Sofía
Cuando salgo del baño, Margaret ya está afuera. Esperando por mí.
—El señor ha ordenado que vaya a su oficina. Él dice que quiere conversar con usted —informa la mujer.
Trago grueso.
—Voy enseguida.
Ella afirma y se marcha. No me queda de otra que obedecer e ir a ver qué quiere mi jefe.
Cuando entro en su oficina lo veo de pie, con las manos entre los bolsillos y mirando la ciudad por las paredes de vidrio.
—¿Qué desea, señor? —pregunto detrás de él.
—Te fuiste hace seis años…. —se gira y me mira—. Sin decir nada. Ni dar explicación ¿Qué fue tan grave qué hasta de ciudad te mudaste, Sofía ¿Y tienes un hijo?
—¿Y eso qué tiene que ver? —pregunto tensa, pero trato de disimular.
—¿De quién es?
No respondo. No puedo. El corazón me late tan fuerte que creo que él lo oye.
Damian da otro paso. Ahora estamos tan cerca que siento el calor de su cuerpo. Su mirada baja a mi boca un segundo, luego vuelve a mis ojos.
—¿De quién es? —vuelve a preguntar. Su voz es casi un susurro.
Trago saliva. Solo se oye el zumbido lejano del aire acondicionado.
—No es asunto tuyo —respondo.
—Mientes muy mal, Sofía. Sé sacar cuentas. No soy idiota. Fui tu primer hombre y el único con el que estabas en ese entonces ¿De quién es el niño? —se inclina un poco más. Su aliento roza mi mejilla—. Dime la verdad. Ahora.
Cierro los ojos un segundo. Cuando los abro, él sigue ahí, esperando. Inmóvil. Como una estatua de bronce y acero.
—Es tuyo —susurro al fin—. Lucas es tuyo.
El silencio que sigue es ensordecedor. Damian no se mueve. Ni parpadea. Solo respira. Profundo. Lento.
Cuando habla, su voz es ronca.
—¿Cuántos años tiene?
—Cinco. Casi seis.
Él cierra los ojos. Aprieta la mandíbula hasta que un músculo late visiblemente en su mejilla. Cuando vuelve a abrirlos, hay algo nuevo en su mirada. No ira. No alivio. Algo más oscuro. Más profundo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque tu familia destruyó la mía —respondo, y mi voz tiembla por primera vez—. Porque tu padre compró la empresa de mi padre y la cerró sin pestañear. Porque si te lo hubiera dicho, habrías usado a mi hijo como arma. O peor: tu madre lo habría hecho.
Damian retrocede un paso. Solo uno. Como si mis palabras lo hubieran golpeado físicamente.
—No soy mi padre —dice entre dientes.
—No. Eres peor. Porque sabes exactamente lo que haces.
El silencio vuelve. Pesado. Eléctrico.
Él se pasa una mano por la nuca. Mira hacia la ventana, hacia la ciudad que se extiende debajo. Luego vuelve a mirarme.
—No vamos a resolver esto aquí.
—No hay nada que resolver —replico—. Trabajo aquí. Punto. No quiero más contacto del necesario.
—Mientes otra vez.
Se acerca de nuevo. Esta vez no retrocede. Su mano se alza, como si quisiera tocarme el brazo. Se detiene a medio camino.
—Lucas —pronuncia el nombre como si lo probara—. Quiero verlo.
—No.
—Sofía…
—No —repito, más fuerte—. No vas a entrar en su vida así. No después de los años que han pasado. No después de lo que pasó.
Sus ojos brillan. Algo entre furia y dolor.
—No me vas a negar a mi hijo.
—Inténtalo —lo desafío—. Y verás lo que soy capaz de hacer para protegerlo.
Por un segundo creo que va a estallar. Pero no. Solo respira hondo. Se endereza. Vuelve a ser el CEO frío, el hombre intocable.
—Esto no termina aquí —dice en voz baja—. Ni de lejos.
Se da la vuelta y camina hacia la puerta. Antes de salir, se detiene.
—Tu escritorio está al lado del mío —añade sin mirarme—. A partir de mañana, reportas directamente a mí. Estará a mi lado, por qué así lo quiero.
Lucas está en el jardín de infantes. Tengo que recogerlo a las cinco. Tengo que fingir que todo está bien. Que no acabo de abrir la caja de Pandora.
Pero ya está abierta.
Y Damian Watson no va a dejar que la cierre.
No está vez.