Enamorate De Mí

04 - Una llamada sorpresa

Sofía

El resto del día pasa en una niebla espesa. Me siento en mi nuevo escritorio —un cubículo minimalista de vidrio y acero, a solo tres metros del despacho de Damian— y finjo trabajar. Abro correos, organizo la agenda de mañana, contesto mensajes de proveedores. Pero mis manos tiemblan cada vez que tecleo. Cada vez que oigo sus pasos en el pasillo. Cada vez que su voz grave atraviesa la puerta entreabierta dando órdenes secas a alguien.

A las tres de la tarde no aguanto más. Le escribo un mensaje rápido a la niñera:

Buzón Clarie

Yo: Voy a recoger a Lucas temprano. Algo urgente.

No es mentira. Todo es urgente ahora.

Salgo del edificio sin mirar atrás. El viento de febrero me azota la cara cuando piso la calle. Camino rápido hacia la estación de metro, el abrigo apretado contra el pecho. Mi mente da vueltas sin parar.

Lucas es mío. Solo mío. Lo he criado sola. Le he cantado nanas cuando tenía fiebre, le he limpiado las rodillas raspadas en el parque, le he explicado por qué papá no está sin mencionar nunca el apellido Watson. Y ahora Damian sabe. Y no va a parar.

Llego al jardín de infantes a las cuatro menos cuarto. Lucas sale corriendo cuando me ve, con la mochila de dinosaurios colgando de un hombro y una sonrisa que ilumina el pasillo entero.

—¡Mamá! ¡Hoy pinté un dragón que escupe chocolate!

Me agacho y lo abrazo fuerte. Su olor a crayones y a champú de fresa me calma un poco el pulso.

—Suena delicioso —murmuro contra su pelo—. Vamos a casa, pequeño.

En el metro, Lucas habla sin parar: del dragón, de su amigo Luck, que se cayó del columpio, de que quiere pizza para cenar. Yo asiento, sonrío, pero mi mente está en otra parte. En los ojos oscuros de Damian cuando dijo “Lucas”. En cómo pronunció su nombre como si ya lo hubiera dicho mil veces en silencio.

Llegamos al apartamento. Enciendo la luz. El lugar parece más pequeño de lo habitual: sofá gastado, mesa con manchas de témpera, juguetes desperdigados por el suelo. Siempre me ha parecido suficiente. Ahora se siente frágil.

Mientras preparo la cena —macarrones con queso, lo más rápido que tengo—, Lucas se sienta en la encimera y me observa.

—Mamá, ¿por qué estás triste?

—No estoy triste, amor. Solo cansada.

—Mientes mal —dice con esa honestidad brutal que solo tienen los niños—. Tienes cara de cuando se te quema la comida.

Suelto una risa corta. Tiene razón.

—Hoy fue un día largo en el trabajo.

—¿El trabajo nuevo? ¿Es bonito?

—Es… grande. Muy grande.

—¿Hay dragones?

—No, pero hay un señor muy serio que parece uno.

Lucas frunce el ceño, pensativo.

—¿Es malo?

—No lo sé todavía —respondo, y me sorprendo de que sea verdad.

Cenamos en silencio roto solo por sus comentarios. Después del baño, lo arropo en su cama. Le leo un cuento de un dragón que aprende a volar sin alas. Cuando termina, me mira con esos ojos verdes idénticos a los de Damian.

—Mamá, ¿tú tienes papá?

La pregunta me atraviesa como un cuchillo.

—Sí, amor. Pero vive lejos.

—¿Y yo?

Trago saliva. Mi voz sale ronca.

—Tú también tienes uno. Pero… es complicado.

Lucas asiente como si entendiera, aunque no puede.

—Quiero conocerlo algún día.

—Algún día —prometo, y le doy un beso en la frente.

Apago la luz y cierro la puerta con cuidado. Me dejo caer en el sofá. El móvil vibra sobre la mesa. Número desconocido. Contesto sin pensar.

—¿Sofía?

Me quedo en silencio cuando escucho la llamada de la madre de Damian. Han pasado tantos años y no puedo creer que sea ella quien esté del otro lado de la línea telefónica. Pero, ¿qué querrá conmigo? ¿Tendrá que ver con Lucas? ¿Damian le habrá dicho a su madre que tiene un hijo conmigo?

Es terrible, si realmente es así.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.