Enamorate De Mí

14 - El intento de una cena

Damian

El comedor principal de la mansión Watson es un ejercicio de intimidación arquitectónica. La mesa de caoba maciza, lo suficientemente larga como para albergar a veinte comensales, brilla bajo la luz de una lámpara de araña de cristal que arroja destellos fracturados sobre la platería georgiana. El silencio aquí no es tranquilo; es una presión constante, un vacío que espera ser llenado con protocolos y conversaciones superficiales.

Me siento en la cabecera, observando. A mi derecha, Valeria, vestida con un diseño de seda esmeralda que resalta su palidez aristocrática y su actitud de dueña de casa. A mi izquierda, Sofía. Se ha puesto un vestido sencillo, de color azul marino, que probablemente compró en una oferta, pero la forma en que sujeta la copa de agua y mantiene la barbilla en alto hace que la seda de Valeria parezca un disfraz de baratija.

Y luego está Lucas. Sentado en una silla suplementaria que Harrison ha ajustado con cojines de terciopelo. Sus pies, calzados con unos zapatos nuevos que le compramos esta tarde, se balancean rítmicamente bajo la mesa.

En el otro extremo, presidiendo como una reina viuda, mi madre. Eleonor observa cómo el servicio sirve el primer plato: un consomé de bogavante con hilos de azafrán. Su mirada escanea a Lucas como si fuera un experimento de laboratorio que ha cobrado vida.

—Espero que el pequeño tenga un paladar lo suficientemente educado para la cocina de nuestro chef —dice Eleonor, rompiendo el silencio con su voz de terciopelo y espinas—. En esta casa no servimos... comida rápida.

—A Lucas le gusta probar cosas nuevas —interviene Sofía, su tono medido pero firme—. Y tiene muy buenos modales, si es eso lo que te preocupa, Eleonor.

—Solo me preocupa la excelencia, querida. Es el estándar de los Watson.

Lucas sumerge su cuchara en el consomé, lo prueba con cautela y luego mira a mi madre con una intensidad que me hace dejar la cuchara sobre el plato. Conozco esa mirada. Es la mirada que uso yo antes de desmantelar a un competidor en una junta directiva.

—Está rico —anuncia Lucas—. Pero, abuela Eleonor, tengo una pregunta.

Eleonor se tensa visiblemente ante el apelativo, pero hace un gesto elegante con la mano para que continúe.

—Dime, niño.

—¿Por qué tienes esa cara de que huele algo feo cada vez que miras a mi mamá? —pregunta Lucas con una inocencia tan pura que resulta devastadora—. ¿Es por la sopa? ¿O es que el perfume de la otra señora es muy fuerte?

El silencio que sigue es absoluto. Podría oírse caer un alfiler sobre la alfombra persa. Valeria se atraganta ligeramente con su vino, sus mejillas encendiéndose en un rojo furioso. Eleonor se queda de piedra, con la cuchara a medio camino de la boca, sus ojos verdes abriéndose con una mezcla de indignación y shock.




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