Enamorarse no era el Plan

Capítulo 5

Antes de abandonar el casco antiguo. Lucía se permitió unos minutos para contemplar el mar desde el mirador. El viento de la tarde arrastraba el aroma salado de la costa y, por primera vez en semanas, sintió que la presión que había gobernado su vida empezaba a aflojar. Aquel viaje había nacido como una huida, una pausa obligada para ordenar una existencia que parecía haberse desmoronado en apenas unos días. Sin embargo, el descanso seguía resultándole esquivo. Cada vez que conseguía relajarse, su mente encontraba una nueva preocupación a la que aferrarse.

Cuando regresó al hotel, el cansancio pesaba sobre sus hombros como una manta húmeda. Pensó en subir directamente a la suite, quitarse los zapatos y esconderse bajo las sábanas hasta el día siguiente. Pero encerrarse entre cuatro paredes significaba volver a quedarse sola con sus pensamientos. Necesitaba otra cosa. Un gesto sencillo que le recordara que seguía siendo dueña de sus decisiones. Por eso reservó una mesa en La Trattoria del Lago, el exclusivo restaurante italiano del complejo.

El comedor parecía sacado de una postal. La superficie de la laguna reflejaba cientos de pequeñas luces suspendidas entre las palmeras, mientras un violinista interpretaba melodías italianas que flotaban con suavidad sobre el murmullo de las conversaciones. Las velas proyectaban un resplandor cálido sobre las mesas, envolviendo el lugar en una intimidad elegante que invitaba a olvidar el resto del mundo.

Lucía respiró hondo al sentarse. Quizá aquello era exactamente lo que necesitaba.

Pidió una copa de vino blanco, un risotto de setas y se obligó a guardar el teléfono en el bolso. Durante unos minutos consiguió disfrutar del silencio. Observó a las parejas que compartían confidencias, a las familias que celebraban las vacaciones y a los camareros desplazándose con una coordinación impecable. Todo parecía estar en equilibrio.

Hasta que las puertas del restaurante volvieron a abrirse.

Un grupo de turistas británicos irrumpió en el salón acompañado por carcajadas y voces demasiado altas para un lugar como aquel. Eran una docena, todos alrededor de la treintena, con ese entusiasmo descontrolado que solo deja el exceso de alcohol. Algunos ya llevaban la camisa desabrochada; otros caminaban con la seguridad artificial de quien ha bebido mucho más de la cuenta y todavía cree conservar el control.

El ambiente cambió de inmediato.

Los músicos siguieron tocando, pero las conversaciones comenzaron a apagarse poco a poco. Los camareros intercambiaron miradas discretas mientras intentaban acomodarlos con la profesionalidad de quien sabe que una mala reacción puede convertir una cena en un desastre.

No tardó en suceder.

Uno de los hombres reparó en Lucía.

Sentada sola.

Elegante.

Ajena a ellos.

Le dio un codazo al compañero de al lado y señaló en su dirección. Las primeras bromas parecían inofensivas. Después llegaron los comentarios en voz suficientemente alta para que ella pudiera escucharlos.

Uno levantó la copa.

—¡Por la española más guapa del restaurante!

Las risas estallaron alrededor de la mesa.

Lucía decidió ignorarlos. Había aprendido hacía tiempo que responder a determinados hombres solo alimentaba su insistencia. Bajó la vista hacia el plato y fingió que aquellas voces no existían.

Fue un error.

Su indiferencia despertó todavía más interés.

Dos de ellos cambiaron de mesa hasta quedar apenas a unos metros de ella. Uno terminó levantándose con la copa en la mano y se acercó con una sonrisa torcida, convencido de que el mundo entero existía para entretenerlo.

—¿Te importa si te hacemos compañía?

Lucía alzó la vista despacio.

No sonrió.

—Sí.

El hombre soltó una carcajada.

—Solo será una copa.

—He dicho que sí me importa.

La negativa, firme y educada, no produjo el efecto esperado.

Al contrario.

Los demás comenzaron a reír todavía con más fuerza, como si aquello formara parte de un juego.

El jefe de sala apareció enseguida intentando mediar con calma, pero el grupo respondió con protestas y bromas de mal gusto. La tensión empezó a extenderse por todo el comedor. Varias parejas pidieron la cuenta antes de terminar de cenar. Una madre abrazó con disimulo a su hija pequeña.

Lucía sintió un nudo en el estómago.

No tenía miedo.

Todavía no. Pero conocía demasiado bien esa sensación de vulnerabilidad que aparece cuando una mujer comprende que la educación ha dejado de servir y el sentido común ha desaparecido del otro lado. Fue entonces cuando una voz masculina atravesó el murmullo del restaurante.

Serena.

Grave.

Inconfundible.

—Creo que la señorita ya os ha dado una respuesta.

Todas las miradas convergieron hacia la entrada. Adrián avanzaba con paso tranquilo.

Lucía tardó apenas un segundo en reconocerlo, aunque estaba muy lejos del hombre despreocupado que había conocido aquella mañana en la playa. Había cambiado el neopreno por una camisa blanca remangada y un pantalón oscuro perfectamente cortado. La elegancia parecía formar parte de él con la misma naturalidad con la que horas antes había surfeado las olas.

No caminaba deprisa. No necesitaba hacerlo.

Había personas cuya autoridad no dependía del volumen de su voz ni de la fuerza de sus gestos. Simplemente ocupaban el espacio. Y Adrián pertenecía a esa clase de hombres.

Se detuvo frente al grupo sin invadir su distancia personal. Ni una amenaza. Ni una provocación. Solo una calma desconcertante.

Lucía percibió algo extraño. Los camareros habían dejado de moverse. El director del restaurante permanecía inmóvil. Incluso el maître parecía esperar la reacción de Adrián antes de tomar una decisión.

¿Por qué?

Uno de los ingleses soltó una risa burlona.

—¿Y tú quién demonios eres?

Adrián sonrió apenas. Era una sonrisa sin arrogancia, pero también sin la menor duda.




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