Encuentro inesperado

Cuando la rabia se vuelve curiosidad

Valentina volvió a casa asustada y confundida, sin poder dormir en toda la noche. Al día siguiente, Santiago apareció en clase como si nada hubiera pasado: llegó a su hora, sacó sus cuadernos y saludó a todos con normalidad. Cuando la vio, le sonrió tímidamente, como si no recordara que había desaparecido sin explicación.
Ella no aguantó más y, en cuanto terminó la clase, lo agarró del brazo antes de que pudiera irse:
—¿A dónde fuiste ayer? ¿Qué hacías en ese edificio abandonado? Te esperé horas y nunca saliste.
Santiago se quedó blanco, miró a los lados como si temiera que alguien los escuchara y la llevó a un rincón apartado:
—No debiste seguirme. Es peligroso que andes preguntando o yendo a esos sitios.
—¿Peligroso? ¿Por qué? —insistió ella con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Primero escondes cosas, luego te vas sin decir nada, y ahora me dices que es peligroso! ¡No sé quién eres realmente!
Suspiró hondo, y por primera vez bajó la guardia. Se sentaron en un banco del patio y le contó parte de su vida: que su padre había desaparecido hacía años, que él siempre iba distraído porque intentaba descifrar pistas que le había dejado, que había llegado a la universidad buscando respuestas, y que tenía miedo de que nadie le creyera. Mientras hablaba, su voz se quebraba, y Valentina sintió que toda la rabia que sentía se iba transformando en una ternura extraña. Por primera vez se rieron juntos, contaron anécdotas de su infancia, y ella sintió que su corazón empezaba a latir de una forma que no conocía.
Cuando se pusieron de pie para irse, él tomó su mano suavemente entre las suyas, y se quedaron mirándose a los ojos, sintiendo que el mundo se detenía a su alrededor. En ese instante, un coche frenó con chirridos muy fuerte justo frente a ellos, y alguien gritó el nombre de Santiago desde la ventanilla con una voz que heló la sangre de los dos.




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