Pasaron dos días y Santiago no apareció por la universidad. No contestaba los mensajes ni las llamadas. Valentina caminaba por los pasillos con el nudo en la garganta, sin saber qué pensar, asustada de que le hubiera pasado algo.
A la mañana siguiente, cuando fue a buscar su correspondencia en el casillero de estudiantes, encontró un sobre de papel manila sin remitente, con su nombre escrito en letra imprenta. Lo abrió con curiosidad, y sintió que el suelo se movía bajo sus pies: dentro había varias fotos impresas. En ellas se veía a Santiago caminando por el centro de la ciudad, abrazado a una chica de cabello largo, entrando juntos a un edificio, incluso dándose un beso en la frente. Al final había una nota escrita a mano: “No te enamores de quien solo te miente. Él nunca te ha dicho la verdad”.
Esa tarde, cuando por fin lo vio llegar al salón, se le acercó temblando, con las fotos apretadas en la mano, y se las mostró con los ojos llenos de lágrimas:
—¿Qué es esto? ¿Quién es ella? ¿Era ella por lo que te fuiste corriendo aquel día? ¿Todo lo que me contaste era mentira?
Santiago tomó las fotos, las miró una por una, y se quedó callado. No dijo que no era verdad, no dijo que era una trampa, no dio ninguna explicación. Solo las dejó sobre la mesa, la miró con mucha tristeza y no pronunció ni una sola palabra para defenderse.