Sofía
El olor a café recién hecho me despierta antes que el despertador. Siempre ha sido así: el aroma se cuela por debajo de la puerta del dormitorio y me arrastra de vuelta a la realidad. Abro los ojos y miro el techo agrietado de mi pequeño apartamento. Toronto nunca duerme, pero aquí, en esta calle tranquila, a veces finge que sí.
Me levanto de un salto. Lucas ya está despierto; lo oigo tarareando una canción inventada en la cocina. Son las seis y media de la mañana y mi hijo de cinco años ya ha decidido que hoy es un buen día para conquistar el mundo con cereales de chocolate.
—Buenos días, pequeño monstruo —digo al entrar.
Lucas está sentado en la encimera, con las piernas colgando y una cuchara en la mano como si fuera una espada. Su cabello negro revuelto y esos ojos verdes que me atraviesan cada vez que los miro. Idéntico a él. Siempre idéntico a él.
—Mamá, hoy voy a ser detective —anuncia con la boca llena—. Voy a encontrar el tesoro escondido en el cajón de los calcetines.
Sonrío a pesar de mí misma. Es imposible no sonreírle.
—Primero termina el desayuno. Y baja de ahí antes de que te caigas y me des un infarto antes de las ocho.
Lo bajo con cuidado. Me abraza la cintura con fuerza, como si supiera que hoy es un día importante aunque no entienda por qué. Le doy un beso en la coronilla y siento ese nudo familiar en el pecho. El nudo que aparece cada vez que pienso en Damian Watson.
Seis años. Seis años desde aquella noche, cuando el mundo se redujo a una suite y a la certeza absoluta de que estaba enamorándome del hombre equivocado. El hijo del enemigo. El heredero que destruyó el sueño de mi padre con una sola firma en un contrato de adquisición hostil. Y aun así, lo elegí. Lo elegí a él.
Nos vimos en secreto durante meses. Hoteles discretos, parques a medianoche, mensajes borrados al instante. Cada encuentro era una declaración de guerra contra nuestras familias y, al mismo tiempo, la única paz que conocíamos. Hasta que una prueba de embarazo positiva me obligó a elegir entre el amor y la supervivencia.
Elegí sobrevivir. Me fui sin despedirme. Cambié de número, de barrio, de apellido en los documentos que pude. Crié a Lucas sola. Y lo hice bien. O al menos eso me repito cada mañana.
Hoy, sin embargo, todo cambia.
He conseguido un trabajo nuevo. Asistente ejecutiva en Watson Tech Innovations. Suena prestigioso, pagan bien y el horario me permite dejar a Lucas en el jardín de infantes y recogerlo a tiempo. Solo hay un detalle que ignoré deliberadamente cuando envié mi currículum: el nombre “Watson” en el membrete de la empresa.
Damian tiene tantas compañías que perdí la cuenta. Tech, inmobiliaria, retail de lujo… es uno de esos hombres que aparecen en Forbes y en los tabloides al mismo tiempo. Las probabilidades de cruzarme con él son mínimas. Toronto es lo suficientemente grande y él no es el único Watson en el mundo. Apuesto a que no tiene nada que ver con la empresa donde voy a entrar.
Llego a las oficinas a las ocho en punto. El edificio es un monolito de vidrio y acero que refleja el cielo gris de febrero. Entro con el abrigo todavía puesto, el corazón latiéndome en la garganta. La recepcionista me entrega una tarjeta temporal y me indica el piso 42.
El ascensor sube en silencio. Me miro en el espejo: cabello castaño recogido en una coleta baja, blusa blanca sencilla, pantalón negro ajustado. Nada ostentoso. Nada que grite “mírame”. Solo quiero pasar desapercibida.
Cuando las puertas se abren, una mujer de unos cuarenta años con gafas de montura fina me recibe.
—Sofía Rick, ¿verdad? Soy Margaret, la jefa de recursos humanos del departamento. Ven, te presento al equipo.
Me guía por un pasillo de paredes blancas y plantas minimalistas hasta una sala de reuniones con vistas panorámicas. Hay seis personas sentadas alrededor de una mesa de vidrio. Todos me miran con curiosidad amable. Todos menos uno.
Él está de pie junto a la ventana, de espaldas. Traje negro impecable, hombros anchos, cabello negro peinado hacia atrás. No necesito que se dé la vuelta para saber quién es.
Damian.
Se gira lentamente. Nuestros ojos se encuentran y el tiempo se detiene.
Por un segundo creo que va a fingir que no me conoce. Que soy solo otra empleada nueva. Pero entonces su mandíbula se tensa, sus ojos se oscurecen y da un paso adelante.
—Sofía —dice. Su voz es baja, controlada, pero hay un filo debajo—. Qué sorpresa.