Damian
—No estoy comprando nada, Sofía —susurro, inclinándome hacia ella hasta que puedo sentir el calor que desprende su piel—. Estoy ofreciéndoles seguridad. Mi madre ya sabe de él. ¿Crees que se quedará de brazos cruzados? La conoces. Sabes de lo que es capaz cuando se trata de la "sangre Watson".
Veo el destello de miedo en sus ojos antes de que lo oculte tras una máscara de orgullo. Ella sabe que tengo razón. Eleonor es capaz de quemar el mundo con tal de mantener las apariencias del apellido.
—En mi casa —continúo, bajando aún más la voz, permitiendo que mi tono se vuelva posesivo—, nadie podrá tocarlos. Ni mi madre, ni la prensa. Estarán bajo mi protección.
—¿Bajo tu protección o bajo tu control? —replica ella, desafiante.
—A veces son la misma cosa.
Lucas empieza a correr en círculos alrededor de nosotros, ajeno a que estamos decidiendo el rumbo de su vida. El contraste entre su inocencia y nuestra guerra es insoportable.
—Dame tres meses —le pido, casi como un ruego disfrazado de orden—. Tres meses en la mansión. Deja que Lucas me conozca. Si después de ese tiempo decides que quieres irte, te dejaré ir. Te daré los recursos para que vivas donde quieras y no volveré a presionarte.
Sofía guarda silencio. El viento agita su cabello castaño y por un momento, la veo dudar. Es una mujer fuerte, pero sé que su único punto débil es ese niño que ahora finge ser un avión.
—Vivirá allí tu madre —dice ella, como si fuera una sentencia de muerte.
—Y mi prometida —añado, con una mueca de disgusto que no puedo evitar. Valeria es un mal necesario para mis negocios, pero la idea de tenerla bajo el mismo techo que Sofía me revuelve el estómago.
—¿Tu prometida sabe que tienes un hijo con "la hija del enemigo"? —se burla Sofía, aunque hay un rastro de dolor en su voz que me satisface y me duele a la vez.
—Valeria sabe lo que yo decido que sepa. Nadie en esa casa les hará daño. Lo juro por mi vida.
Sofía mira a Lucas. El niño se ha tropezado y se limpia las rodillas con un gesto valiente, sin llorar. Es un Watson, de la cabeza a los pies. Es un guerrero, como ella.
—Está bien —dice al fin, y siento como si hubiera ganado la batalla más importante de mi carrera—. Iremos. Pero que te quede claro, Damian: no soy tuya. No soy un mueble más de tu mansión que puedas reclamar. Iré por él.
Me acerco un paso más, rompiendo el espacio personal que ella tanto intenta proteger. La tensión entre nosotros es un cable de alta tensión a punto de romperse.
—Lo sé —murmuro, mi mirada bajando involuntariamente a sus labios antes de volver a sus ojos—. Pero los dos sabemos que en esa casa, las reglas van a cambiar.
Ella no retrocede. Su desafío es lo que siempre me ha fascinado de ella. Mientras todas las mujeres se desviven por una palabra mía, ella me mira como si fuera el demonio personificado. Y eso solo hace que la desee más.
—Nos vemos mañana a primera hora. Enviaré a mi chofer —sentencio, recuperando mi máscara de frialdad.
—Iremos en mi coche, Damian. No necesito tus limosnas de transporte.
Suelto una pequeña carcajada seca.
—Como quieras, Sofía. Como quieras.
Me agacho una última vez frente a Lucas. El niño se detiene y me mira con una sonrisa radiante.
—¿Mañana vamos a ver los dragones? —pregunta emocionado.
—Mañana empieza la aventura, Lucas —le digo, estrechando su pequeña mano con la mía. El contacto de su piel suave contra la mía me hace jurar internamente que nunca, nadie, volverá a separarlos de mí.
Me levanto y camino hacia mi coche, estacionado en la acera opuesta. Siento sus miradas en mi espalda. Subo al vehículo y, antes de arrancar, miro por el espejo retrovisor. Allí están ellos, dos figuras pequeñas en la inmensidad del parque gris.
Sofía cree que ha aceptado un trato temporal. No tiene ni idea de que he pasado seis años buscándola en cada rostro, en cada ciudad, en cada contrato. Ahora que la tengo de vuelta, y con el hijo que nunca supe que necesitaba, no hay poder en la tierra que me haga dejarlos marchar.
Eleonor tendrá sus planes. Valeria tendrá sus ambiciones. Pero yo soy Damian Watson, y he recuperado lo que es mío.
El motor ruge mientras me alejo. Mañana, la mansión Watson dejará de ser un mausoleo de lujo y poder para convertirse en un campo de batalla. Y estoy ansioso por empezar la guerra.