Los días siguientes siguieron igual de tensos. Valentina no dejaba de pensar en la hoja que él había leído a medias, y en las palabras que había escuchado por teléfono. Santiago, por su parte, parecía aún más reservado, y a veces la miraba con una expresión que ella no lograba entender, como de tristeza o de culpa.
A mitad de semana, Valentina empezó a sentirse mal: le dolía mucho la garganta y tenía fiebre alta. Al día siguiente no pudo levantarse de la cama, así que le mandó un mensaje a Santiago explicándole que no podría ir a la universidad ni avanzar en su parte del trabajo, y que intentaría ponerse al día lo antes posible. Él solo le respondió un mensaje corto: “Descansa, no te preocupes por nada”.
Dos días después, cuando por fin pudo volver a clases, entró al aula con miedo a que la profesora la regañara por no tener nada listo. Pero al llegar a su pupitre, encontró todos sus apuntes completos, ordenados y escritos con mucha claridad, junto a una copia de las fuentes que debía consultar. Encima había una pequeña nota escrita con letra prolija: “Espero que ya te sientas mejor. Me encargué de terminar tu parte para que no pierdas la nota. Cuídate mucho”.
Por primera vez, Valentina dudó de todo lo que había pensado de él hasta ahora. Tal vez no era tan irresponsable ni tan malo como creía. Con curiosidad, empezó a leer lo que él había preparado para ella. Pero a medida que avanzaba, se quedó helada: hablaba de su afición por los poemas de su abuela, de la casa donde había crecido cerca del río, incluso del miedo que le daba hablar en público… detalles personales que ella jamás le había contado a nadie, ni siquiera a sus amigas más cercanas.
Levantó la vista rápido para buscarlo entre el grupo de estudiantes, y lo vio al fondo del salón mirándola, con una expresión seria que no le dio ninguna respuesta.