Enamorate De Mí

10 - No volverá a escapar

Damian

Unos segundos después, el archivo se abre en la pantalla. Empiezo a leer y, a medida que avanzo, una opresión desconocida se instala en mi pecho. Es una mezcla de admiración y una rabia sorda que me hace querer golpear la pared.

Sofía ha estado viviendo al límite. Literalmente.

Observo sus movimientos bancarios de los últimos dos años. Trabajos mediocres, turnos dobles en cafeterías antes de conseguir el empleo en mi empresa. Veo los pagos del jardín de infantes de Lucas; son la partida más grande de sus gastos. Ella se priva de todo. No hay gastos en ropa, no hay salidas, no hay lujos. Hay meses en los que su saldo al final de la semana es de apenas cincuenta dólares después de pagar la renta de ese apartamento que, ahora lo sé con certeza, no tiene ni calefacción adecuada.

Veo una deuda médica de hace tres años. Lucas tuvo una neumonía fuerte. Ella pidió un préstamo con intereses abusivos para pagar la clínica privada porque el hospital público estaba colapsado. Lo pagó centavo a centavo, trabajando noches enteras mientras una vecina cuidaba al niño.

—Maldita sea, Sofía... —susurro para mí mismo, frotándome la cara con las manos.

Podría haberme buscado. Podría haber exigido una pensión que la hubiera hecho rica de por vida. Pero su orgullo es tan inmenso como su belleza. Prefirió romperse la espalda antes que pedirle un solo dólar al hombre que, según ella, pertenece a la familia que arruinó a su padre.

Miro una foto adjunta del edificio donde viven. Hay grafitis en la entrada. La puerta principal no cierra bien. El vecindario ha tenido tres reportes de robos en el último mes.

La decisión se toma sola en mi cabeza. No es solo un capricho posesivo, aunque mi instinto me grita que la quiero cerca, que quiero sentir su aroma a vainilla cada mañana y ver si esos ojos castaños vuelven a mirarme con el amor de hace seis años en lugar de con ese odio defensivo. Es una cuestión de supervivencia.

Mi hijo no puede pasar una noche más en ese lugar. Mi hijo no puede vivir en un sitio donde su madre tiene que elegir entre comprarse unos zapatos nuevos o pagar su seguro médico.

Me pongo en pie y empiezo a caminar por el despacho, trazando un plan.

La única forma de protegerlos de mi madre es tenerlos donde yo pueda verlos. En esta mansión, bajo mis reglas. Si Eleonor intenta algo, yo estaré en el pasillo de al lado. Si la prensa intenta acosarlos, mi equipo de seguridad filtrará cada llamada. Y si Sofía intenta huir de nuevo... bueno, esta vez no podrá hacerlo tan fácilmente.

La mudanza es innegociable. Mañana, cuando llegue a la oficina, no le daré una opción; le presentaré una realidad. Le mostraré estos mismos papeles. Le mostraré que sé lo de sus deudas y lo de la inseguridad de su barrio. Conozco a Sofía; se indignará, me gritará, me dirá que no necesito comprarla. Pero también sé que ama a Lucas por encima de su propio orgullo.

Mirará el bienestar del niño y aceptará mis términos.

Me acerco al ventanal y miro hacia la dirección donde sé que está su apartamento. La ciudad brilla como un manto de joyas falsas.

—Mañana, Sofía —digo en voz baja, mi reflejo en el cristal devolviéndome una mirada de absoluta determinación—. Mañana vuelves a casa. A mi casa.

No me importa que Valeria esté viviendo aquí como mi prometida oficial. No me importa que mi madre quiera convertir la convivencia en un campo de batalla de etiqueta y veneno. Yo soy el dueño de este imperio. Yo soy el que decide quién entra y quién sale.

Siento una punzada de deseo mezclada con una anticipación casi dolorosa. Tenerla bajo mi techo, compartiendo desayunos, cruzándonos en los pasillos de madrugada, verla interactuar con Lucas en el jardín... la idea me obsesiona. Quiero verla en este entorno de lujo y ver cómo su sencillez y su fuerza hacen que todo este oro parezca barato.

Me sirvo un whisky, pero no lo bebo. Solo observo el líquido ámbar.

He pasado seis años siendo un hombre de negocios frío, un bloque de hielo que solo se preocupa por las proyecciones de mercado. Pero hoy, al tocar la mano de Lucas y ver el fuego en los ojos de Sofía, el hielo ha empezado a derretirse para revelar algo mucho más oscuro y hambriento: la necesidad de recuperar mi familia.

Mañana ella cruzará ese umbral. Y una vez que la puerta de la mansión Watson se cierre detrás de ella, me aseguraré de que nunca más sienta la necesidad de escapar.

Me siento de nuevo en el escritorio y empiezo a redactar las órdenes para el personal de servicio. La habitación de invitados más grande, la que da al jardín, será para ella. La habitación contigua, para Lucas. Quiero juguetes, quiero la mejor ropa, quiero que no les falte nada de lo que estos informes dicen que les ha faltado.

Mi madre cree que ha ganado al amenazar a Sofía. No sabe que lo único que ha hecho es darme la excusa perfecta para traer a la única mujer que he amado de vuelta a mis brazos.




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