Enamorate De Mí

13 - Bienvenidos

Damian

La miro con advertencia, pero Sofía me hace un gesto con la cabeza.

—Está bien, Damian. Dejame a solas con ella.

Dudo un segundo, pero salgo de la habitación, quedándome justo al otro lado de la puerta, con los sentidos alerta, porqué sé que Harrison no me pide opiniones sobre el menú, de eso se encarga mi madre.

—Escúchame bien, ratoncita —oigo la voz de Valeria, ahora afilada como un bisturí—. No sé qué clase de plan tienes para seducir a Damian otra vez, pero te sugiero que mantengas tus manos lejos de él. Estás aquí como una incubadora glorificada, nada más. Damian tiene una reputación que mantener y yo soy la mujer que estará a su lado en las portadas. Tú eres solo un error del pasado que ha vuelto para molestar.

—¿Un error? —la voz de Sofía suena sorprendentemente calmada—. Ese "error" tiene los ojos de Damian y más derecho a estar en esta casa que tú, que solo estás aquí por un contrato de conveniencia que todos sabemos que es falso.

—¡Cómo te atreves...!

—Me atrevo porque no te tengo miedo, Valeria. He lidiado con cosas mucho más difíciles que una periodista insegura con demasiado botox. Si quieres marcar territorio, búscate un perro. Yo solo estoy aquí por mi hijo. Pero si te cruzas en mi camino o intentas usar a Lucas para tus artículos, te arrepentirás.

Escucho un silencio sepulcral. Imagino la cara de Valeria, roja de furia.

—Él se cansará de ti en una semana —sisea Valeria—. Eres aburrida, pobre y hueles a detergente barato. Disfruta de tus tres meses, porque cuando terminen, te echará a la calle y se quedará con el niño. Es un Watson, después de todo.

La puerta se abre de golpe y Valeria sale, casi chocando conmigo. Me mira con una mezcla de rabia y deseo, pero no dice nada y se aleja por el pasillo a paso rápido.

Entro de nuevo en la habitación. Sofía está de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera. Sus hombros tiemblan levemente.

—Sofía…

—Tenía razón en algo —dice ella sin volverse—. Este lugar es una jaula. Y tú eres el carcelero jefe.

Me acerco hasta quedar justo detrás de ella. Puedo oler su perfume, esa vainilla que me vuelve loco, mezclada con la tensión del momento. No puedo evitarlo; pongo mis manos sobre sus hombros. Ella se tensa, pero no se aparta.

—No soy tu carcelero, Sofía —susurro, inclinándome hasta que mi aliento roza su oído—. Soy el único que puede mantenerte a salvo en esta casa. Incluyendo de ti misma.

Ella se gira rápidamente, quedando atrapada entre mis brazos y la ventana. Sus ojos castaños están llenos de una mezcla de desafío y algo que parece hambre. La proximidad es insoportable. Mi mirada baja a sus labios, y por un segundo, el mundo exterior —Eleonor, Valeria, la empresa— desaparece. Solo existe este metro cuadrado de alfombra y el calor que emana de nosotros.

—No me toques —dice, pero no se mueve.

—Mientes, Sofía —respondo, mi voz vibrando en mi pecho—. Deseas esto tanto como yo.

Antes de que la situación escale, el grito de Lucas desde el pasillo nos sobresalta.

—¡Mamá! ¡Mi cama tiene un volante que gira de verdad!

Sofía me empuja suavemente y se aleja, recomponiendo su expresión. Se dirige a la puerta, pero se detiene antes de salir.

—Tres meses, Damian —dice sin mirarme—. Ni un día más.

Sale de la habitación, dejándome solo con el aroma de su presencia y una frustración que me quema las venas. Miro mi reflejo en el espejo dorado. Mi rostro está tenso, mis ojos oscuros.

El desembarco ha terminado. El enemigo está dentro de mis muros. Pero mientras escucho las risas de Lucas en la habitación contigua y recuerdo el fuego en los ojos de Sofía, sé que estos tres meses no serán suficientes.

Voy a hacer que quiera quedarse para siempre. Cueste lo que cueste.




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