Enamorate De Mí

09 - No te acerques a ella

Damian

El eco de mis pasos sobre el mármol del vestíbulo principal me suena hoy más agresivo que de costumbre. La mansión Watson, un monumento a la opulencia y a la frialdad arquitectónica que mi padre construyó como un fuerte, se siente esta noche como una jaula de oro que empieza a asfixiarme. Entro en el ala este, donde el aroma a nardos y a perfumes caros delata la presencia de mi madre mucho antes de verla.

Eleonor está sentada en su sillón estilo Luis XV, con una copa de cristal tallado en la mano y la mirada fija en una revista de moda donde ella misma aparece en la contraportada. A sus cincuenta y tantos años, la modelo retirada conserva una belleza gélida, una simetría facial que no permite errores ni emociones. Cuando entro, ni siquiera levanta la vista, pero la tensión en sus hombros me indica que sabe perfectamente por qué estoy aquí.

—¿Te parece apropiado entrar así en mi estudio, Damian? —pregunta con esa voz melodiosa que ha usado durante décadas para manipular a la prensa y a su propia familia.

—Lo que me parece inapropiado es que uses mi nombre para amenazar a una mujer —respondo, deteniéndome frente a ella. Mi voz es un trueno contenido—. Llamaste a Sofía.

Eleonor deja la copa sobre la mesa auxiliar con una elegancia exasperante. Por fin me mira, y sus ojos, del mismo verde que los de Lucas, no muestran ni un ápice de arrepentimiento.

—Alguien tenía que hacer el trabajo sucio que tú pareces incapaz de gestionar —dice, cruzando sus largas piernas—. Ese niño es un Watson. No es un secreto que puedas guardar en un cajón. Es sangre de nuestra sangre, y no voy a permitir que crezca en un suburbio, criado por la hija del hombre que casi lleva a nuestra familia al desastre por su incompetencia empresarial.

Doy un paso hacia ella, apoyando las manos en el escritorio para inclinarme sobre su espacio personal. Mi mandíbula está tan tensa que me duelen los oídos.

—No vuelvas a acercarte a ella. No vuelvas a llamarla. Sofía es la madre de mi hijo, y cualquier asunto relacionado con Lucas pasa exclusivamente por mis manos. ¿Fui lo suficientemente claro, madre?

Eleonor suelta una risa corta, carente de humor.

—Oh, Damian. Siempre tan protector con lo que consideras de tu propiedad. Pero te olvidas de algo: un niño de esa edad necesita estructura, estatus y, sobre todo, una herencia protegida. Si esa mujer decide desaparecer de nuevo y llevarse al heredero, la culpa será tuya por ser blando. Yo solo le recordé cuál es su lugar en esta jerarquía. Ella no es nada. El niño lo es todo.

—Si vuelves a amenazarla con quitarle la custodia, te juro que seré yo quien te quite a ti el acceso a esta familia —sentencio.

Sus ojos se entrecierran. Sabe que no estoy bromeando.

—¿Vas a elegir a esa... castaña insignificante por encima de tu propia madre? —pregunta, su voz subiendo de tono por primera vez.

—Mamá, en estos momentos necesito tu apoyo. Recién me entero de que tengo un hijo y eso no es cualquier cosa —hago una breve pausa—. Estoy eligiendo la paz de mi hijo. Y la paz de Lucas depende de que su madre no viva con miedo a que una mujer con complejo de reina le arrebate lo único que tiene.

Me doy la vuelta sin esperar su respuesta. No necesito oír sus justificaciones. Al salir, me cruzo con Valeria en el pasillo. Ella me mira con curiosidad, probablemente habiendo escuchado parte de la discusión, pero la ignoro. Ahora mismo, mi mente es un tablero de ajedrez donde solo hay tres piezas: Sofía, Lucas y yo.

Me encierro en mi despacho privado, un espacio de madera oscura y tecnología de punta donde paso la mayor parte de mis noches. Me aflojo la corbata y me siento frente al monitor principal. El silencio de la noche en Toronto se filtra por los ventanales reforzados.

—Marcus —digo, activando el intercomunicador con mi jefe de seguridad y analista de confianza.

—Dígame, señor Watson.

—Quiero el informe completo sobre Sofía Rick. Cuentas bancarias, historial de pagos, deudas, impuestos. Todo lo que no esté en el currículum que entregó en la empresa. Lo quiero ahora.

—Lo estaré enviando a su terminal privada, señor.




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