La mañana amaneció despejada. Desde la terraza privada de su suite, Lucía contemplaba cómo el sol empezaba a teñir de oro las dunas artificiales que rodeaban la enorme laguna del resort. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el del romero y el jazmín que llegaba desde los jardines interiores.
El camarero acababa de retirar la bandeja del desayuno. Solo quedaban una cafetera italiana de porcelana blanca, una taza a medio llenar y una tableta sobre la mesa, abierta por la sección de noticias económicas. Había intentado distraerse leyendo, pero llevaba diez minutos pasando páginas sin enterarse de una sola palabra.
Toda su atención seguía anclada en la conversación de la noche anterior. En Adrián. En su arrogancia. El móvil vibró sobre la mesa. Era su padrino. Lucía respondió de inmediato.
—Buenos días.
—¿Cómo va todo por ahí?
La voz llegaba entrecortada. Era evidente que estaba llamando desde algún lugar perdido del mundo.
—Más complicado de lo que esperaba.
—¿Has conocido ya a...?
La interferencia devoró media frase.
—...te oigo fatal... estoy entrando en una zona sin cobertura...
Lucía se incorporó.
—Espera. Necesito hablar contigo.
Pero la comunicación seguía deteriorándose.
—Voy a estar fuera un par de semanas... reuniones... no podré...
La llamada terminó con un pitido seco.
Lucía dejó lentamente el teléfono sobre la mesa. Maldijo en voz baja. Precisamente la única persona que podía ayudarla acababa de desaparecer del mapa. Durante unos segundos permaneció inmóvil. Después se levantó. Si quería evitar el matrimonio que todos parecían considerar una magnífica idea, tendría que sacar adelante el plan.
Media hora más tarde llamó a la recepción de la finca familiar. Contestó un hombre cuya voz no reconoció. Aquello la desconcertó. Nunca antes había respondido un empleado.
Pidió hablar con su tía Elena. La hicieron esperar apenas unos segundos.
—¡Lucía! —exclamó su tía con evidente alegría—. Me alegra muchísimo que hayas llamado.
Lucía cerró los ojos un instante. La culpa volvía a instalarse en su pecho.
—Solo quería saber cómo sigue el abuelo.
—Ha pasado mejor noche, aunque continúa muy débil. Esta mañana ha insistido en salir para asistir a misa. Ya sabes cómo es... no hay quien consiga hacerle cambiar de opinión.
Lucía sonrió con tristeza.
Sí. Eso sonaba exactamente a su abuelo.
—Estoy segura de que le hará ilusión saber que te has preocupado por él.
Aquellas palabras le resultaban cada vez más difíciles de soportar. Porque la realidad era otra. No había llamado por cariño. Había llamado porque necesitaba tiempo. Tiempo para destruir una imagen impecable que toda su familia llevaba años construyendo.
—¿Qué te parece si mañana damos un paseo por el mercado artesanal del resort? —propuso su tía—. Después podríamos comer juntas.
Lucía dudó apenas un instante.
—Claro. Me encantaría.
Era mentira. Pero sonó convincente. Cuando colgó, permaneció varios segundos mirando el móvil.
Cada conversación con su familia conseguía que el plan le pareciera más cruel. Y, sin embargo... Más necesario.
No podía seguir esperando a que Adrián apareciera. Fue directamente hacia la escuela de deportes acuáticos.
La laguna ya bullía de actividad. La playa del complejo despertaba con una energía completamente distinta a la del día anterior. El viento del desierto descendía desde las montañas con la intensidad suficiente para inflar decenas de velas de kitesurf que surcaban la laguna artificial en un espectáculo de colores. Sobre el agua, los deportistas parecían desafiar la gravedad, elevándose durante unos segundos antes de volver a deslizarse con una precisión casi coreografiada.
Lucía recorrió el paseo de madera con la vista fija en el horizonte. Sin admitirlo siquiera ante sí misma, esperaba distinguir aquella figura alta que el día anterior había llamado su atención desde el primer instante. Aquel hombre parecía ocupar cualquier espacio con una naturalidad desconcertante, como si el mundo hubiera sido diseñado para dejarle sitio.
Pero no estaba.
Siguió caminando unos metros más, convencida de que aparecería en cualquier momento entre las tablas apoyadas sobre la arena o ayudando a algún cliente con el equipo.
Nada.
Su decepción fue tan inmediata como irracional.
Se acercó al puesto donde los monitores preparaban el material y esperó a que uno de ellos terminara de revisar unas líneas.
—Disculpa… —preguntó con la mayor naturalidad que fue capaz de fingir—. ¿El monitor moreno? ¿El más alto? ¿Está hoy por aquí?
El joven levantó la vista y frunció ligeramente el ceño, intentando ordenar mentalmente a toda la plantilla.
—Aquí trabajamos siete.
Lucía esbozó una sonrisa incómoda. Era evidente que aquella descripción no bastaba.
—Cabello negro, más de metro noventa… ojos claros.
Hizo una breve pausa antes de añadir, casi sin darse cuenta:
—Y una seguridad bastante… llamativa.
El monitor soltó una risa divertida.
—Con esa descripción podrían ser cuatro.
Lucía sintió cómo el calor le subía a las mejillas.
Era absurdo. Ni siquiera conocía el apellido de aquel hombre y allí estaba, intentando localizarlo como una adolescente después de un amor de verano.
Otro instructor, que había escuchado la conversación mientras recogía una cometa, intervino con amabilidad.
—Hoy algunos han salido temprano con clientes para una ruta larga. No sabría decirte cuál buscas.
Lucía les dio las gracias con una sonrisa educada y reanudó el camino hacia el edificio principal. A medida que se alejaba de la playa, la frustración iba ocupando el lugar de la esperanza.
Había cometido un error impropio de ella. Siempre presumía de ser previsora, de analizar cada detalle antes de tomar una decisión importante. Sin embargo, había pasado varias horas con Adrián y ni siquiera se le había ocurrido pedirle un número de teléfono. Ni un apellido. Ni la forma de localizarlo.
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Editado: 01.08.2026