Enamorate De Mí

15 - Te puedes ir

Damian

Siento una vibración en mi pecho. Es una risa, una auténtica y cruda carcajada que lucha por salir. Me obligo a llevarme la servilleta de lino a la boca, fingiendo que me limpio, mientras mis hombros tiemblan ligeramente por el esfuerzo de contenerme. Ver a la impecable Eleonor Watson cuestionada por la lógica aplastante de un niño de cinco años es la mejor escena que he presenciado en esta casa en décadas.

—¡Lucas! —susurra Sofía, aunque noto el destello de diversión reprimida en sus ojos castaños—. No digas esas cosas. Es de mala educación.

—Pero mamá, es verdad —insiste Lucas, ladeando la cabeza y mirando a Eleonor con curiosidad científica—. Arruga la nariz así... —el niño imita el gesto de desprecio de mi madre con una precisión asombrosa—, como cuando Luck se tiró un gas en el salón.

—¡Damian! —estalla Valeria, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¿Vas a permitir que este... este niño insulte a tu madre y a mí en nuestra propia mesa? ¡Es un descarado!

Me aclaro la garganta, recuperando el control, aunque mis ojos todavía brillan de alegría. Miro a Valeria, cuya expresión de "perfecta prometida" se ha desmoronado para revelar una mueca de odio puro hacia el niño.

—Lucas solo está haciendo una observación basada en lo que ve, Valeria —digo, mi voz sonando mucho más relajada de lo habitual—. Los niños no saben fingir. Quizás deberíamos revisar nuestras expresiones faciales si queremos que él se sienta bienvenido.

—¡Esto es inaudito! —sisea mi madre, dejando la cuchara con un golpe metálico contra la porcelana—. Ese niño necesita disciplina inmediata. Es evidente que su crianza ha sido... deficiente.

Sofía deja su copa sobre la mesa. El sonido es suave, pero la intensidad que emana de ella hace que Eleonor retroceda imperceptiblemente.

—Mi hijo es honesto, Eleonor. Si no te gusta lo que ves en su espejo, quizás el problema no es el espejo, sino lo que hay frente a él. Él nota tu desprecio. Nota cómo intentas hacerlo sentir fuera de lugar. Y no voy a permitir que lo disciplines tú, ni nadie que lo mire con esa cara que él tan bien ha descrito.

—¡Basta! —interviene Valeria, mirando a Damian con desesperación—. Damian, haz algo. Esta mujer y su hijo están convirtiendo nuestra cena en un escándalo. ¡Mañana tengo una entrevista importante y no puedo tener la cara hinchada por el estrés!

—Entonces sugiero que dejes de estresarte por la verdad, Valeria —respondo, volviendo a mi consomé—. Lucas, sigue comiendo. Has hecho una pregunta muy inteligente, pero en esta casa, a veces la gente prefiere oler cosas feas antes que admitir que está siendo desagradable.

Lucas sonríe, satisfecho con mi respuesta, y vuelve a su sopa. El resto de la cena transcurre en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el tintineo de los cubiertos. Valeria no deja de lanzarme miradas cargadas de veneno, y mi madre mantiene la espalda tan recta que parece que se va a romper en cualquier momento.

Sin embargo, yo no puedo dejar de mirar a Sofía. Está ahí, defendiendo su territorio con una dignidad que ninguna joya de la familia Watson podría otorgarle. La forma en que protege a Lucas, la forma en que me desafía con la mirada... todo en ella me recuerda por qué, a pesar de la guerra entre nuestras familias, nunca pude sacármela del sistema.

Terminamos el segundo plato: solomillo con reducción de Oporto. Lucas bosteza ruidosamente.

—Tengo sueño, mamá —anuncia, frotándose un ojo con el puño.

—Es hora de ir a la cama —dice Sofía, levantándose de inmediato.

—Harrison los acompañará —digo, poniéndome de pie también.

—No es necesario —me corta Sofía—. Conozco el camino.

Se lleva a Lucas, quien se despide con un "adiós, abuela nariz arrugada", dejando una estela de indignación a su paso. Cuando las puertas del comedor se cierran tras ellos, Valeria se levanta de un salto, rodeando la mesa hasta quedar frente a mí.

—¡Estás encantado con esto! —me grita, su voz aguda resonando en las vigas del techo—. ¡Te ríes de nosotras! Estás permitiendo que esa muerta de hambre y su bastardo nos humillen en nuestra propia casa. ¿Qué te pasa, Damian? ¿Es que todavía sientes algo por esa mujer de clase baja?

La agarro de las muñecas antes de que pueda gesticular más. Mi rostro vuelve a ser la máscara de hielo que todos conocen. La diversión ha terminado.

—Mide tus palabras, Valeria —digo en un susurro peligroso—. Lucas es un Watson. No vuelvas a llamarlo de esa manera. Y Sofía está aquí porque yo lo decidí. Si no puedes manejar la honestidad de un niño de cinco años, quizás la que no encaja en esta familia eres tú.

—¡Soy tu prometida! —chilla ella, soltándose de mi agarre—. ¡Soy la que limpia tu imagen en la prensa! ¡Sin mí, serías solo otro tiburón corporativo sin alma!

—Sin ti, Valeria, tendría mucho más silencio en esta casa —respondo fríamente—. Ve a dormir. Tienes una entrevista mañana, ¿no? No querrás que la prensa note tu falta de autocontrol.

Ella me lanza una mirada de odio puro, se gira sobre sus tacones y sale del comedor haciendo un ruido atronador. Mi madre permanece sentada, observando su copa vacía.

—Has traído un caballo de Troya a esta casa, Damian —dice Eleonor, su voz ahora baja y cansada—. Ese niño es igual a ti. Y esa mujer... esa mujer va a destruir todo lo que hemos construido si permites que se te meta bajo la piel otra vez.




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