Valentina se quedó petrificada detrás de la estantería, sin atreverse a moverse ni hacer ruido. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Quién era ella en realidad para él? Antes de que pudiera pensar más, Santiago guardó el teléfono y se dio la vuelta, sobresaltado al verla allí parada.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó él, con la voz un poco alterada.
—El suficiente —respondió ella con frialdad—. ¿Qué es lo que no te atreves a decirme?
Santiago se pasó una mano por el cabello, visiblemente nervioso, pero negó con la cabeza:
—No es nada que te importe ahora. Vamos a empezar con el trabajo, por favor.
Ella quiso insistir, pero vio que no sacaría nada más de él. Se sentaron en la mesa y abrieron sus cuadernos, pero el silencio era pesado, y cada uno sentía que el otro ocultaba algo importante. Pasaron las horas revisando textos antiguos y anotando ideas, casi sin hablarse, solo intercambiando palabras necesarias sobre el tema. Mientras Santiago tomaba un libro que ella había dejado al borde de la mesa para guardarlo, se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco. Al recogerlo, una hoja doblada por la mitad salió volando y cayó a sus pies.
La levantó sin pensar, y vio que estaba escrita de su puño y letra, con tinta azul y letras cuidadosas: “Si él supiera la verdad que llevo guardada desde hace años, jamás me miraría igual. Sería capaz de odiarme para siempre”.
Valentina se puso pálida en cuanto vio el papel en su mano, y se lo arrebató de un tirón con los ojos brillantes de angustia:
—¡Eso no es tuyo! ¡Dámelo! ¡No tenías derecho a leerlo!
—Lo siento, se cayó solo… —empezó a decir él, pero ella ya lo había guardado en su bolsillo, temblando.
—Nadie puede saber lo que ahí dice. Nadie —susurró ella, con la voz quebrada.
En ese momento, al levantar la vista para calmarse, notó que alguien los observaba desde la entrada del salón de lectura: una figura encapuchada, con ropa oscura, que se quedó quieta un segundo y luego se marchó rápido al darse cuenta de que habían sido descubiertos.