Pasaron dos semanas desde aquel día, y Valentina todavía no podía sacarse de la cabeza al chico que le había arruinado el inicio de clases. Cada vez que veía la mancha amarilla que no se borró del todo de su camisa, o pasaba por esa esquina, sentía que le subía el coraje al pecho. Jamás pensó volver a verlo, hasta que entró al salón de Literatura General y lo encontró sentado en la tercera fila, con la cabeza baja y el mismo aire despistado que recordaba. Al levantar la vista y verla entrar, Santiago se puso pálido de inmediato y bajó la mirada rápido, como si quisiera hacerse invisible.
La profesora entró al aula con sus libros bajo el brazo y anunció que el trabajo más importante del semestre, que valdría el cuarenta por ciento de la nota final, se haría en parejas, formadas por ella misma para asegurar que todos trabajaran con personas diferentes. Mientras leía los nombres uno por uno, Valentina escuchaba con el corazón en un puño hasta que dijo claro:
—Valentina Méndez y Santiago Ponce.
Un silencio incómodo llenó el rincón donde estaban ellos dos. Valentina levantó la mano indignada, sin poder contenerse:
—¿Disculpe, profesora? ¿Segura que no hay un error? Yo preferiría trabajar con otra persona.
—No hay error —respondió ella con calma pero firmeza—. En la vida no siempre elegimos con quién tenemos que compartir responsabilidades. Aprenderán a trabajar con cualquiera. Tienen hasta la próxima semana para organizarse y elegir su tema.
Al terminar la clase, todos salieron hablando animados, y se quedaron solos junto a la puerta. Santiago se acercó despacio, con las manos en los bolsillos:
—Sé que no quieres estar conmigo, y tienes toda la razón para estar molesta. Pero prometo que no te daré problemas. Haré mi parte del trabajo con cuidado, buscaré toda la información y trataremos de hablar lo menos posible. Solo quiero sacar buena nota.
Valentina lo miró con desconfianza, mordiéndose el labio inferior. Sabía que no tenía opción, así que asintió de mala gana. Quedaron en verse esa misma tarde a las cuatro en la biblioteca central, en la mesa del fondo que siempre estaba libre.
Cuando ella llegó puntual al lugar acordado, buscó la mesa y no lo encontró allí. Esperó unos minutos impaciente, mirando el reloj, hasta que decidió caminar un poco por los pasillos de estanterías para ver si lo encontraba. Al doblar una esquina, lo vio de espaldas, apoyado contra un estante de libros viejos, hablando por teléfono en voz muy baja, casi un susurro. Iba a acercarse para reclamarle por la tardanza, pero se detuvo en seco al escuchar lo que decía:
—Sí, la encontré… es ella, no hay duda. Pero no sé cómo decirle todavía. Es mejor que siga pensando que solo soy un chico distraído hasta que sepa la verdad completa.