En la Universidad del Sur Mongoli, el primer día del semestre, con los pasillos llenos de estudiantes que corrían de un lado a otro cargando carpetas y saludando a viejos amigos, habían dos en particular: Valentina Méndez y Santiago Ponce. No se conocían todavía, pero ese encuentro casual en una esquina estrecha sería el primero de muchos.
Valentina caminaba con cuidado, abrazando contra el pecho sus libros nuevos de Literatura y sosteniendo con la otra mano un vaso de jugo de lulo recién comprado. Iba concentrada en no tropezar, cuando de pronto apareció Santiago doblando a toda velocidad: venía totalmente distraído mirando un plano arrugado en la mano, tratando de encontrar su aula, y no vio a nadie hasta que fue demasiado tarde.
—¡Cuidado! —gritó ella, pero el impacto fue inevitable.
Santiago se tropezó con ella de lleno. Valentina perdió el equilibrio y cayó sentada al suelo: sus libros salieron volando por todos lados, se abrieron y se llenaron de polvo, y el jugo se derramó entero sobre su camisa blanca, sus apuntes recién escritos y también sobre la camiseta de él.
—¡Pero qué haces! —exclamó ella furiosa, limpiándose la ropa con desesperación—. ¡Mira todo lo que has arruinado! ¡Estos libros los compré con mis ahorros y mis apuntes eran para hoy! ¡Eres un irresponsable que no se fija en nada!
Santiago se agachó rápido para ayudarla, muy avergonzado, con las manos temblando:
—¡Lo siento muchísimo! De verdad, perdóname. Iba mirando el plano porque soy nuevo y no encuentro el salón, y no te vi venir… déjame pagarte todo, te compro libros nuevos, ropa limpia, lo que sea necesario para arreglarlo.
—¡No quiero nada tuyo! —le cortó ella, recogiendo sus cosas empapadas con rabia, sintiendo cómo la humedad le calaba hasta la piel—. ¡Solo espero no volver a cruzarte en mi camino!
Se dio la vuelta y se fue caminando rápido sin mirar atrás, mientras él se quedaba parado en medio del pasillo, sintiéndose el peor del mundo. Al terminar de recoger lo que había quedado tirado, entre las hojas mojadas encontró un pequeño medallón de plata que se le había caído a ella. Al abrirlo, vio una foto antigua que le hizo quedarse inmóvil, sin poder creer lo que sus ojos veían.