Damian
—Mi mamá dice que eres un señor muy serio del trabajo —comenta, cruzándose de brazos exactamente igual a como lo hago yo cuando estoy impaciente en una reunión—. ¿Eres un jefe?
Siento una punzada de ironía. Miro a Sofía, que permanece a unos metros, vigilándonos como una loba.
—Algo así —contesto, enfocándome de nuevo en él—. Me llamo Damian.
—Yo soy Lucas —anuncia con orgullo—. Y tengo un dragón que escupe chocolate, pero hoy no lo traje porque se quedó durmiendo la siesta.
Una pequeña sonrisa, la primera auténtica en años, se abre paso en mi rostro. La seriedad que cultivo como una armadura se agrieta.
—Un dragón de chocolate suena a un aliado muy importante, Lucas.
—Lo es. Nos protege de los monstruos de la noche —asiente con gravedad—. ¿Tú tienes monstruos en tu oficina?
—A veces. Pero suelen llevar corbata y maletines.
Lucas suelta una carcajada, un sonido tan puro que me atraviesa el pecho. En ese instante, algo cambia dentro de mí. Ya no es solo la idea abstracta de un heredero, o la obligación biológica de un apellido. Es él. Es este niño que tiene mis ojos y la valentía de su madre. La obsesión que sentía por Sofía desde que la vi en la oficina ayer se transforma en algo más complejo, más peligroso. Ahora los quiero a los dos. Y soy un hombre que siempre consigue lo que quiere.
Me levanto lentamente cuando Sofía se acerca. Su presencia es eléctrica. Puedo oler su perfume, ese aroma a vainilla y hogar que me persiguió en mis peores noches de insomnio. La proximidad me quema. Quiero tomarla por los hombros, exigirle que me explique cada día de estos seis años, pero Lucas está entre nosotros, ajeno a la tormenta de tensión y odio antiguo que nos rodea.
—¿Ves? Te dije que no era un dragón malo —dice Lucas, agarrando la mano de Sofía.
—Aún es pronto para saberlo, cariño —responde ella, clavando sus ojos castaños en los míos.
—Sofía, tenemos que hablar del alojamiento —digo, tratando de mantener la compostura frente al niño—. Este parque no es seguro. Este barrio no es lo que él merece.
—Él es feliz aquí, Damian —me corta ella con esa firmeza que me vuelve loco—. No necesita tus lujos.
—No se trata de lujos, se trata de mi presencia. No voy a ser un "señor del trabajo" que lo visita en un parque público entre reuniones.
Lucas nos mira a ambos, procesando la tensión con una inteligencia que me sorprende.
—¿Te vas a venir a vivir con nosotros? —pregunta el pequeño, mirando mis zapatos brillantes—. Mi cama es de coches, pero igual puedes dormir en el sofá.
Sofía se tensa visiblemente. Yo aprovecho el momento, sintiendo cómo mi instinto de depredador comercial se activa.
—Tengo una idea mejor, Lucas. Tengo una casa muy grande, con un jardín donde podrías tener diez dragones si quisieras. Y una biblioteca llena de cuentos.
—¿Y tiene helado? —pregunta Lucas, con los ojos brillando.
—Todo el que puedas comer.
Sofía me lanza una mirada de puro veneno. Se acerca a mí, bajando la voz para que el niño no perciba el filo de sus palabras.
—No te atrevas a comprarlo, Damian. No te atrevas a usar tu dinero para robarme su afecto.