The Venue. El chef tiene una estrella Michelin y hay una sala de música donde se puede bailar. Creo que deberíamos acudir allí para nuestra primera aparición pública. Exige vestimenta elegante y tienen reservado el derecho de admisión, pero como huésped del hotel y mujer soltera no creo que tengas problema.




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