Enamorate De Mí

06 - Un mini yo

Damian

El frío de Toronto siempre me ha parecido honesto. No finge, no adorna; simplemente te hiela los huesos hasta que solo queda el instinto de avanzar. Sin embargo, mientras espero de pie junto a un roble desnudo en el parque Riverside, el frío no es nada comparado con el vacío gélido que se abre en mi estómago. Miro mi reloj de pulsera por décima vez en los últimos tres minutos. Las 4:58 de la tarde.

He manejado empresas con presupuestos que harían temblar a gobiernos enteros. He cerrado acuerdos en salas llenas de tiburones que querían mi cabeza en una bandeja de plata. Nunca me ha temblado el pulso. Pero ahora, mis manos están hundidas en los bolsillos de mi abrigo de lana italiana y puedo sentir el ligero sudor frío en mis palmas.

Vengo a conocer a mi hijo.

La palabra "hijo" reverbera en mi mente como una campana de bronce. Durante seis años, mientras yo construía imperios de cristal y acero para llenar el silencio que dejó Sofía al marcharse, ella estaba criando a un niño. Mi sangre. Un Watson que no sabe que lo es. La rabia vuelve a quemarme la garganta, una mezcla de furia contra ella por ocultármelo y una culpa asfixiante por no haberme dado cuenta antes. ¿Cómo pude ser tan ciego?

A lo lejos, cerca de la zona de los columpios, distingo una silueta pequeña. Sofía camina con paso firme, su estatura baja contrastando con la inmensidad del parque grisáceo. Lleva una bufanda de lana envuelta al cuello y ese aire de quien no le debe nada a nadie. Y a su lado, saltando sobre los charcos de nieve derretida, hay un niño.

El mundo se detiene. El ruido del tráfico de la ciudad desaparece. Solo escucho el latido sordo de mi propio corazón golpeando contra mis costillas.

Se detienen a unos diez metros de distancia. Sofía le dice algo al oído, le acomoda la pequeña chaqueta de dinosaurios y luego me mira. Su mirada es una advertencia silenciosa: Si das un paso en falso, te destruyo. Asiento apenas, aceptando sus términos invisibles. Ella deja que el niño avance.

Él no camina, corre. Tiene esa energía caótica y vibrante que yo perdí hace mucho tiempo. Se detiene a tres metros de mí, ladeando la cabeza. El aire se me escapa de los pulmones. No es solo que se parezca a mí; es como mirarme en un espejo que retrocede el tiempo veinticinco años. Tiene mi mandíbula, la misma línea de la nariz y esos ojos... esos ojos verdes que me miran con una curiosidad desbordante, sin una pizca del miedo que suelo inspirar en los adultos.

—Hola —dice el niño. Su voz es clara, llena de una confianza que me resulta dolorosamente familiar.

Trago saliva, tratando de recuperar mi voz de CEO, pero solo encuentro la de un hombre que acaba de ser desarmado por completo. Me pongo de cuclillas para estar a su altura, ignorando que mi pantalón de traje de tres mil dólares se ensucia con la tierra húmeda del parque.

—Hola —respondo al fin. Mi voz suena ronca, extraña a mis propios oídos.




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