Los días siguientes fueron los más bonitos que habían vivido hasta entonces. Pasaban las tardes enteras preparando la exposición, pero hablaban de todo menos del trabajo: de sus sueños, de lo que querían hacer al terminar la carrera, de las personas que amaban y de las que les habían hecho daño. Se dieron cuenta de que se entendían mejor que nadie, que sus miedos eran parecidos y que les gustaban las mismas cosas sin habérselo puesto de acuerdo. Santiago ya no parecía tan distraído cuando estaba con ella: la miraba a los ojos, escuchaba cada palabra que decía, y siempre buscaba estar cerca.
Una tarde, al terminar de revisar todo, el sol ya se había puesto y el cielo se veía de color naranja oscuro. Santiago insistió en acompañarla hasta la puerta de su casa, como siempre hacía desde hacía días. Caminaron despacio, tomados de la mano, sin prisa, disfrutando del silencio que ya no era incómodo. Al llegar al portón, se detuvieron frente a frente. Él la miró con una intensidad que la hizo temblar, y tomó su cara entre sus manos:
—Valentina… desde el día que chocamos, nada ha sido igual. Tengo que decirte algo que llevo guardado mucho tiempo, algo que siento desde que te vi…
Estaba a punto de hablar, cuando su teléfono sonó de golpe, rompiendo el momento. Era una llamada de número desconocido. Dudó unos segundos, pero contestó. Solo escuchó unos segundos, sin decir nada, y al colgar, su rostro se había transformado por completo: estaba pálido, con los ojos muy abiertos, y le temblaban las manos.
—Tengo que irme ya —alcanzó a decir con voz entrecortada—. Perdóname… tengo que irme.
Se dio la vuelta y salió corriendo sin mirar atrás, sin darle ninguna explicación, dejándola parada en la puerta con el corazón apretado y mil preguntas sin respuesta.